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El sábado en la
aldea
A la puesta
del sol, la alegre niña torna de la campiña con su haz de yerba y el
florido ramo en que lucen al par violeta y rosa, y que, inocente,
apresta para adornar gozosa pecho y cabellos al llegar la
fiesta. A par con la vecina siéntase a hilar en el umbral la
anciana volviendo el rostro al astro que declina, y se transporta a
la estación lejana cuando, aún fresca doncella, danzaba al
terminarse la semana, con sus amigas de la edad más bella. El aire
se obscurece, se matizan de azul los horizontes, y descienden las
sombras de los montes cuando la luna cándida aparece. La torre de la
villa la fiesta anuncia, y sus alegres sones bajan a confortar los
corazones. Sobre la plaza la vivaz cuadrilla de rapaces
gritando y aquí y allí saltando, alza rumor que anima y
alboroza; mientras silbando el labrador regresa y sentado a su
mesa con el descanso que prevé, se goza.
Cuando el silencio con
la sombra crece y toda luz fenece, oigo el martillo que tenaz
golpea en el taller, do el oficial se afana por dejar terminada la
tarea antes de que despunte la mañana.
Este es de la semana
el más hermoso y el postrero día. Mañana tornarán fastidio y pena,
y a la habitual faena cada cual volverá como solía.
¡Jovencillo gracioso! Tu dulce edad florida es como un día
de alborozo lleno, día claro y sereno, que precede a la fiesta de tu
vida. ¡Goza, gózalo pues! Edad de flores, suave estación es esta:
nada más te diré; pero no llores si se retarda tu anhelada
fiesta.
Giacomo
Leopardi
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