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Extraño es no seguir deseando los deseos. Extraño
ver aletear tan sueltamente en el espacio todo lo
que tenía relación.
Y el estar muerto es penoso y está lleno de
recuperación, para que
gradualmente se sienta un poco de eternidad.
Pero los vivos
cometen todos el error de distinguir demasiado
intensamente.
Los ángeles (se dice) no saben a menudo si andan
entre los vivos o los muertos. La corriente eterna
arrastra siempre consigo todas las edades por los
dos reinos
y hace acallar a ambos.
Finalmente, los muertos prematuramente ya no
nos necesitan.
Uno se deshabitúa suavemente a lo terreno,
igual que cuando
con dulzura se emancipa del pecho de la madre.
Pero nosotros,
que necesitamos de tan grandes misterios
para quiénes
desde la misma tristeza brota un progreso dichoso,
¿podríamos existir sin ellos?
¿Fue inútil la leyenda, cuando en el luto por
Lino,
su balbuceante música atravesó la seca rigidez
de la materia?
¿Fue en vano que sólo en el espacio aterrado,
del que una vez para siempre salió un doncel casi
divino,
lo vacío haya entrado en aquella vibración, que
ahora nos
arrebata, nos consuela y nos ayuda?
RAINER
MARIA RILKE
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