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El
diablo en el cuerpo (fragmento)
Mis
padres reprobaban la amistad entre chico y chica. La sensualidad, que
nace con nosotros y se manifiesta todavía a ciegas, en lugar de
desaparecer por ello, aumentó.
Nunca
he sido un soñador. Lo que a los demás, más crédulos, parece
ensoñación, a mi me parece tan real como el queso le parece al
gato, aun a través de una campana de cristal. Sin embargo la
campana existe.
Si
la campana se rompe, el gato se aprovecha, incluso si los que la
rompen son sus amos y se cortan las manos.
Hasta
los doce años no me recuerdo en amorío alguno, excepto el de una
niña llamada Carmen, a la que hice llegar, por medio de un
muchacho mas joven que yo, una carta en la que le declaraba mi
amor. Me permitía solicitarle una cita en nombre de ese amor. Mi
carta había sido entregada por la mañana, antes de que fuera a
clase. Había
elegido a la única niña que se me parecía porque era limpia y
siempre iba al colegio acompañada de una hermana pequeña, igual
que yo con el mío. Con
el fin de que aquellos dos testigos guardaran silencio, pensé en
casarlos, de algún modo. Añadí, pues, a mi carta, otra para la
señorita Fauvette de parte de mi hermano, que aun no sabia
escribir. Explique a mi hermano mi proceder, y de nuestra posibilidad
de encontrarnos con dos hermanas de nuestra misma edad y provistas
de tan excepcionales nombres de pila. RAYMOND
RADIGUET
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