Bárbara
y los cisnes (cuento)
Fragmento
La mujer estaba sentada cerca de la ventana, dejando que el sol acariciara sus rodillas. Se hallaba entretenida en una paciente labor de
"petit poínt", la cabeza, inclinada, despreciando el azul de la mañana. Unas niñas cantaban en la calle las canciones de siempre. Cuatro rapaces, añorando la guerra lejana, jugaban al campo de batalla. Se les oía tirotear, haciendo blancas en objetivos imaginarios, sembrándolo todo de muertos. En la habitación se advertía una pobreza limpia; la pobreza de cada cosa en su sitio. Una silla baja para el gato, un tiesto de barro en el que se amontonaban unos lirios, sobre la mesa un quinqué. En un rincón, el sofá de terciopelo moscatel, y un sillón forrado de cretona. Una jaula colgaba del ventanuco, con un canario dentro. Un maniquí, de los de mimbre. Los pequeños soldados subían y bajaban las escaleras, entusiasmados de sus frecuentes victorias. Alguien empujó la puerta. Era la hija. Llevaba el cabello recogido en una trenza que colgaba indolente de su nuca. Su aspecto, era el de una muchacha de quince años con demasiadas horas perdidas en mirar a la luna. Casi una niña, con la mirada verde y los movimientos ágiles. La madre alzó un momento la vista, y preguntó convencida de la respuesta