Predestinado Silencio, canta para mí
y golpea mi acaracolada oreja,
condúceme en tu flauta a calmos pastizales,
sé la música que ansío escuchar.
No plasméis nada, labios; sed suavemente mudos:
es el cierre, el toque de queda
lanzado desde donde llega toda renuncia,
lo que te hace elocuente.
Permaneced velados, ojos, por doble tiniebla,
y hallad la luz increada:
esa masa y carrete que adviertes,
envuelve, detiene, molesta la simple vista.
¡Paladar, cofre del concupiscente gusto,
no quieras ser lavado con vino:
más dulce será el ánfora, más fresca
la corteza que trae el ayuno divino!
¡Nasales formas, el indiferente hálito que arrojáis
sobre la agitación y el obstáculo del orgullo,
qué sabor derramarán los incensarios
a lo largo del santuario!
Oh manos como prímulas, oh pies
que quieren lo blando del afelpado césped,
hollaréis la calle dorada
y expondréis y alojaréis al Señor.
Y tu, Pobreza, sé la esposa,
y comienza ahora la fiesta de bodas,
y ropas blancas como lirios brinda
a tu esposo, no trabajes ni hiles.