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P,
de cuarenta años, soltero, cerrajero de profesión y con temperamento
artístico, tuvo un padre que estuvo loco durante un tiempo y una madre muy
nerviosa. Creció bien y era inteligente, pero pronto se vio afectado por
tics y alucinaciones. Nunca se había masturbado. Amaba platónicamente y
solía soñar con planes matrimoniales. A veces, aunque raramente, copulaba
con prostitutas; nunca quedó satisfecho con dichas relaciones, más bien le
disgustaban. Tres años atrás sufrió un percance económico que lo dejó en
la ruina y, además, tuvo una enfermedad febril acompañada de delirios.
Ambas cosas tuvieron un efecto desfavorable sobre su sistema nervioso, que
ya lo predisponía negativamente de modo hereditario.
El
28 de agosto de 1889, P fue detenido en Trocadero (París) cuando le
cortaba por la fuerza los cabellos a una joven. Fue detenido con el pelo
en la mano y un par de la tijeras en el bolsillo. Trató de disculparse
alegando turbación mental momentánea y una pasión irresistible; confesó
que había cortado pelo unas diez veces y que lo guardaba con gran placer.
Al registrar su casa se encontraron sesenta y cinco postizos y trenzas de
pelo, clasificados en cajas. P ya había sido detenido una vez, el 15 de
diciembre de 1886, en circunstancias similares, pero fue liberado por
falta de evidencias.
P
afirmó que desde hacía tres años, cuando estaba a solas en su dormitorio,
se sentía enfermo, ansioso, excitado y mareado, y entonces lo asaltaba el
impulso de tocar los cabellos femeninos. Si lograba tocar con las manos el
pelo de alguna muchacha, se excitaba de forma muy intensa, tenía una
erección y eyaculaba, sin buscar ningún otro tipo de contacto físico con
ella. De regreso a casa, se sentía avergonzado de lo ocurrido; pero el
deseo de poseer pelo, siempre acompañado de un gran placer sexual, se
había ido haciendo más intenso. Le parecía extraño que, con anterioridad,
incluso durante sus relaciones más íntimas con mujeres, nunca hubiera
experimentado tales sentimientos.
Una
noche no pudo resistir el impulso de cortar el pelo de una joven. Con la
cabellera en su mano, ya en casa, el proceso sensual se repitió. Se sintió
impulsado a restregarse el cuerpo con el pelo y a envolverse los genitales
con él. Por último, bastante exhausto, se sintió tan avergonzado que no
salió de su casa en varios días. Tras unos meses de descanso sintió de
nuevo el impulso de poseer pelo femenino, sin que le importase de quién.
Cuando lo lograba, se sentía imbuido de un poder sobrenatural e incapaz de
devolver el botín. Si no lograba el objeto de su deseo se deprimía mucho,
regresaba a toda prisa a su casa y allí se extasiaba con su colección de
cabelleras. Las peinaba y las mimaba, logrando así intensos orgasmos,
satisfaciéndose a sí mismo con la masturbación. Si el pelo estaba expuesto
para su venta en una caja de peluquería, no le hacía la menor impresión;
necesitaba que estuviera colgando de una cabeza femenina.
Cuando
llevaba a cabo su acto solía encontrarse en tal estado de frenesí que
tenía sólo una apreciación imperceptible de lo que estaba haciendo y luego
no recordaba nada. Cuando tocaba el pelo con las tijeras le sobrevenía la
erección y, en el instante de cortar, la eyaculación. Desde su percance
económico, tres años atrás, sufría pérdidas de memoria, fatiga mental,
terrores nocturnos e insomnio.
P
lamentó profundamente su crimen. No sólo se le encontró pelo, sino gran
número de horquillas, cintas y otros artículos femeninos de peluquería que
se había ido procurado. Coleccionaba esas cosas de manera obsesiva, así
como periódicos, pedazos de madera y otros objetos inservibles, de los que
nunca se desprendía. También tenía un miedo extraño, para él inexplicable,
de pasar por cierta calle; si trataba de hacerlo, se ponía enfermo.
La
opinión médico-legal lo consideró hereditariamente predispuesto y probó el
carácter claramente involuntario e impulsivo de estos hechos delictivos;
que eran actos inducidos por una idea imperiosa, acompañados de un
sentimiento sexual anormal. Fue perdonado y enviado al manicomio.
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