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L.
Finas: Michel, hay un
texto que me parece realmente asombroso desde todos los puntos de vista:
el primer volumen de su Historia de la sexualidad, "La
voluntad de saber". La tesis que usted defiende en él es inesperada
y, a primera vista, simple, pero se hace progresivamente más compleja. En
resumen, digamos que entre el poder y el sexo no se establece una relación
de represión, sino todo lo contrario.
M.
Foucault: Hasta cierto momento yo aceptaba la concepción tradicional del
poder: el poder como un mecanismo esencialmente jurídico. Lo que dicen
las leyes, lo que niegan o prohíben, con toda una letanía de efectos
negativos: exclusión, rechazo, barreras, negaciones, ocultaciones, etc.
Pero ahora considero inadecuada esa concepción. Me serví de ella en la Historia
de la locura, ya que la locura es un caso privilegiado: sin duda,
durante el periodo clásico el poder se ejerció sobre la locura a través,
prioritariamente, de la exclusión; se asiste entonces a una gran reacción
de rechazo en la que la locura se vio implicada. Para analizar este hecho
pude utilizar sin demasiados problemas esta concepción puramente negativa
del poder, pero a partir de cierto momento me pareció insuficiente. Esto
ocurrió en el transcurso de una experiencia concreta que tuve a partir de
1970-1972 en las prisiones. Me convencí de que el análisis no debía
hacerse en términos de derecho, sino en términos de tecnología, en términos
de táctica y de estrategia. Es esta sustitución del esquema jurídico
negativo por otro técnico y estratégico lo que he intentado elaborar en Vigilar
y castigar, para utilizarlo luego en la Historia de la sexualidad.
L.
Finas: Quienes han leído
su Historia de la locura en la época clásica, conservan la imagen
de la gran locura barroca encerrada y reducida al silencio. En toda
Europa, hacia mediados del siglo XVII, se construyen rápidamente los
manicomios. ¿Diría usted que la historia moderna, imponiendo el silencio
a la locura desató la lengua del sexo? ¿O más bien que la misma obsesión
o preocupación por la locura y por el sexo desembocaron en resultados
opuestos a través del doble plano de los discursos y de los hechos? En
ese caso, ¿por qué?
M.
Foucault: Creo, en efecto, que entre la locura y la sexualidad existen una
serie de relaciones históricas que son realmente importantes, y que yo no
había percibido cuando estaba escribiendo la Historia de la locura.
En aquel momento tenía la idea de hacer dos historias paralelas: por un
lado, la historia de la locura y de las clasificaciones que a partir de
ella tuvieron lugar; por otro, la historia de las limitaciones que se
operaron en el campo de la sexualidad (la permitida y la prohibida, la
normal y la anormal, la femenina y la masculina, la de los adultos y la de
los niños) Pensaba en toda una serie de divisiones binarias que habían
impreso su sello particular a la división más global entre razón y
sinrazón, que yo había intentado discernir al estudiar la locura. Sin
embargo, creo que es insuficiente: si la locura, al menos durante un
siglo, fue esencialmente objeto de operaciones negativas, la sexualidad
por su parte estaba desde esta época atravesada por intereses distintos y
positivos.
Pero
a partir del siglo XIX tuvo lugar un fenómeno absolutamente fundamental.
Se trata del engranaje, de la imbricación de dos grandes tecnologías del
poder: la que tejía la sexualidad y la que marginaba la locura. La
tecnología concerniente a la locura pasó de la negatividad a la
positividad, y de binaria se convirtió en compleja y multiforme. Nace
entonces una gran tecnología de la psique que constituye uno de los
rasgos fundamentales de nuestros siglos XIX y XX; una tecnología que que
hace del sexo, al mismo tiempo, la verdad oculta de la conciencia
razonable y el sentido descifrable de la locura (su sentido común) y que
por tanto permite aprisionar a la una y a la otra según las mismas
modalidades.
L.
Finas: Su refutación
de la hipótesis represiva no consiste, entonces, en un simple
desplazamiento de acento, ni en una constatación de la negación o de la
ignorancia por parte del poder. En el caso de la Inquisición, por
ejemplo, en lugar de poner en evidencia la represión que se impone al
hereje, se podría poner el acento en la "voluntad de saber".
M.
Foucault: En efecto, he querido desplazar los acentos y hacer aparecer
mecanismos positivos allí donde generalmente se privilegian los
mecanismos negativos.
Por
ejemplo, en lo que concierne a la penitencia, se subraya siempre que el
cristiano sanciona la sexualidad, autorizando sólo algunas formas de ella
y castigando todas las demás. Pero es necesario señalar también, en mi
opinión, que en el corazón de la penitencia cristiana existe la confesión,
y en consecuencia la declaración de las faltas, el examen de conciencia,
y mediante esto toda una producción de saber y de discursos sobre el sexo
que tuvieron una serie de efectos teóricos (el amplio análisis que se
hizo de la concupiscencia en el siglo XVII) y efectos prácticos (una
pedagogía de la sexualidad que posteriormente sería laicalizada y
medicalizada)
También
he hablado de la forma en que diferentes instancias del poder se habían
de algún modo instaurado en el placer mismo de su ejercicio. Existe en la
vigilancia, más exactamente en la mirada de los que vigilan, algo que no
es ajeno al placer de vigilar y al placer de vigilar el placer.
Igualmente, he insistido en los mecanismos de rebote. Por ejemplo, las
explosiones de histeria que se manifestaron en los hospitales psiquiátricos
de la segunda mitad del siglo XIX han sido un mecanismo de rebote, una
respuesta al ejercicio mismo del poder psiquiátrico: los psiquiatras
recibieron el cuerpo histérico de sus enfermos en pleno rostro, sin
quererlo e incluso sin saber cómo es que ocurría esto.
Sin
embargo, estos elementos no constituyen la parte esencial de mi libro. Me
parece que hay que comprenderlos a partir de la instauración de un poder
que se ejerce sobre el cuerpo mismo. Lo que intento mostrar es cómo las
relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de
los cuerpos, sin tener incluso que ser sustituidos por la representación
de los sujetos. Si el poder hace blanco en el cuerpo no es porque haya
sido con anterioridad interiorizado en la conciencia de las gentes. Existe
una red de bio-poder, de somato-poder que es, al mismo tiempo, una red a
partir de la cual nace la sexualidad como fenómeno histórico y cultural,
en el interior de la cual nos reconocemos y nos perdemos a la vez.
L. Finas:
En La voluntad de saber usted distingue entre el poder como un
conjunto de instituciones y aparatos, y el poder como multiplicidad de
relaciones de fuerza inmanentes al dominio en el que se inscriben. Ese
poder lo representa produciéndose continuamente, en todas partes, en toda
relación de un extremo a otro. ¿Es ese poder, si se entiende bien, el
que no sería exterior al sexo, sino todo lo contrario?
M.
Foucault: Para mi, lo esencial del trabajo que he emprendido es la
reelaboración de la teoría del poder; no creo que el mero placer de
escribir sobre la sexualidad fuese motivo suficiente para comenzar esta
serie de seis volúmenes, si no me sintiera motivado por la necesidad de
replantear esta cuestión del poder. Con demasiada frecuencia, según el
modelo impuesto por el pensamiento jurídico filosófico de los siglos XVI
y XVII, el problema del poder se ha reducido al concepto de soberanía. En
contra de este privilegio del poder soberano, he intentado hacer un análisis
que iría en otra dirección.
Entre
cada punto del cuerpo social, entre el hombre y la mujer, en la familia,
entre el maestro y su alumno, entre el que sabe y el que no sabe,
transcurren relaciones de poder que no son la pura y simple proyección
del poder soberano sobre los individuos. La familia, incluso la actual, no
es una simple prolongación del poder estatal en relación a los niños;
tampoco el macho es el representante del Estado en relación a la mujer.
Para que el Estado funcione como funciona se hace necesario que entre el
hombre y la mujer, entre el adulto y el niño, haya unas relaciones de
dominación muy específicas, que tienen su propia configuración y una
relativa autonomía.
En
mi opinión, hay que desconfiar de un modo de representar el poder que
durante mucho tiempo ha dificultado su análisis; me refiero a la idea de
que las voluntades individuales son el reflejo de una voluntad más
general. Se dice constantemente que el padre, el marido, el jefe, el
adulto o el profesor representan el poder del Estado, y que el Estado, a
su vez, representa los intereses de una clase social. Pero esto no explica
la complejidad de los mecanismos que entran en juego
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