EL JOVEN Y SU MAESTRO 

de Las Mil y Una Noches

 

Cuentan que el visir Badreddin, gobernador del Yaman, tenia un hermano joven dotado de una incomparable bellaza a cuyo paso volvían la cabeza hombres y mujeres para admirarle y alegrarse la vista con sus encantos (...)

Así que, temiendo que algo malo le ocurriese, el visir Badreddin lo tenía bien alejado de las miradas de los hombres y procuraba que no se tratase con jóvenes de su edad. Como no quería llevarlo a la escuela, porque allí no lo podía vigilar, hizo que acudiese  a su casa un jeque venerable y piadoso, de costumbres muy castas, y lo puso en sus manos. Y el jeque iba todos los días a ver a su discípulo, con el que se encerraba algunas horas en la estancia que les había reservado para las lecciones.

Al cabo de cierto tiempo las belleza y los encantos del joven hicieron en el jeque el efecto habitual, de modo que acabó locamente prendado de su discípulo y al verle sentía cantar todos los pájaros de su alma que, con sus trinos, despertaban cuanto en él estaba dormido.

Sin saber como calmar la turbación que le dominaba, cierto día se  decidió a participar al joven sus sentimientos y le explicó que no podía pasar sin su compañía. Entonces, conmovido por la emoción de su maestro, el joven dijo:

- ¡ Ay, bien sabes que tengo las manos atadas y que mi hermano vigila mis movimientos!

El jeque suspiró y dijo a su vez:

- ¡ Me conformaría con pasar contigo una sola velada !

El joven respondió:

- ¡ Quien piensa en eso! ¡ Si me vigilan todo el día, tú dirás lo que debe ser durante la noche !

El jeque añadió:

- Ya lo sé, pero la terraza de mi casa es contigua a la de la tuya y al mismo nivel, por lo que te sería fácil, cuando tu hermano se duerma, subir sigilosamente allá, donde yo te esperaría: así podría llevarte conmigo a mi terraza con solo saltar la tapia divisoria. Allá nadie vendrá a vigilarnos.

El joven aceptó la proposición diciendo:

- ¡ Escucho y obedezc0 !

Por la noche simuló dormir y cuando el visir se retiró a su estancia, él subió a la terraza: allí le esperaba el jeque quien en seguida le tomó de la ano y se dio prisa en conducirle a su terraza, donde ya estaban dispuestas las copas llenas y la fruta. Se sentaron a la luz de la luna en la esterilla blanca y, con la inspiración que propicia la serenidad de la propia noche, comenzaron a cantar y a beber mientras los dulces rayos del astro les iluminaba hasta el éxtasis.

Entre tanto el visir Badreddin pensó, antes de acostarse en ir a ver a su hermano menor, y se sorprendió bastante al no encontrarlo. Lo comenzó a buscar por toda la terraza y acabó subiendo a la terraza y acercándose a la tapia divisoria.

Entonces vio al hermano y al jeque con la copa en la mano, cantando el uno junto al otro. Pero el jeque también había tenido tiempo de verle avanzar desde lejos y, con un aplomo admirable, se interrumpió para improvisar estos versos que cantó con el mismo motivo y sin detenerse:

Me hace beber un vino mezclado con la saliva de su boca;
y el rubí de la copa brilla en sus mejillas,
que se colorean a la vez con la púrpura del pudor!
¿Que nombre le daré? Y su hermano se llama
Luna llena de la religión; y en verdad que
nos alumbra en estos momentos cual la luna.
¡Por tanto le llamaré Luna Llena de la Bellaza!

Cuando el visir Badreddin oyó estos versos que contenían una alusión a él tan delicada, como era discreto y galante, y no veía nada inconveniente, se retiró al tiempo que decía:

- ¡ Por Alá, que no seré yo quien turbe su coloquio !

Y los otros dos llegaron a alcanzar una dicha perfecta.

 

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