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En las tardes grises y ventosas de invierno,
me pongo la chamarra gruesa de piel
sobre el suéter.
Y salgo a comprar petróleo
para el calentador
mientras el gran árbol redondo
abre su seco abanico de coral
sobre las azoteas;
pero al cerrar las
amplias tardes de verano,
cuando las noches son tibias
y el árbol apenas se mueve
pesado de hojas
y lleno de pájaros ocultos,
busco la manera de salir casi desnudo,
casi descalzo,
y por el camino en
penumbra,
donde brillan las luciérnagas,
espero a que pase aquel muchachote,
entrenador de gimnasia como yo,
compañero,
de grandes manos pesadas
y pelo de soldado raso,
aquel que hace tres años
se abrió para mí aquí mismo la bragueta
dejando ver que se había rasurado
escrupulosamente los vellos.
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