LOS HOMBRES NO LLORAN

 


Pidieron una cerveza fría
en la mesa bajo los árboles.
El calor de julio era sofocante.
Dos mujeres bonitas los miraron
buscando entablar conversación,
pero ellos arreglaban un asunto.

El más alto eructó
de manera estrepitosa,
con ánimo de hacer sonreir
a su alejado amigo;
más éste siguió sombrío:
había llegado la hora anunciada,
el otro iría a ver un antiguo amante.
"¿Te beso?" dijo el que salía del café,
"Pues bésame", respondió el más triste.
Y entonces el pesado abrazo
de un hombre igualmente joven
lo atrajo por la nuca
y lo besó;
no en las mejillas,
como había supuesto,
sino en los labios.
Primero se apenó un poco,
después se sintió orgulloso
de su amigo
y lo vio salir
lanzándole otro beso al aire
tras de la vidriera,
mientras en las mesas vecinas
crecía el silencio en círculos.

Luego resultó
que no pudo contener las lágrimas
y le rodaron a su pesar
sobre la barba crecida tres días:
los tres días que llevaba
fuera de su casa.
Terminó su cerveza con esfuerzo
y salió apenado
porque los hombres no lloran.

 

 

 

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