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| Sobre el libro "Mensajero" de Fernando Vallejo | ||
| (Articulo sobre una biografía del poeta) | ||
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Lo confieso: lloré más de una vez, y a mares hacia el fin, leyendo esta prodigiosa biografía de quien es para mí, y creo que para millones más, el más poeta de los poetas en este país de poetas. Sobre su autor me cuentan que vive en México, que es director de cine, que ha sido diplomático y que es rico, inteligente, joven y, de ñapa, antioqueño. Se llegará a decir que, bajo estas circunstancias, escribir la primera gran biografía de un poeta que se hace en Colombia, no es ninguna gracia. Por lo menos eso debieron de pensar los editores colombianos que rechazaron el libro. Yo creo que es más que una gracia. Es una proeza y un ejemplo. Un emocionante testimonio de amor, de respeto, de hermandad espiritual y humana que por fin te hace justicia al mayor genio lírico de la patria. No quiero deshacerme en elogios, pero es que hay algo Los vicios, la rebeldía, la bohemia, el alcoholismo, la homosexualidad la marihuana, su camaleónica personalidad, la provocación constante que fue su vida, su soberbia, el mito que él mismo construyó en decenas de viajes y miles de horas de charla bohemia en las que hacía gala de ese prodigioso ingenio verbal que le ganó amigos, discípulos, admiradores y enemigos dondequiera que estuvo, hicieron de él el más calumniado e incomprendido de nuestros poetas, aquel sobre quien más sandeces, ridiculeces y puras mentiras se han escrito. Nadie, claro, se preocupó por leer los escritos periodísticos de Porfirio o al menos por averiguar cuáles habían sobrevivido, o por rastrear y entrevistar a las personas que lo conocieron. Todos se contentaron con cosas leídas, oídas, imaginadas, fabricadas. Así ha sido siempre en Colombia. ¿Hay alguna biografía aceptable de Silva o de Isaacs, sobre quienes presumiblemente sería más fácil documentarse a pesar del tiempo transcurrido? En el caso de Barba, más complejo, todos se basaron en una que otra crónica del poeta y en testimonios parciales o parcializados que no se tomaron la molestia de comprobar y comparar, como sí hace Fernando Vallejo todo el tiempo. Fue Barba un auténtico poseso, un hombre en quien la poesía y los vicios que la nutrían eran una fuerza todopoderosa, irrefrenable. Fue un mito viviente que él mismo cultivó a costa de su vida, de su salud, riqueza y comodidad. Fue una vida sórdida, que el arte y la bohemia y fieles amistades hicieron más llevable, más interesante y más vívida que la del común de los mortales. Fue un revolucionario total, aunque su política pareciera dictada por la necesidad y aunque se ufanara de su bajeza. Fue en realidad un mártir de la amoralidad. Barba fue siempre más lejos. Era, como Sócrates y Wilde, un amante de los jóvenes; un alcohólico como Poe; un sifilítico como Nietzsche y Maupassant, y el máximo consumidor, sembrador y propagandista de la marihuana que jamás haya existido, hasta un grado que Bob Marley o Allen Ginsberg no hubieran podido imaginar. Fumaba marihuana como una chime-nea. Gobernadores y dictadores lo recibieron con cannabis y licor. Vasconcelos, entonces ministro de educación de México, lo encontró una vez en su hotel en la cama con un muchacho, los dos desnudos y dedicados a sacar las semillas de un montón de hierba. Las semillas las guardaba y sembraba en macetas, en las orillas de los caminos, a lo largo del recorrido de los trenes y, una vez, en el Jardín Botánico de Managua. Unas semillitas y sus poemas era lo único que había podido llevar allí, expulsado de México sin que le dieran tiempo para reunir su ropa. El escándalo que lo seguía como perro de presa, expulsado de país en país, era moral y político a la vez. Tenía la autodestructiva manía de llevar la contraria y, como era brillante periodista -reportero amarillista, ácido editorialista, ágil columnista, fundador de periódicos-, el público se rapaba sus escritos y los generalotes víctimas de sus dardos se henchían de ira contra el atrevido bohemio que no respetaba nada. ¿Ha habido otro poeta maldito del que se conozcan tantos vicios y tantas aptitudes? Hasta casi el final de su vida, confeso y bendito, escribió en los diarios. Vivía en parte de ello y, sobre todo en sus últimos, miserables años, de dádivas, auxilios y sablazos. Sus épocas de opulencia no fueron tales ni tantas, El dinero se escurría como arena entre sus dedos, Lo material no le preocupaba pero, como suele suceder, le exigió más energía de lo justo. Sobrevivir apenas, como él, con una maletica de ropa fuera de la de versos cuando tenía suerte, sin posesiones y con una biblioteca imaginaria, exige más trabajo que la mullida vida de un burócrata o un hombre de empresa. ¿Ha habido otro poeta maldito, aquí o en Europa, que haya vivido tantas vidas como aquel muchacho paisa tierno y espontáneo, cómico y teatral, que sus padres trataron con dureza inicua y que hizo su viaje a pie hacia Barranquilla, hacia el mar por el que huyó en busca de sí mismo y del mundo, llevando un nombre, el tercero, con el que había publicado en el puerto caribeño dos poemas que serían la base de su celebridad? , Son estas apenas impresiones sobre el hombre que emerge de las páginas de Vallejo y que no le hacen justicia al poeta, porque caen en lo de siempre,. Vallejo no. Él se dio a la tarea de encontrar no a uno, ni a dos o a tres testigos, sino a todos, lo que equivalió a una carrera desenfrenada contra el tiempo y el olvido. Barba murió a principios de 1942 y Vallejo empezó la investigación -a la que dedicó buena parte de siete años de su vida- en 1977, es decir 35 años después, cuando los que hubieran podido recordar algo del poeta tendrían un mínimo de 50 años y un máximo ilimitado. Se le morían los informantes o los encontraba desmemoriados y seniles. Uno le recordó a dos o tres amigos muertos y le preguntó si él mismo no estaba muerto. Pero Vallejo no desistió. Deshizo los pasos de Barba por Cuba, México, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Estados Unidos, Honduras, el Perú. Leyó todo cuanto sobrevivió de Barba, que no es poco, y oyó de labios de los sobrevivientes (hasta hijos y nietos, muertos ya los padres y los abuelos), una infinidad de anécdotas y datos, algunos conocidos (da entonces la versión que más le parece razonable) y otros que se habrían perdido irremediablemente. Vallejo es un sabueso de la verdad indetenible, que pone en tela de juicio más de lo que comprueba y se burla o se indigna contra todo, y ve con ironía los rumores, las historias y leyendas, sobre todo las que el propio Barba fabulaba. Y con frialdad sherlockholmiana, sopesa todos los testimonios que reunió en su prodigioso viaje hacia el pasado en busca de un fantasma a quien da carne y hueso. Su empresa se convierte, entonces, también en un viaje hacia sí mismo. En esta búsqueda de todos los testigos hay varios hallazgos simplemente sensacionales. El mayor es el de Rafael Delgado, ese joven nicaragüense que compartió la vida errante de Barba durante diecisiete años y que estaba junto a él en su lecho de muerte, que había regresado a Nicaragua con una limosna que le dio Jorge Zalamea (a quien acusa entre otras cosas -Vallejo lo registra- de haber robado manuscritos de Barba), que allí había hecho vida nueva, se había casado, había tenido hijos (uno de ellos bautizado Miguel Ángel) y que, cuando Vallejo, por increíble aunque provocado azar, había dado con su pista, estaba viviendo en León, donde había huido, salvado por milagro de un terremoto en Managua. Allí lo encontró Vallejo. Tenía 72 años y su memoria flaqueaba, pero fue inevitablemente la principal fuente de la narración, la que todo el mundo había olvidado y a la qué todo el mundo despreciaba, porque no buscaban al hombre. Querían, apenas, enriquecer el mito. A Rafael Delgado también le hace justicia Vallejo. Era indolente, despilfarrador, incapaz y mujeriego, pero fue compañero y enfermero fiel, "rnijito", como le decía siempre Barba, que le aguantaba todo y le daba su dinero como marido prendado de caprichosa esposa. Sólo este hallazgo le valdría honores a Vallejo, pero como no deja a nadie por fuera, como no deja por fuera ningún cuarto de hotel, ni pieza, ni trabajo, ningún escrito, ningún poema; como vio todo, como estuvo en todas partes y leyó todo lo que escribió, el libro, lleno de sorpresas, de revelaciones, de datos inéditos, de datos históricos, de una verdadera montaña de hechos, adquiere una densidad extraordinaria, que enriquece lo personal, lo autobiográfico y lo subjetivo, esos juicios duros que irritarán a tanta gente: Bogotá es una ciudad de ladrones, capital de un país de ladrones; Colombia es un país de asesinos, todos los nicaragüenses (con excepción de Rafael) son feos, etc. Esto hace que lo que podrían ser lunares -las frecuentes suposiciones, las hipótesis que da por ciertas al lado de hechos desnudos y certificables, la falta de capítulos, de índice y de bibliografía, aparentemente una falta de cortesía con el lector- no sean lunares, sino formas de aproximarse. A través de Porfirio, en su retrato, Vallejo nos hace sentir la historia de América y comprender más su literatura. Además, la historia de Miguel Ángel Osorio, Ricardo Arenales y Porfirio Barba Jacob, tres personas en un hombre verdadero, es más interesante que cualquier novela. Vemos a Barba refractado, desde mil ángulos posibles, y terminarnos por identificarnos con él, como Vallejo. No se trata, pues, de una biografía ortodoxa. La ausencia de índices y de capítulos, que entre otras cosas realzarían más de una página maestra de Vallejo, así como las de Barba, hace que sea de difícil consulta y obligan a Vallejo a múltiples repeticiones, que multiplican la estructura no lineal del libro. Empieza éste con el retorno de Barba a Colombia en 1927, pero no sin darnos información sobre la niñez, la familia o la obra del poeta. Después de los tres años que pasó Barba en Colombia, en los que irónicamente parece haber más vacíos y menos testigos de fiar que en cualquier otra época, empieza una narración cronológica del exilio, iniciado en Barranquilla y terminado en Ciudad de México, sólo que al llegar a los últimos años y coincidiendo con el retorno de Barba a sus más remotos recuerdos de Antioquia y su familia, nos lleva de nuevo a la niñez y la juventud. Es un método existencial y psicológico que le confiere al libro un inmenso valor literario. Barba habría asumido el papel extranjerizante de poeta maldito, imponiendo su mentiroso mito a la posteridad y guardando un silencio oprobioso y decadente en su rnadurez. Hay que leer a Vallejo para ver hasta qué punto son tontos esos juicios morales basados en la beatería poética o el temor ante el maléfico hálito de los vicios de Porfirio. Pero nada, mucho menos una reseña, puede dar una justa idea de lo que es este libro que entra por la puerta grande a la historia de la literatura colombiana. Tal vez la mejor prueba de esto es el hecho de que lo rechazara la editorial más dinámica del país y que la crítica local no haya sido ni abundante ni justa. NICOLÁS SUESCÚN |
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