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ELEGÍA DE SEPTIEMBRE |
Cordero tranquilo, cordero que paces tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: hundiendo en el lodo las plantas fugaces huí de mis campos feraces un día. Ruiseñor de la selva encantada que preludias el orto abrileño: a pesar de la fúnebre muerte y la sombra y la nada, yo tuve el ensueño. Sendero que vas del alcor campesino a perderte en la azul lontananza: los dioses me han hecho un regalo divino: la ardiente esperanza. Espiga que mecen los vientos, espiga que conjuntas el trigo dorado: al influjo de los soplos violentos, en las noches de amor, he temblado. Montaña que el sol transfigura, Tabor al febril mediodía, silente deidad en la noche estelífera y pura: ¡nadie supo en la tierra sombría mi dolor, mi temor, mi pavura! Y vosotros, rosal florecido, lebreles sin amo, luceros, corpúsculos, escuchadme esta cosa tremenda: ¡HE VIVIDO! He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido...
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