ELEGÍA DE SEPTIEMBRE 



Cordero tranquilo, cordero que paces 
tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: 
hundiendo en el lodo las plantas fugaces 
huí de mis campos feraces 
un día. 
Ruiseñor de la selva encantada 
que preludias el orto abrileño: 
a pesar de la fúnebre muerte y la sombra y la nada, 
yo tuve el ensueño. 
Sendero que vas del alcor campesino 
a perderte en la azul lontananza: 
los dioses me han hecho un regalo divino: 
la ardiente esperanza. 
Espiga que mecen los vientos, espiga 
que conjuntas el trigo dorado: 
al influjo de los soplos violentos, 
en las noches de amor, he temblado. 
Montaña que el sol transfigura, 
Tabor al febril mediodía, 
silente deidad en la noche estelífera y pura: 
¡nadie supo en la tierra sombría 
mi dolor, mi temor, mi pavura! 
Y vosotros, rosal florecido, 
lebreles sin amo, luceros, corpúsculos, 
escuchadme esta cosa tremenda: ¡HE VIVIDO! 
He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, 
y voy al olvido... 


Poemas intemporales, 1943

 

 

 

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