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Cuando mis células se
multiplicaban
como conejos blancos,
antes de saber que las muchachas bonitas
también defecan,
solía quedarme absorto en el quicio de la ventana,
esperando el momento en que la montaña caminara.
Yo nací en un país donde existían los héroes
ocultos en las montañas.
Juro que no vi caminar un arbusto.
Porque las noches, pasos de botas masculinas
rondaban nuestra casa,
y mi madre nos hacía dormir bajo la cama.
Una infancia peregrina e inestable
a bordo de camionetas de mudanza es lo que recuerdo.
Un cuadro de tristes cisnes
que mi madre cambió por dos latas de aceite,
y un pijama con estampado de Mickey Mouse.
De esa infancia me queda
una vida como ropa para siempre
en detergente.
Mis células son conejos
que van muriendo
tocados por el agua.
De la antología
de poetas nicaragüenses "Huerfanos de Rubén"
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