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Se detuvieron
entre otros transeúntes
frente al escaparate brillantemente iluminado
del vendedor de tabaco.
Sus miradas se encontraron por casualidad,
y, con timidez, indecisos, expresaron
el deseo prohibido que ascendía de su carne.
Después, algunos pasos inquietos sobre la acera,
hasta que cambiaron una sonrisa y un leve signo.
Y en fin, el coche bien
cerrado,
el acercamiento apasionado de los cuerpos,
la unión de las manos, la unión de los labios.
(1917) |