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El
cuarto era pobre y vulgar,
oculto atrás de la turbia taberna.
De la ventana se veía la callejuela estrecha y sucia.
De abajo subían algunas voces de obreros
que jugaban a las cartas y se divertían.
Y allá, sobre el
humilde lecho plebeyo,
he poseído el cuerpo del amor,
he poseído los labios
voluptuosos y purpúreos de la embriaguez.
Tan purpúreos, y de tal embriaguez,
que aún en este momento en que escribo,
después de tantos años, en mi casa solitaria,
me contemplo embriagado nuevamente.
1915 |