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Alguna
noche mirarás la luna a través de la lluvia,
somnolienta
como una amante abandonada,
inmensa
y seria, sin lagrimas ni reproches.
Y
tendrás su rostro con esa palidez
de novia
para
contar a tu hija la historia del conejo
que
saltó y allí ha quedado,
con
su boina de terciopelo, sentado y manso
en
la quietud que da la vejez,
"por
eso siempre los perros ladran
cuando
de noche la luna pasa".
Alguna
noche mirarás las estrellas,
y
seguirás la cola de Escorpión
con
el silencio de tus ojos
que
saben leer mi huella exactamente allí,
en
la frágil transparencia de aquellas constelaciones
que
bautizamos tantas veces con nuestros dos nombres,
guerreros
a los que la Tierra les negó lecho y tumba,
una
simple piedra donde pudieran descansar unidos y en paz
por
los siglos de los siglos.
Alguna
noche mirarás el rostro de tu esposa,
Felizmente
silente en la quietud del sueño
Y
la abrazarás huyendo del frío y del espanto.
Sentirás
su aliento donde una vez estuvo el mío
Entrarás
a su cuerpo como entraba yo al tuyo,
extrañando
el roce de mi voz sobre el césped de tu pecho
donde
una vez temblaba mi canción, y hoy solo
habita el miedo.
Así,
en la ardiente noche abrirás la ventana
volverás
a mirar la luna,
inmenso
y serio, sin lágrimas ni reproches,
somnoliento
como un amante que se abandonó a sí mismo...
No
temas.
Yo
también estaré mirando esa misma luna
que
hace insoportablemente inmensa
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