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Fogosamente
me crucé por los andariveles de tu cuerpo,
jugué
a la velocidad con desprecio a la vida
en
busca del éxtasis que en tus labios se escondía.
Deslicé
mi mano por tu pecho y con sutil contorno
reverencié
tu existir,
para
que tanta magia tuviera un toque de sagrado elixir.
Entonces
comenzó el sueño del q no despertaría más.
Mis
ojos se movieron en el definir de tu figura.
Saltarines
te encontraron y luego se escondieron.
Tu
sonreíste y yo, con una carcajada,
comencé
a comprender el juego.
En
el beso definimos el sabor
de
un fuego ardiente q nos quemaba,
de
un congelado misterio llamado amor.
Nuestros
paladares se entremezclaron
y
extendimos la sensación
del
color rojo de nuestra emoción.
Pude
conocer todo sobre ti,
te
entregaste sin preguntar a donde se dirigía la barca,
yo
no te iba a mentir, queríamos juntos navegar ese río llamado vida.
Queríamos
simplemente vivir felices, volar,
y
no sólo permanecer en el agua.
Tus
delicados dedos escurridizos
erizaron
mí piel con un contacto
suave
y delicioso al apetito de mi imaginación.
El
aperitivo de tu presencia
se
convirtió en una divertida obsesión.
El
prolongado beso se eternizó
en
la alquimia de nuestro goce.
Ninguno
de los dos se rendía
al
eterno disfrute de nuestro roce.
El
oro de tus mejillas me transportó
a
un sueño etéreo con olor a vos,
y
deseé con todo mi corazón
no
perderte nunca dentro de esa ilusión.
La
llama de nuestro enlace creció,
y
calentó al atrevido atrevimiento
de
nuestra prohibida unión.
Y
reí una vez más abrazado
a
tu figura que regalaba esencia a flor.
La
fricción se tornó indescriptible,
y
de sólo pensar q nos poseíamos mutuamente fui feliz.
Mi
deseo era puro, no podía amarte más.
Mi
ilusión era ingenua, me perdía en el divagar,
de
un momento del que ni Dios te iba a robar.
Fue
repentino que el querer se fusionó.
Sexualmente
fuimos uno y no dos.
Más
fuerte que la marea y el huracán,
la
geografía de nuestros cuerpos
de
entera latitud se entrelazó.
En
la cima de la montaña, el voraz placer
se
hizo sentir, y entendimos al amor,
sin
pretender que al amor nos entendiera,
al
menos por esa vez.
Yacimos
tendidos entre sábanas revueltas
y
ese acto más fuerte que nuestra imaginación,
me
revolvió en un remolino de mil vueltas.
Desnudos
miramos al techo estrellado
y
nos abrazamos a un costado del mudo,
en
un pequeño escondite que llamamos corazón.
Te
amé, ese día te amé tanto,
por
días y noches sucumbí en llanto
porque
sabía que no existías.
Eras
un sueño, no una mentira,
el
más gigante de mis deseos.
Aquí
estaré sentado amor,
en
este ensueño de maravillas,
esperando
que vuelvas
por
lo que me reste de vida.
Franz
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