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Fue él quien provocó mi hambre y fueron mis ojos que lo buscaron.
El niño me convidó de su carne. Yo comí y bebí sus jugos...yo que nada
sé
de las inocencias. Y me gustó el sabor de esa carne, y su olor a frescura, a
jardín frondoso del exilio con el aroma de la carne de otros niños que
dormían. Fue tan sagrado sentir que vivía, pedazo a pedazo , dentro de mi
boca...latía sublime, excelso, soberbial...nadaba alrededor de mis encías.
Se despidió con una
mirada. Por una seña de su mano comprendí que
si yo quería alimentarme nuevamente, debía buscarlo. El estaría esperándome
con su carne entre las manos.
Aquilae
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