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A ti yo no te quiero
ensordecida ciudad,
zorra, sucia de
soberbia en todas tus vidrieras;
en los ríos
paranoicos sin fondo de tus calles,
en el sopor inhóspito
de tu oro al mediodía,
cuando asoman las máscaras
quitándose el sombrero
por entre los
acarreos secretos y las fugas.
Inflamándote, hasta
no ser ya reconocible
ni para los que te
levantaron humillándose,
poniendo sus dedos
pisoteados en tus bordes
-hechos pulmón,
columna, puente sobre tus fauces.
Camino-, para que
terminaras engulléndolos,
burlándote de su sal
y de su sangre, ardiendo
azufre sobre la roca
gris de sus cabezas.
Enloqueciéndolos,
haciéndolos vendérsete,
para ahora ser las sombras que caen por tus espejos
arrastradas en un acto suicida interminable.
Muda ofrenda a ti ciudad, la grande, la que creces;
bestia que ya no puede mirar sino a sí misma,
en esta tránsfuga multitud que se derrama,
líquida, por tus piernas. Mirándote mostrárteles,
como una puta exhibicionista se desnuda,
hasta que tus cristales penetran en sus carnes
abortándolos, alucinados, a tus pies.
¿No ves los ojos de este muchacho que te mira
como quien se echa un dulce robado en el bolsillo?.
El es todos tus ojos, maldecida ciudad;
cruenta, manchada de desamparo en tus esquinas,
desamparada
tú, desarraigada. Y sola.
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