|
¿En qué pensaste Antínoo, cuando el lodo
del río
desesperadamente se amontonó en tus ojos?.
¿Qué palabra estalló sobre la piel del
agua
con la última burbuja cálida de tu
aliento?.
¿De qué espesor y hondura era tu soledad,
de qué largo y color tu miedo al desamparo;
¡a la sombra de un rey!, la tarde en que
partiste?.
¿Sentiste miedo, dime, a la hora de
confundir
con el frío de tu corazón el frío del
fondo?.
¿Ya te sabías divino, etéreo, inabarcable,
tocado por el aura sin fin de la belleza?
¿Cuál piedra fue tu cómplice?, ¿a qué
juncos eternos
se ciñeron tus dedos, para anclar tu cadáver
como una mariposa en el centro del tiempo?.
¿Pronunciaste mi nombre?, ¿creíste en mí,
chiquillo,
que desde veinte siglos después te sigo
amando
como si nunca jamás te hubieras ido?.
Yo estoy aquí, ¿me ves?, de pie frente a tu
piedra,
frente a tu noble frente en piedra
eternizada,
mirándote morir. Tal vez sacrificándote;
porque debes saber que aunque en ti se haga
luz
mi amor desmesurado, y aunque te siga amando
hasta que se me despoble a golpes la memoria,
yo te ahogaría, niño, con estas mismas
manos,
tan sólo para que la leyenda de tu entrega,
diminuto gigante, no nos falte a los hombres.
Te tengo dos mil años de lágrimas de deuda
que no podré pagarte. Aquí te traigo en
cambio
un girasol, un beso, un pájaro, estos
versos,
y el venirte a decir que desde mi distancia
yo quiero ser el pez que cruza por tu rostro
con su aire precoz de ausencia y soledad,
de desesperación y miedo en la mirada.
¿En dónde estás ahora?. ¿Encontraste el
camino?
¿No se pudrió tu risa en tantos avatares?
¿A dónde van los muertos que mató el amor?
|