| Al
gran enfermo, al gran criminal, al gran maldito, al sabio supremo. |
Carta 2: Teoría de los
objetos inexistentes.
Como no lucir un aliento nuevo. Se embriaga uno el ánimo, le da toquecitos de
alegría y un toque de amargura, se revuelve bien y se adorna con una flor.
Solo los jóvenes lucimos
alientos olor a almendros, cargados de diáfanas y sutiles volutas de humo, y a
cada estornudo, desechando esa edad temprana que nos regocija.
Me
miro al espejo, ese que me mira embrujado y celoso en aquel rincón. Yo no tengo
la culpa – pienso - y en el acto me desnudo, desabrochándome primero el alma,
y subiendo poco a poco el cuerpo, envuelto en ese abrigo que las madres señalan
necesarios en estas épocas del año.
No
reniego de mi suerte. Mi cuerpo exclama jubiloso mi estado; la escupo y me
engullo todo pensamiento positivo. Sufrir se hace una necesidad, como para
sentirse desubicado, que es lo mejor que suelo hacer.
Solo
cumplo con ser quien soy.
Nuevamente
la lluvia golpe mi ventana. Extraño el sol en su lugar, alto y estivo, como si
fuera a recitar un poema viejo, esos de Apolo montando en sus caballos.
La
noche tiene el ánimo de mi cuerpo. Se envuelve en su capucha y exclama dentro
de llantos. ¿Por qué lloro? Quizás para acompañarte en mi suerte; la de
aquel compañero vago que aun lejano anda.
Mi
viejo llama, sus palabras lucen arrugadas en algún rincón del cuarto.
Es
hora de bajar, la cena espera.
Fbian
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