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-¿Estás
listo?
-¡Sí,
ya voy!
Un
rubio atlético y musculoso terminó de ponerse la chaqueta y una bufanda
roja, y salió presuroso del departamento tras otro hombre que ya lo esperaba
en la puerta del ascensor.
-¿Aseguraste
la puerta?- preguntó el otro muchacho de cálida voz y acento extranjero. Su
cabello era negro y sus ojos verdes eran enmarcados por los anteojos que usaba
desde siete años antes. Era mucho menos musculoso que su acompañante, pero
igual de alto, y lucía la piel blanca y tersa, como leche. Su gabardina negra
acentuaba el color de su rostro, y su cabello desordenado lo hacía ver
informal.
-Sí.-
respondió el rubio clavando sus pupilas color ámbar en las esmeraldas de su
amigo. Su piel bronceada lo hacía ver aún más atractivo de lo que ya era, y
su cabello rubio y largo le daba un aspecto de superioridad. La chaqueta roja
y la bufanda verde le daban un toque gracioso en aquella época en que la
ciudad se tapizaba de nieve, y su imborrable sonrisa llamaba la atención de
cualquiera.
Entraron
en el ascensor y dieron las buenas noches a los señores McInnis, la pareja de
ancianos que vivía en el piso de arriba. Eran unos señores agradables que
vivían con dos gatos en el departamento que uno de sus hijos les había
obsequiado cuando cumplieron cincuenta años de matrimonio. No le hacían daño
a nadie.
-¿Traes
las llaves del auto, Brian?- preguntó el muchacho de los anteojos dirigiéndose
al rubio. Se despidieron de la pareja y se dirigieron al estacionamiento
mientras Brian buscaba las llaves en sus bolsillos.
-¡Aquí
están!- respondió el aludido cuando al fin las encontró- No puedo creer que
aún después de cinco años de vivir juntos me tengas tanta desconfianza,
Ricky.- agregó indignado cruzándose de brazos y entregándole las llaves a
su acompañante sin mirarlo.
Rick
suspiró antes de abrir el auto.
-Lo
siento, Brian. Sabes que no te tengo desconfianza, pero eres el hombre más
despistado del mundo.- declaró el de las gafas, y mirando de reojo al de
bufanda, agregó con picardía- Y eso te hace lucir tan sensual...
El
comentario de Rick provocó el rubor en las mejillas de Brian, quien subió al
auto y se abrochó el cinturón de seguridad en cuanto Rick abrió la puerta,
y así iniciaron la marcha hacia el centro comercial.
-No
olvides llevar las manzanas.
-¿Manzanas?
-Ricky,
un pavo relleno sin manzanas no es pavo relleno. ¿Cuántas veces te lo he
dicho?
Rick
suspiró. A pesar de su comportamiento infantil, sus desplantes y su
despistado carácter, Brian era la persona que más amaba en el mundo.
Continuaron
haciendo las compras para la cena de Navidad. Era apenas 22 de diciembre, pero
Rick había avisado que su hermano mayor le había pedido que pasara la
Navidad en su casa, con su esposa y sus hijos, así que al discutirlo, la
pareja decidió adelantar la cena para festejar su Navidad juntos. Cenarían
el famoso pavo relleno el día 23, y el 24 por la mañana, Rick tomaría el
avión para estar a tiempo con su hermano, su cuñada y sus sobrinos. ¿Por qué
Brian no lo acompañaría? Porque su pseudo cuñado nunca había aceptado la
idea de que su hermano menor fuera homosexual. Su argumento fue: “Nunca lo
traigas a mi casa. no quiero que dé un mal ejemplo a mis hijos”. A pesar de
que los padres de Rick lo adoraban, Brian nunca le agradó a su cuñado, así
que no detendría a su compañero y le permitiría alejarse de él unos días.
Después
de pagar sus compras en la caja, Rick y Brian volvieron al auto y se pusieron
en camino a casa.
Brian
acomodaba los ingredientes para la cena de Navidad en el refrigerador;
mientras tanto, Rick preparaba té para beber antes de dormir, mientras veían
la televisión en la sala.
-Oye,
Brian...
-¿Si?
-¿Estás
seguro de que no quieres que me quede contigo en Nochebuena y Navidad? Aún
puedo llamar a mi hermano y cancelar la cena con su familia.
-Ricky,
yo no soy celoso, y mucho menos de tu hermano. Eres pecador porque practicas
la sodomía, pero no creo que te atraiga el incesto.- dijo divertido sin
mirarlo a los ojos- Serán sólo dos días; podré sobrevivir.- sonrió
finalmente.
Rick
conocía muy bien a su novio. Esa sonrisa era falsa. Sabía que a Brian le dolía
que lo dejara y que pasaran la Navidad separados. Le dolía que se fuera con
su hermano, puesto que comprendía que nunca le agradaría. Pero sobretodo, le
dolía saber que no tendría corazón para retenerlo y evitar que viera a su
único hermano.
La
cena de la noche anterior había sido excelente. Obviamente, no había faltado
una calurosa despedida a cuenta de los dos días que no estarían cerca.
-¿Te
aseguraste de llevar el boleto?
-Sí.
-¿Dinero
para comprar el de regreso?
-Sí.
-¿Ropa
suficiente?
-Sí.
-¿Los
obsequios para tus sobrinos?
-Sí,
mamá.
Rick
sonrió. Brian era bastante escrupuloso en cuanto a los detalles, y este viaje
no sería la excepción.
-No
olvides regar las plantas, Brian.
-No.
Y tú recuerda que iré a recogerte al aeropuerto, así que no olvides
llamarme antes de salir de casa de tu hermano.
-Claro,
no te preocupes, amor.- Rick besó a su novio dulcemente. Verdaderamente le
desagradaba la idea de alejarse de él por dos largos días...
Ambos
salieron del departamento con el equipaje de Rick. Abordaron el auto y se
dirigieron al aeropuerto.
El
sonido de unas llaves en la perilla de la puerta irrumpió el silencio de la
habitación. Tras la puerta, la silueta de Brian entró en la oscuridad.
Encendió las luces y observó por primera vez en cinco años lo enorme que
era el departamento.
-No
han pasado cinco horas aún y ya lo extraño...- suspiró con melancolía
cerrando la puerta tras de sí.
En
ese preciso instante se preguntó por qué demonios había sido tan estúpido
como para dejar ir a Rick sin oponerse. Después de todo, su pseudo cuñado
nunca lo aceptaría, y no iba a permitir que se lo quitara cada vez que él
quisiera.
-Debo
pensarlo mejor la próxima vez.- concluyó tirándose en el sofá más grande
y poniendo una revista sobre su rostro.
Sin
darse cuenta, el sueño lo venció, y cuando volvió a abrir los ojos ya eran
las cinco de la mañana del 24 de diciembre. Suspiró con tristeza al darse
cuenta de que sería la primera Nochebuena que pasaría sin Rick desde que se
conocieron.
Se
levantó y fue al baño. Tomó su cepillo de dientes y notó que el de Rick no
estaba. ¡Hasta los objetos de la casa se sentían solos! Mientras se
cepillaba los dientes el teléfono sonó.
-¿Diga?-
contestó en cuanto pudo escupir la pasta dental.
-¿Amor?
Feliz Nochebuena. ¿Te desperté?
-¡Ricky!
¡Claro que no! Me cepillaba los dientes.- Brian no pudo evitar sonreír al
escuchar la voz de su amante- Te extraño mucho... La casa es inmensa sin ti.
-Yo
también te extraño, Brian. Estoy en casa de mi hermano. Te juro que desearía
estar contigo y no aquí.
El
silencio se hizo presente en la línea durante un par de segundos que fueron
suficientes para expresar la verdad de cuánto se extrañaban.
-Escucha,
debo irme, Brian. Volveré pasado mañana. Te amo.
Inmediatamente
la llamada fue interrumpida por un sonido agudo y monótono.
Brian
depositó el aparato en su lugar y suspiró por enésima vez. No soportaría
un minuto más sin Rick.
-Buenos
días, señor McInnis.- saludó con una sonrisa al anciano en el elevador.
-Buenos
días, hijo.- respondió amablemente el viejo.
Todos
los días a las seis y media, Brian salía a correr mientras Rick se duchaba y
preparaba el desayuno. Él haría su parte, así que se abrigó suficiente y
salió del edificio, dirigiéndose al parque en el que siempre corría.
Su
cronómetro marcaba el tiempo que acostumbraba antes de volver a casa, así
que se encaminó al departamento nuevamente. En el trayecto pasó frente a un
aparador que llamó su atención...
-Vamos,
no te resistas... Tarde o temprano tendrás que entrar...- amenazó Brian
tratando de meter a “alguien” al departamento.
Con
mucho esfuerzo lo consiguió, y lo más rápido que pudo, lo introdujo en la
habitación principal. El nuevo inquilino subió a la cama y ahí se acomodó
con intenciones de no bajar.
-¡Baja
de ahí! ¡Vas a ensuciar la cama!- gritó molesto- Ricky es un maniático de
la limpieza. Me matará si la cama huele mal o si el edredón está sucio.
Brian
miró con determinación al intruso en su lecho.
-Tomarás
un baño...
Y
así dio inicio una batalla campal. Tras muchos esfuerzos, el vencedor fue
Brian.
Dejó
caer en la bañera a su adversario y empezó a enjabonarlo, pero la
resistencia del otro cuerpo lo dejó completamente mojado, obligándolo a
quitarse el pantalón para correr, los tenis, las calcetas, la chamarra y la
playera, quedando sólo en ropa interior.
Debido
al ruido del agua y del forcejeo, ni Brian ni su oponente se percataron de que
la puerta se abría dejando entrar a una persona...
-¡Hola...!-
saludó con cuidado de no asustar a nadie- ¡Brian, amor...!
Nadie
respondió. Caminó en silencio tratando de notar algún indicio de que había
alguien en casa, puesto que supuso que Brian aún no volvía de su recorrido
matutino.
-¡Brian...!-
llamó por última vez, y de pronto escuchó los ruidos que provenían del baño.
-¡Ya
basta, es suficiente! ¡Deja de mojarme! ¡Ya verás...!- gritó
terminantemente Brian, y abrió la puerta de súbito, encontrándose mojado,
en ropa interior, fatigado y agitado, de frente con el sorprendido y casi
decepcionado rostro de Rick...
-¿Qué...
qué su-sucede, Brian?
-¡Rick!
La
cara de Brian denotaba felicidad, ganas de llorar, un impulso contenido de
abrazarlo y besarlo... En cambio, el rostro de Rick dejaba ver tristeza y
confusión.
-Rick,
¿por qué no me avisaste que llegabas antes? Hubiera ido por ti al
aeropuerto.- sonrió Brian y abrazó con fuerza a su compañero.
-Brian,
¿qué pasa en el baño?
-¿En
el baño...? Bueno... es que...
-Voy
a entrar, Brian.
-¡No,
Ricky! ¡Espera! ¡No puedes entrar ahí!
Brian
intentó en vano detenerlo. Rick ya entraba al baño y se daría cuenta de lo
que sucedía.
-¿Qué
es esto?- la voz de Rick no sonaba molesta, sino risueña.
Brian
entró al baño y se topó con una escena que jamás olvidaría: su novio
acariciando la cabeza de un cachorro de afgano color blanco, y siendo lamido
en el rostro por el empapado animalito.
-¿Por
qué no me dijiste que llegabas antes?- preguntó Brian sirviendo un vaso de
leche para Rick, mientras este jugueteaba con el alegre cachorro.
-No
soporté pasar la Navidad lejos de ti. Mi hermano sólo quería alejarnos en
estas fechas, y sí me hubiera gustado estar con sus hijos, pero preferí
regresar contigo. Eres mi regalo de Navidad.
Brian
se conmovió.
-Bueno,
pues yo quería obsequiarte al cachorro en cuanto volvieras, pero llegaste
antes, así que ese era mi regalo este año.- continuó en cuanto dejó la
leche sobre la mesa del comedor- ¿Cómo lo llamaremos?
-Nieve.
Siempre quise tener un perro con ese nombre.
-De
acuerdo. Se llamará Nieve.
Brian
se sentó Junto a Rick y lo abrazó. Se besaron dulcemente mientras Nieve los
observaba, y esa Nochebuena y la Navidad se sintieron más unidos que nunca.
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* * * *
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