LISIS

Siempre un dios empuja lo semejante a lo semejante. Homero, La Odisea XVII, 218

 

Lisis, hijo de Demócrates, del demo de Axiona, en el año 69 después de la Primera Olimpíada, a Alceo, hijo de Eucrátides, protegido de los dioses.

Que el céfiro sople, oh lejano amigo, sobre los pies de los mensajeros y que, así, esta carta llegue a tus manos con la velocidad con que Diágoras anunciara lo de Maratón.

Te escribo porque, aun siendo amigos desde que nuestros cuerpos y espíritus comenzaran a fortalecerse en el gimnasio del Liceo, tu destierro no te ha permitido asistir al banquete con que se celebró el cumplimento de mi educación o, lo que es lo mismo, mi iniciación a la hombría. Que sean, pues, estas palabras tan dulces a tu corazón como a mis labios dulce fue el primer vino que libé a los dioses.

Te sorprenderá saber, como el resto de nuestros compañeros gimnásticos, que finalmente no fue Hipotales quien me raptó como Zeus raptara a Ganímedes. De nada le sirvieron sus hexámetros de amor y, aún menos, los sabios consejos que le dio el mismísimo Sócrates en persona. El pobre Hipotales, vencido y celoso, ahora añade a su desgracia el riesgo de verse ridiculizado por los escritos que dicen prepara el nuevo maestro de filosofía, un tal Platón.

El caso es que Adamantis, el esclavo nubio que me limpiaba el aceite del cuerpo tras los combates en la palestra, me comentó que un tal Diomedes, del demo de Anfitiona, glorioso de las guerras contra los persas, había anunciado en el ágora que él sería mi raptor.

Adamantis, que me quiere mucho, estaba muy contento de que fuera tan admirada hombría la simiente que habría de favorecer mi virilidad. 

Mis amigos brincaban como silenos por saber que mis cualidades morales y envergadura física se reconocieran tanto como para ser dignos de glorificarse con semejante héroe. 

Y algunos de ellos especulaban sobre los tres regalos que prescribe la ley tras el rapto: unos creían que la copa sería ,sin duda, joya de algún botín arrancado a los persas; otros, que el escudo sería forjado a imagen y semejanza del que Tetis regalara a su hijo Aquiles; y hasta hubo quien dijo haber oído que el toro sería completamente blanco y traído, ex profeso para mí, desde las profundidades de la Mauritania.

Una luna después de los festivales de Hermes, a la salida del gimnasio de Micco, me esperaba toda la cuadrilla de amigos. Tal y como marca la costumbre, entonaban el himno de Heracles. 

Nada más verme aparecer por entre la marmórea columnata del pórtico, Ctesipo y Pausanias, Cármides y Menexeno, se abalanzaron sobre mí. Los primeros me inmovilizaron por mis robustos brazos. Los segundos me atraparon por mis recias piernas. Y el resto silbaba, mientras me bañaban en hojas de laurel y ramitas de olivo. 

Con gran algarabía me llevaron hasta donde me esperaba Diomedes: junto a su fabuloso caballo ilirio. Como primogénito del más famoso criador de caballos del Atica, la belleza equina no me pasa en absoluto desapercibida, pues me educaron, como a ti, en que la hermosura era el equilibrio entre la nobleza de espíritu y la prestancia física.

Diomedes estaba ataviado con todas sus galas guerreras, casco incluido, por lo que no pude adivinar su rostro, pero lo supuse tan bronceado como los miembros que relucían bajo la armadura, curtidos por los cruentos soles del desierto persa y, en mi honor, embadurnados en aceite de almendras dulces. Su figura habría hecho temblar a nuestro querido Fidias.

El cortejo que le llevaba mi persona se detuvo cuando él levantó la mano derecha y vino hacia nosotros con dos poderosas zancadas. Mis amigos me depositaron en sus brazos con cierta delicadeza, pero él me cargó sobre sus hombros como quien carga un fardo de harina. 

Eso no le impidió montar en el caballo, sentarme entre sus hercúleos muslos y, así, espolear al caballo para cabalgar toda la noche por los bosques áticos. Al alba, llegamos a una hermosa cala del Egeo y allí acampamos.

Fue entonces cuando Diomedes, frente a mí, se quitó el casco. La seriedad de su profunda mirada me heló la sangre de las venas. Y con una voz muy templada , muy hecha a las órdenes, me pidió que me desnudara completamente y me metiera en el agua para purificarme. Pero yo tenía mucho frío y me resistí. 

El sonrió y se acercó a mí bromeando con la posibilidad de que no fuera un buen griego, sino un persa de los que considera sagrada el agua y por eso jamás la contamina con su cuerpo. Cuando estuvo muy cerca de mí, me agarró con sus dos manazas y, sin más, me arrojó al agua. Todavía mi cuerpo no había regresado a su postura normal cuando ya Diomedes se había abalanzado sobre mí, desnudo y repleto de vigor, dispuesto a no dejarme sacar mi cabeza de la patria de Poseidón.

Te obvio los detalles del lance amoroso que me convierte en ciudadano glorioso de la más rotunda polis, pues sabes que la ley castiga al amante si el amado manifiesta no estar satisfecho o haber sufrido violencia alguna, y prefiero no correr el riesgo de que se me malinterprete y acabe perjudicando a Diomedes.

Sólo te diré que después de convertirme en kleinós, descansamos hasta que llegó la homérica aurora de rosáceos dedos. Fue entonces cuando penetramos en la espesura para buscar una presa que llevarnos a la boca y, a la vez, conocer los métodos de caza que yo acabaría por poner en práctica hasta poder derrumbar yo solo un león. 

Siendo esta la prueba, como sabes, que obliga a los amantes a regresar a la polis, te confesaré un secreto: preferí me tomara por torpe y no acabar de cazar el león para poder seguir disfrutando de su compañía, de los combates cuerpo a cuerpo en las arenas de la playa, de sus narraciones fabulosas junto a la hoguera sobre la misteriosa Persia , y sobre todo, de la fuerza de sus brazos, de la profundidad de sus besos, del disfrute de su hombría.

Que los dioses, Alceo, te sean propicios y puedas regresar a nosotros lo antes posible.

Pedro de Sames

 

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