Lisis, hijo de Demócrates, del demo de Axiona, en
el año 69 después de la Primera Olimpíada, a Alceo, hijo de
Eucrátides, protegido de los dioses.
Que el céfiro sople, oh lejano amigo, sobre los
pies de los mensajeros y que, así, esta carta llegue a tus manos
con la velocidad con que Diágoras anunciara lo de Maratón.
Te escribo porque, aun siendo amigos desde que
nuestros cuerpos y espíritus comenzaran a fortalecerse en el
gimnasio del Liceo, tu destierro no te ha permitido asistir al
banquete con
que se celebró el cumplimento de mi educación o, lo que es lo
mismo, mi iniciación a la hombría. Que sean, pues, estas
palabras tan dulces a tu corazón como a mis labios dulce fue el
primer vino que libé a los dioses.
Te sorprenderá saber, como el resto de nuestros
compañeros gimnásticos, que finalmente no fue Hipotales quien me
raptó como Zeus raptara a Ganímedes. De nada le sirvieron sus
hexámetros de amor y, aún menos, los sabios consejos que le dio
el mismísimo Sócrates en persona. El pobre Hipotales, vencido y
celoso, ahora añade a su desgracia el riesgo de verse
ridiculizado por los escritos que dicen prepara el nuevo maestro
de filosofía, un tal Platón.
El caso es que Adamantis, el esclavo nubio que me
limpiaba el aceite del cuerpo tras los combates en la palestra, me
comentó que un tal Diomedes, del demo de Anfitiona, glorioso de
las guerras contra los persas, había anunciado en el ágora que
él sería mi raptor.
Adamantis, que me quiere mucho, estaba muy
contento de que fuera tan admirada hombría la simiente que
habría de favorecer mi virilidad.
Mis amigos brincaban como silenos por saber que
mis cualidades morales y envergadura física se reconocieran tanto
como para ser dignos de glorificarse con semejante héroe.
Y algunos de ellos especulaban sobre los tres
regalos que prescribe la ley tras el rapto: unos creían que la
copa sería ,sin duda, joya de algún botín arrancado a los
persas; otros, que el escudo sería forjado a imagen y semejanza
del que Tetis regalara a su hijo Aquiles
;
y hasta hubo quien dijo haber oído que el toro sería
completamente blanco y traído, ex profeso para mí, desde las
profundidades de la Mauritania.
Una luna después de los festivales de Hermes, a
la salida del gimnasio de Micco, me esperaba toda la cuadrilla de amigos. Tal
y como marca la costumbre, entonaban el himno de Heracles.
Nada más verme aparecer por entre la marmórea
columnata del pórtico, Ctesipo y Pausanias, Cármides y Menexeno,
se abalanzaron sobre mí. Los primeros me inmovilizaron por mis
robustos brazos. Los segundos me atraparon por mis recias piernas.
Y el resto silbaba, mientras me bañaban en hojas de laurel y
ramitas de olivo.
Con gran algarabía me llevaron hasta donde me
esperaba Diomedes: junto a su fabuloso caballo ilirio. Como
primogénito del más famoso criador de caballos del Atica, la
belleza equina no me pasa en absoluto desapercibida, pues me
educaron, como a ti, en que la hermosura era el equilibrio entre
la nobleza de espíritu y la prestancia física.
Diomedes estaba ataviado con todas sus galas
guerreras, casco incluido, por lo que no pude adivinar su rostro,
pero lo supuse tan bronceado como los miembros que relucían bajo
la armadura, curtidos por los cruentos soles del desierto persa y,
en mi honor, embadurnados en aceite de almendras dulces. Su figura
habría hecho temblar a nuestro querido Fidias.
El cortejo que le llevaba mi persona se detuvo
cuando él levantó la mano derecha y vino hacia nosotros con dos
poderosas zancadas. Mis amigos me depositaron en sus brazos con
cierta delicadeza, pero él me cargó sobre sus hombros como quien
carga un fardo de harina.
Eso no le impidió montar en el caballo, sentarme
entre sus hercúleos muslos y, así, espolear al caballo para
cabalgar toda la noche por los bosques áticos. Al alba, llegamos
a una hermosa cala del Egeo y allí acampamos.
Fue entonces cuando Diomedes, frente a mí, se
quitó el casco. La seriedad de su profunda mirada me heló la
sangre de las venas. Y con una voz muy templada , muy hecha a las
órdenes, me pidió que me desnudara completamente y me metiera en
el agua para purificarme. Pero yo tenía mucho frío y me
resistí.
El sonrió y se acercó a mí bromeando con la
posibilidad de que no fuera un buen griego, sino un persa de los
que considera sagrada el agua y por eso jamás la contamina con su
cuerpo. Cuando estuvo muy cerca de mí, me agarró con sus dos
manazas y, sin más, me arrojó al agua. Todavía mi cuerpo no
había regresado a su postura normal cuando ya Diomedes se había
abalanzado sobre mí, desnudo y repleto de vigor, dispuesto a no
dejarme sacar mi cabeza de la patria de Poseidón.
Te obvio los detalles del lance amoroso que me
convierte en ciudadano glorioso de la más rotunda polis, pues
sabes que la ley castiga al amante si el amado manifiesta no estar
satisfecho o haber sufrido violencia alguna, y prefiero no correr
el riesgo de que se me malinterprete y acabe perjudicando a
Diomedes.
Sólo te diré que después de convertirme en
kleinós, descansamos hasta que llegó la homérica aurora de
rosáceos dedos. Fue entonces cuando penetramos en la espesura
para buscar una presa que llevarnos a la boca y, a la vez, conocer
los métodos de caza que yo acabaría por poner en práctica hasta
poder derrumbar yo solo un león.
Siendo esta la prueba, como sabes, que obliga a
los amantes a regresar a la polis, te confesaré un secreto:
preferí me tomara por torpe y no acabar de cazar el león para
poder seguir disfrutando de su compañía, de los combates cuerpo
a cuerpo en las arenas de la playa, de sus narraciones fabulosas
junto a la hoguera sobre la misteriosa Persia , y sobre todo, de
la fuerza de sus brazos, de la profundidad de sus besos, del
disfrute de su hombría.
Que los dioses, Alceo, te sean propicios y puedas
regresar a nosotros lo antes posible.
Pedro de Sames