Red double decker

adagio

  Oscar Ugarteche

No es fácil mantener una pareja cuando viajas 150,000 millas al año. Si la comunicación no está perfectamente pulida puede traer contratiempos. Y pulir la comunicación con tantas millas es no sólo costoso sino engorroso cuando además hay diferencias horarias. Así, me incomodaba siempre que llegaba a visitarte pasaporte en ristre, entrar a una muestra de arte en tu ciudad y que alguien, no sé quién, me dijera qué lastima que no estuviste la semana pasada acá porque la fiesta fue muy simpática. Y yo ni idea que habías tenido una fiesta.

Ante la pregunta la respuesta siempre evasiva porque responderme era dar cuenta de tus actos y no un puro intercambio de información así como quien se entera de qué hizo tu amante el fin de semana, digamos. Tanto teléfono y tanto e-mail para terminar sin saber quién eras tú.

Eso creí. Llegaste y te alquilaste una casita con un compañero de estudios. Estupendo. Tenemos casita en Londres, pensé. Y casita en Madrid. Nueva York y cerramos la rifa. O en el sur de Francia. Así un día de tantos te llamé para decirte que llegaba, sin dudar lo que estaba haciendo. No había nada que dudar ¿verdad? Iba a pasar el fin de semana donde mi novio en Londres recién mudado hacía un mes. Me dijiste que no fuera antes porque estabas espantosamente ocupado arreglando tus papeles y las cosas del instituto donde ibas a estudiar inglés y además tenías que estudiar para el primer examen. Yo era el premio a London Bridge is falling down correctamente escrito, te dije

Así llegué. Expectante. La casita en el norte, por Hampstead, siempre elegante tú. Sin inglés pero elegante. Y claro, bajé del avión y estabas como todas las veces esperándome con los brazos abiertos. Me cargaste la maleta, inusual, y caminamos al tren los quince kilómetros bajo tierra  muy abrazados y todo era felicidad y yo ni siquiera sospechaba. De que fue artero fue artero. Yo ni me lo imaginé, cuando te pregunté qué ramal del Northern Line teníamos que tomar para llegar a tu casita, y me contestaste que no, que a tu casita no íbamos. Que no era posible porque tenías un compañero de casa y qué podría pensar. ¡Imagínense! Yo que cruce el Atlántico todos los meses durante año y medio para visitarlo cuando vivía solo en su tierra, de pronto me encontré que no era bienvenido a su casa porque había un compañero de estudios. Le daba vergüenza llevarme a su casita y presentarme a su roommate. Así tal cuál. Vergüenza.

Sentí un cuchillo en el omoplato derecho, tipo pulmonía. Me quería morir en el vagón del metro donde íbamos firmemente hacia ninguna parte. Me quedé mirando el reflejo de los dos en el vidrio de enfrente. Estaba con la cabeza gacha y yo con cara de “se murió el gato”. Rápido. Tenía que reaccionar ante el peligro de comenzar a dar vueltas en el Circle Line rumbo a ninguna parte. Ya estaba en Londres y mi boleto de cortesía no lo podía usar hasta el  domingo. Era jueves en la tarde. Tenía que hacer algo para quedarme tres noches en algún lado y no quebrar ni morir de sofoco en uno de esos hoteles donde el baño está junto a la cama y el televisor encima de forma que si respiras mucho la maleta sale por la ventana y encima pagas tu sueldo español de un mes por un fin de semana. Sólo en Londres. Solo.

Atiné a que mi amigo de colegio,  se había mudado al oeste de Londres, no hacía mucho y que me dijo en el fono no hacía tanto que le gustaría verme de nuevo. Gracias a dios.  Ya andábamos llegando a una estación mayor y mejor bajarnos para llamar por teléfono. Llamada y todo resuelto. Tomar el mismo tren de regreso y cambiar hacia Richmond. Así lo hicimos. No entiendo por qué no me dejaste allí. Por qué te quedaste más tiempo... ¿Acaso no te habías dado cuenta de lo que me habías hecho? Me habías engañado persistentemente con tu miedo y yo ni enterado. Ni por un asomo. El dolor no amainaba aunque tu sonrisa y tristeza me conmovían y mejor mirarte y abrazarte que no, pensé. Hasta que llegamos a donde mi compadre y el niño feliz salió corriendo. El compadre, como para frotarme el desastre, te dijo, –“qué, ¿le sacaste la vuelta y vives con otro o qué?”–. Y yo me quería morir y tú te querías morir y allí muriéndonos los dos mientras el niño pedía ser cargado y lo cargaste y lo acariciaste, como esperaba que me acariciaras a mí, y no podíamos cruzar palabra. No quería matarte. El dolor era de tal intensidad que morir era lo natural. De amor. Sí. En pleno siglo XX. En plenos años ochenta. En pleno Rthatcher y sus reformas económicas. Allí. Morirme de amor y llorar de impotencia.

No entendí porque me acompañaste. Razones habría, me imagino. Tu también debes haber estado sufriendo, pienso. Allí estábamos y salimos a tomarnos una cerveza al pub de la esquina los tres. Y claro, no había mucho que decir. Hasta que nos dijiste que tenías que irte y yo me quedé mudo. Te seguí en silencio. Te acompañé masoquista.

Parados en la estación de buses, te miré callado. Con reproche. Me dejabas allí porque no podías soportar que me hospedara en tu casa y que tu compañero de estudios se enterara. ¡Qué podría pensar! Tenías vergüenza de mí en Londres. Y eras de San Miguel de Piura no me jodas. La maleta, los boletos de avión en el bolsillo, el viaje, y qué podría pensar tu vecino era más importante que yo. Y el tiempo invertido y los cruces del Atlántico y las galletas de jengibre y las ridiculeces, y todo lo otro vivido.

Subiste al ómnibus rojo. Trepaste al segundo piso. Te miré a través de la ventana llovida cuando partió rumbo al tren. Me volví con las manos en los bolsillos. Regresé a la casa en la oscuridad de ese abril. El final de la vida nuevamente. Total que si no me dejan por una mujer me dejan por miedo, pensé. Igual dejado. Solo. Así es la vida del cantor. Abandonado y mojado en una noche de abril.

Lima,  agosto, 2000

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orujos@aol.com

Oscar Ugarteche nació en Lima, creció en Arequipa, se educó en Nueva York y Londres. Actualmente reside en México.
Es ensayista y autor de la novela "Babilonia la Grande", Alfaguara, Lima, 1999; "La Arqueología de la Modernidad", DESCO, Lima, 1999, 2da ed, set 2000; "India Bonita (o del amor y otras artes)", MHOL, Lima, 1997. Se gana la vida como economista financiero internacional. Fue uno de los fundadores del Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) en 1982.

 

 

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