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ANEXO: (nota de ocaña d.o.s.) Cuando propuse a Zacarías publicar su vida en la red, me entregó un libro que yo dividí en partes, le conté la idea, le gustó, y me dijo que añadiera un capítulo más que me entregaría cuando yo tuviese terminado todo lo anterior. Pues bien, lo terminé, le llamé, le dije que ya estaba y que os había gustado, y me instó a pasar por su casa cuanto antes para recoger el resto. Anteayer lo leí en su presencia, y me asusté. Le dijé que aquello sonaba a despedida definitiva y que no me gustaba ni un pelo. Él se echó a reír, y me respondió: —Parece mentira que seas escritor, ¿no sabes que hay que darle un toque de tragedia al asunto para que interese? Yo, que puedo ser maricón, pero de tonto no tengo un pelo, arrugué el ceño, y le dije que de qué narices me hablaba si era el final del libro. Zorro como él solo, me invitó a la fiesta sin yo saberlo, y al mismo tiempo me hundió la moral para hacerme ver que yo no decidía: —¿Quieres escribir tú el final, egoísta? —No, no..., el libro es tuyo. —Pues entonces... Escribe lo que yo he puesto, y déjate de niñadas. El muy cabrón, esperó a que me marchara, se metió en la bañera y se cortó las venas como lo hacían los emperadores y los patricios en la antigua Roma; a su lado había un cuaderno mojado y lleno de sangre, donde una y otra vez había escrito un único mensaje: Rodrigo, ven a por mí... Hoy, cuando publico esto, aún no me he repuesto de la impresión de haber sido elegido como último ser que se ve en la vida, y en cierta forma, a vosotros os atañe también, como últimos testigos de su paso por este puñetero mundo. Tengo también en mi memoria el brillo de su féretro al ser tragado por la tierra. He metido en su ataúd la carta de su amado, como él quería, y después he asistido a su entierro, en el que sólo tres personas (sin contar a los enterradores y al cura), le hemos dado la despedida: mi novio, la Mae, y yo. Descansa en paz, Zacarías, que bien te lo mereces. |
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