MEMORIAS DE LA FOGONES (1993-2000)

*****************************************

VI

Llega un momento en que te pones frente al espejo y te preguntas: ¿dónde está el niño, el joven, el hombre maduro que acostumbraba a colocarse donde estoy yo ahora? ¿Dónde se han ido?

Cuesta un poco comprender que cualquier edad del ser humano tiene doble cara, pero al final, si no eres un ser ruín aferrado a lo material, descubres que tampoco está tan mal, te haces a la idea, y tiene hasta su gracia. Ves cómo todos los de tu alrededor (y que aún creen lejano para sí, el trance en que me encuentro), se afanan en comportarse como si no me ocurriera nada, hasta tú ocaña. 

Y eso de veros sobre actuando, sabiendo yo que los problemas de vivir son aún mayores que los de la muerte, me dan ganas de echarme a reír; y si no lo hago es por respeto. ¿No me ocurre nada? ¡Coño! Sí que me ocurre: me estoy muriendo. Pero no como uno debería morirse, de golpe, como la Felisa, no. 

A mí la vida me va abandonando con cuentagotas. En el 93 me hicieron un chequeo, y me encontraron de todo. Cáncer en la próstata; hígado y riñones jodidos. A ver, tanto cubata en las noches de la Coquette tenían que ir a parar a algún sitio. Un cromo chicos: Hemodiálisis en días alternos, dietas insípidas, mil medicamentos diarios, y un sinfín de torturas chinas anexas, que no son para contar aquí, ni siquiera por el mero hecho de llenar los años que restan para alcanzar la fecha actual. No se me exija semejante incordio.

Compruebo desde que estoy enfermo que la vejez nos asusta, y a algunos, hasta les repugna, estos son los que más miedo tienen. A mí me asustaba también. Y no es para tanto, creedme. Porque, después de todo, merece la pena vivir aunque se sufra, merece la pena amar aunque tambien se sufra, merece la pena sufrir si se vive y se ama. Y merece la pena llegar a viejo para hacer la suma de todo esto. Nunca se sabe cuándo te va a llegar el bálsamo a tanto sufrimiento, y si sólo es una gota, no importa, sabed que muchos se mueren sin ni siquiera catarlo.

Se acabó, Zacarías Balbuena Guijarro, la Fogones, pone fin a su existencia, precisamente porque ya ni sufre ni vive. Amar sí; amar sigo amando, pero no necesito estar consciente para seguir haciéndolo, y en virtud de mi libertad quiero ahorrarme el envoltorio que por ser de carne, está destinado al fracaso, y a abonar la tierra de la que una vez salió.

Ha sido un placer conoceros de este modo tan indirecto.

Entrada

 

 

Página anterior

Página siguiente

 

 

ISLA  TERNURA NAVEGANTES ESCRITORES RINCONES AMABLES