MEMORIAS DE LA FOGONES (1981-1993)
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V

Con 49 años no se puede tener aspecto de niño por más que uno se empeñe. Pero a esa edad, yo aún conservaba un sedimento muy honroso de mi antiguo esplendor. Tierno Galván ya era alcalde desde el comienzo del segundo trimestre del año. Resultaba paradójico que el Viejo Profesor insuflara sangre "joven" en los estamentos ciudadanos. Pero como ya se ha dicho en el capítulo anterior, los resultados se hicieron palpables.

Dado el clima de libertad que se respiraba, todo era posible. En los espectáculos de travestismo de entonces, estaban las estrellas como la Paca España que procuraban imitar a la perfección a su folklórica preferida. Y también estábamos las que con aspecto de tío, nos vestíamos de tía y hacíamos números musicales con el único interés de divertir al personal.Yo era de esas. Salía al escenario dejando al aire a propósito la vellosidad, pero con un vestidito ridículo de niña, (por ejemplo) como en el caso del número de "La enredadera". La mayoría eran cuplés que escenificábamos con el doble sentido con que habían sido pensados, y no como lo hacía la cursi de la Sara Montiel. A mí, el que más me gustaba era el de "Sola en la vida". Era muy divertido, salía con un vestido de jovencita ye-ye, con un barrigón de mucho cuidado, y cantaba eso de...

Sola en la vida / Soltera y madre en la vida (me tocaba la preñez postiza con asco) / por una mala partida / ¡Ladrón! / Vas a morir. / ¡No! (gritaba conmigo la concurrencia) / Venga alegría señores / Señores venga alegría / ¡Quiero vivir!... (volvían a gritar coreándome) .....

Creo que cuadraba conmigo. Todavía me río. La nochevieja del 79, yo hice subir al escenario a aquel muchachito hippie que tanta gracia me hacía por el entusiasmo que ponía en mis actuaciones. El muy sinvergüenza, me estaba metiendo mano por detrás, mientras la cantábamos juntos. Aquello me dio morbillo. Comimos las uvas en perfecta comunión mutua, y nos dimos un morreo triunfal tras las campanadas; no se separó de mí el resto de la madrugada. Cuando finalizábamos el espectáculo, a eso de las 6 de la mañana, los que quedábamos en el local, empezamos a pringar los churros y las porras en el entonces tradicional y espeso chocolate que se ofrecía después de la juerga.

Yo mojaba en su chocolate y el mojaba en el mío. Yo le daba porra, y él me daba churro. Todo de un modo tan sensual que no pude evitar llevármelo a casa: ¡Me derrito sólo de pensarlo! Yo estaba destrozado, pegajoso de sudor. Nada más entrar le dije que me iba a la ducha. "Ni se te ocurra", me dijo. Se enganchó a mí, y empezó a desvestirme y acariciarme con deseo; todo su ser lo anunciaba: yo era su anhelado capricho, el regalo de Reyes que hoy por fin se había hecho real; sus ojos se encharcaban y era visible que lo hacían de felicidad, algo que jamás me había ocurrido; ni siquiera el pijama de saliva de la Meneitos, tenía las connotaciones de las yemas de sus dedos regodeándose sobre mi cuerpo. A mí me pareció que aquel imberbe estaba tocando una melodía, que sólo sonaba en su cabeza, y que graciosamente me invitaba a compartir en método Braille, situando sus dedos en los puntos donde el pergamino de mi cuerpo contenía cinceladas las notas de un "allegro vivacce". Si minutos antes me llegan a decir que yo sería capaz de correrme de esa forma, habría dicho que era mentira, pero tuve que controlarme y contenerme, porque el placer que sentí me inundaba por completo. Toda la reticencia que en principio había sentido por no tener el muchacho el aspecto que yo suponía preferente en mis gustos, se fue a tomar por el culo.

Como esto no es una peli porno, no voy a hacer descripciones de nuestros juegos amorosos. Ha de ser suficiente lo hasta aquí mencionado para entender que todo mi ser y mi entendimiento se impregnaron de él, igual que una esponja se empapa de agua. Y que él me correspondía; los tres años y pico que vivimos emparejados, a su modo, me fue fiel. Pero nada en esta vida es de color de rosa, a no ser que te pongas unas gafas con dicho color. Y ni así.

Escribo que me fue fiel a su modo, porque tenía otro amor: La libertad y la igualdad de los hombres. ¡Pobrecito mío! Era un anarquista convencido, y un desastre en todo lo demás que no fuese amar. Amando era un artista capaz de hacerte olvidar los desórdenes que dejaba a su paso, incluso en su propia existencia. No había reglas para nada, y yo que había crecido y madurado bajo el yugo de las reglas y las costumbres ancestrales, al principio lo vi natural debido a su juventud, pero luego, cometí el error de tratar de encarrilarle hacia mi modo de ver el mundo. Un error tonto —pero muy fácil de cometer—, porque es imposible cambiar a las personas; y si lo consigues, dejan de ser lo que amabas para convertirse en extrañas, o en el peor de los casos, enemigas.

Rodrigo se metía hasta el cuello en todos los saraos, manifestaciones, reivindicaciones, y protestas imaginables. Y si os digo que en aquellos días era difícil que no se celebrara una a diario, pues os podéis hacer una idea de que le veía poco, o al menos no tanto como yo hubiera querido. Dormíamos juntos, y hacíamos vida en común, pero estaba ocupado casi siempre en sus asuntos, y a veces me traía a casa a un montón de individuos que me ponían la casa hecha un asco tras hacer no sé cuantas pancartas y octavillas. Mientras yo, "la fogones" parecía más bien un alborotado microondas radioactivo. Discutíamos, pero no pasaba de ahí. En cuanto me tocaba o me metía la lengua en la boca, la droga de su sabor me transportaba al único lugar donde yo quería estar: en una isla desierta donde él y yo solos, consumiéramos el resto de nuestras vidas. Todo se lo perdonaba, todo. Y seguiría perdonándoselo si me fuera posible.

En el 81, Tejero hizo lo que ya sabéis. Vergüenza nacional, como pocas, que a mí particularmente me marcó para siempre, porque fue el comienzo de mi fin. Tan desafortunado me fue, que si bien el capítulo comienza en la última noche del 79, el tiempo se me detuvo hasta ese aciago día, y por eso el título de esta parte señala ese año terrible, o como diría la estúpida de Isabel II, fue mi "Agnus Horribilis".

Hubo muchos rumores anteriores sobre golpes, pero éste fue el que cristalizó. A mí me pilló en el Metro, era hora punta y estaba ligando (yo no he dicho que le fuera fiel a él). Detuvieron el tren, y la noticia se difundía desde la cabina del conductor (que fue quien escuchó la noticia en su transistor), hasta el último vagón. Cuando llegué a casa con la plastita en el culo, me encontré a Rodrigo con los ojos vidriosos y la mirada perdida; su voz sonaba distinta, me preguntó:

—¿Sabes la noticia?

Le dije que sí, y me abracé a él con todas mis fuerzas. Las alarmas de peligro se nos habían disparado. Fue una noche indeseable y harto indecisa, donde (yo por lo menos), no dejabas de pensar en hacer algo, lo que fuera, incluso las maletas para salir corriendo. Ahora que me habían puesto la miel en los labios, habría sido terrible... Eso, o como Rodrigo, que estoy seguro que ya se veía pegando tiros, o fusilado. Lo sé, porque aquella noche se había metido un chute de jaco. Habíamos fumado porros, habíamos probado tripis, y muy ocasionalmente, cocaína. Pero jaco, jamás. Más aún, cuando antes de esa noche mi amor hablaba de drogas, confesaba su gusto por ellas, pero también colocaba a la heroína como frontera, ya que sabía perfectamente sus consecuencias. Todo muy claro, sí, pero aquella noche, movido por la desesperación, y el miedo, (que todos tuvimos) probó la manzana. Debió creer que ya nada importaba, y claro, luego no pasó del susto, pero él, ya había caído...

Más tarde, llegaron los Rollings, (esa noche, desde nuestra terraza, vimos un OVNI, creí que se había chutado y que alucinaba, pero no, era cierto, yo también lo vi, y no era un avión, ni un globo, era un OVNI) y el Mundial de fútbol con toda su cohorte de borregos. Al parecer, dicho evento fue la prueba que nos ponía el primer mundo para demostrar que queríamos ser modernos y primermundistas. ¡Ja! ¡Qué risa!

Rodrigo, siguió siendo anarquista hasta el 82, a partir de ahí dejó de ser... Terminado el mundial, yo ya estaba buscándole para llevarle a algún centro de desintoxicación. Sé que se marchaba siguiendo a la droga por los vericuetos de la marginalidad más absoluta, pero también sé que lo hacía para no perjudicarme. Jamás me robó, me pedía el dinero, y ni siquiera se enfadaba si no se lo daba, y eso me parece que dice mucho, porque cuando un yonki no tiene sus dosis, no distingue más allá de su necesidad de idiotizarse.

Pero dio igual, me gasté todos los ahorros pagando inútiles terapias, me quedé en la ruina. —Si lees mis pensamientos sabrás que volvería a hacerlo amor mío— Lo que más me dolía, no era que fuera yonki, porque después de todo, eso le convertía en víctima, lo que más me dolía era no tenerle. El sueño de mi vida que se me presentó sin yo pedirlo, se había transformado en la pesadilla de los albores de mi vejez. En septiembre del 83, una noche que estaba con el mono, para animarle y entretenerle, me lo llevé a Esquivias, (un pueblo de Toledo) a un concierto de Tino Casal que le gustaba mucho, eran las fiestas y una discoteca lo había contratado. Lo perdí de vista un instante, y cuando me volví, ya no estaba, "Embrujada" sonaba a todo meter. La hechizada (yo), no volvió a abrazar a su novio, marido, y amante, hasta contemplarlo tendido sobre la fría mesa de metal del tanatorio hospitalario.

Rodrigo murió por sobredosis el 14 de julio del 84.

En uno de sus bolsillos llevaba mi número de teléfono y me avisaron. Las tinieblas se apoderaron de mí, y tras ellas el inquietante vacío, el más miserable y terrible de los dolores empezó a devorar mis entrañas. Me acerqué al hospital donde lo habían llevado y me dejaron a solas con él unos instantes; estuve regando con lágrimas su cuerpo maltratado por una sustancia maligna. Tuvieron que sacarme de allí; tenían que hacerle la autopsia. Cometí un nuevo error, el peor de todos; y quizás se debió a que me quedé tan mal, que todo lo más, puedo decir que me comportaba como un zombi, me fui a casa, y empecé a tocar su ropa, sus cosas, su lado en el colchón, todo lo tocaba y lo olía, y puede que hasta lo lamiese para retener lo que fuera y como fuera. Entre la maraña de objetos que había suyos en mi casa, encontré la dirección de sus padres, y una carta cerrada dirigida a mí. Todavía la guardo, y no he necesitado leerla de nuevo para transcribirla. Con letra insegura, decía:

"No me maldigas, has sido el primero y el único, y no soportaría la idea de saber que mi recuerdo sólo te inspira odio. Te he querido, te quiero, y te querré, hasta que la última luz de mi memoria se apague. Las cosas no tenían que haber salido así, pero no somos más que marionetas del destino, y si cortamos las cuerdas con las que nos maneja, sólo podemos esperar el dolor y la desgracia. Junto a ti he vivido los años más felices de mi vida, y por el bien de todos es necesario que mi tiempo se detenga ahí, más aun, mi vida comienza y termina contigo. Sé que estoy mal, sé que me queda poco para acabar tirado en cualquier cuneta, y tus desesperados intentos por salvarme me duelen como no te puedes ni imaginar, y no puedo soportarlo más. Vida mía, lo más difícil de todo es saber que no volveré a verte, y nada me gustaría más que extinguir mi aliento con la cara pegada a tu pecho. Pero no puedo ser tan egoísta como para pedirte semejante sacrificio, después de lo que ya te estoy haciendo pasar.

Tómate mi huida con serenidad, y no me eches de menos porque siempre estaré contigo. Y por favor, no me busques, me voy al cementerio de elefantes que una sociedad hipócrita ha creado para los que son como yo. Recíbeme en tu pensamiento, seré más tuyo de lo que nunca pude ser en vida.

Adiós, te ama,
Rodrigo.

El papel de esa carta, con sus últimos pensamientos conscientes para mí, es el tesoro de mi vida. Todo lo vivido, todo lo pasado: las penas, los miedos, el hambre, se borran al instante cuando releo mentalmente su texto; y al fondo, con el brillo de las pepitas que se depositan en el cuenco del buscador de oro, aparece su imagen invitándome a besarle.

Y si no es mucho pedir, ruego que dicho papel sea depositado en mi féretro, o quemado conmigo, si éste fuera el fin de mis muy molidos huesos.

Sé que estáis esperando que cuente cuál fue el error que cometí. Espero que entendáis que no me extienda en explicaciones. Ya os dije que había encontrado entre sus cosas la dirección de sus padres. Eran de Valladolid. Averigüé el número de teléfono, y los llamé. Descolgó su madre, le di la noticia, y se desmayó. Seguidamente, su padre cogió el auricular y tuve que decir de nuevo la noticia que tanto me costaba articular. Mi auricular tembló con los insultos, las acusaciones y las amenazas. Triste asunto, no me dejaron ni asistir al entierro. Me fui a Valladolid en un taxi, y tuve que regresar a Madrid sin apearme de él, porque en la puerta del cementerio me esperaban su padre vestido de gala militar (no me acuerdo del color, sólo sé que vi galones y medallas colgadas), y sus hermanos mayores. Estaban esperando a que apareciera para echarme, estaban dispuestos a todo para que la viuda no estuviera presente en la ceremonia, y eso que iba de riguroso negro. Por las cosas que me dijeron en los diez minutos de forcejeo para tratar de bajar del taxi, comprendí que estaban enterados de todo, de nuestra vida en común y hasta de cómo me ganaba la vida. Supongo que debieron contratar a un detective o pedirle a algún familiar bien relacionado con medios policiales, que averiguara su paradero. Cómo me vería el taxista, que en el regreso paró en un bar de carretera y estuvo charlando conmigo para calmarme. Muy majo el hombre, era algo mayor que yo, y se portó de maravilla. Qué triste, tener que contarle a un taxista, a un ser extraño en definitiva, lo que te sucede. Y lo entendió, sí. Me dio pruebas de ello. A mí ya me habían cubierto de mierda en su presencia, y no me importó darle detalles de mi relación con el hijo de aquel salvaje con adornos.

Saltándosele las lágrimas me dijo:

—Se aprende a vivir con ese dolor, créame. Igual que se aprende a vivir en la más pertinaz de las miserias. Usted le pertenecía, y tiene todo el derecho a sentir que todavía vive ahí. —tocó mi corazón con un dedo, y yo no pude evitar tomar su mano para besársela y agradecerle su comprensión— Saque pecho, enjugue sus lágrimas, y ríndale el mejor homenaje que jamás podrá brindarle, viva con su recuerdo enmarcado en un sentimiento de amor eterno. Y ahora, si no le importa, vayámonos de aquí que aquellos camioneros del fondo empiezan a mirarnos mal.

Después de esto, ¿qué más os puedo contar? ¿Que estalló Chernóbil, que hubo algo llamado Movida? ¿Que hay un jodido agujero en la capa de ozono? ¿O quizá que el efecto invernadero acabará con todo? ¿Y a mí qué me importa? Después de su muerte nada tiene ya sentido y no sería un cronista fiable. Perdí todo tipo de apetito, y sin apetito, sin pasión, la vida no es agradable.

Si acaso, queda añadir que en 1986 conocí al ocaña a través de mi antiguo costurero, una loca que cosía para las viejas del nuevo régimen, y que tenía su taller de costura y su picadero en la misma calle que 41 años antes había visto mi relación con Jaime. El ocaña era un niño de 16 añitos, y lo había pescado una de las peores arpías de la hermandad mariconil "(¿te acuerdas tontaina?)". 

Me daba pena, y procuré avisarle, pero me miró mal. Es de perogrullo, se aprende por la experiencia y no por la teoría o el ejemplo. Me dio la razón cuando rompió con la alimaña costurera, y me usó de pañuelo de lágrimas, acabamos haciéndonos amigos; nos enrollamos un par de veces, pero ni yo estaba por la labor, ni tampoco le gustaba lo suficiente. Quedábamos para ir juntos a los sitios de ambiente y aquello me animó un poco. 

Luego conoció a su actual novio, que es un encanto, y la familia aumentó, porque desde entonces sé a quienes acudir cuando necesito afecto humano. Hasta he salido con ellos de viaje, estuvimos en Torremolinos y Benidorm que eran los lugares gay del momento, también estuvimos en Cádiz, y en la Expo de Sevilla. Y todavía hoy, comemos juntos muy a menudo, y como veréis, utilizo a uno de ellos para contaros el jugo de mi vida.

En los años sucesivos, como dijo el taxista, aprendí a vivir con el dolor. La escuela de la vida, no te deja otra salida. Hasta 1993, aprobaba los cursos, a partir de ahí, comenzó el declive; y ya, hoy día, sería de tontos tener esperanza en un futuro de salud y plenitud... ¿A quién podría engañar?

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