MEMORIAS DE LA FOGONES(1965-1980)
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IV

Yo estaba rabioso con los casados de mi entorno: uno me amargó la infancia, otro me había degollado a mi mejor amiga, y un tercero me había robado la casa. No es disculpa, pero explica lo que sucedió a continuación.

Decíamos ayer, que Víctor y Rosa merecían abrir un capítulo en la historia de mi vida. Y no por su importancia o influencia en mí; es, sin lugar a dudas, porque me siento culpable. Después del concierto, ella y yo, salimos juntos y Víctor la esperaba en la entrada. Nos presentó. Víctor no estaba mal, era moreno, hirsuto, y con un color de ojos verde intenso que quitaban el hipo. De ella se puede decir que era normalita, de baja estatura, pequeños pechos, pero caderas anchas; además, ya he dicho que era una histérica, y tenía sus motivos: No follaban, les separaba un muro enorme. 

Al principio de su matrimonio habían tenido un hijo con síndrome de Dawn (que murió sin cumplir 6 años), y desde entonces la nena se cruzó de patas. La tía se refugiaba en su histerismo y su aparente desinterés por todo para no tener que follar con el marido. Este, funcionario de RENFE, era muy creyente y se había tomado las locuras de su mujer como una prueba que Dios ponía en su camino, pero también era humano. No sé, al verle, desesperado, con esos ojazos, ya en ese primer instante, me dieron ganas de ayudarle. Fuimos a tomar un café, y entre bromas y tonterías Rosa me invitó a comer. 

La cita era para el sábado siguiente, acudí, y me llevé la grata sorpresa de la soledad del maromo. Él acababa de llegar del trabajo, y se había encontrado una nota de ella sobre la comida preparada, diciendo que se había marchado a La Granja de San Ildefonso con un grupo de turistas ingleses, que acababa de conocer en la panadería. Por ser cónyuge de un trabajador de los ferrocarriles, tenía billete gratis en los trenes cada vez que quería.

Le disculpé del compromiso y me dispuse a marchar, pero él me retuvo:

—Comamos juntos, por favor; no hay nada más triste que comer solo, y, al fin y al cabo, la comida está hecha...

Acepté, claro, con el hambre que pasé de niño, despreciar comida siempre me ha parecido un poco sacrílego aunque de religioso tenga poco, y durante la sobremesa soltó la lengua. Pobrecillo, su vida junto a esa perra de cría estéril, era un episodio de folletín ridículo y barato. Hijo de familia bien, renunció a los estudios y a la herencia paterna por casarse con ella que venía como aquel que dice, del arroyo. Enseguida tienen descendencia, y ésta les nace defectuosa y con la seguridad de que nunca más volverán a tener hijos. La nena enloquece, y cuando se recupera del parto ya no es la misma. Quiere divertirse y ser independiente, se desentiende del marido y del mongolito, y sólo vive para comprarse modelos, discos, y revistas, y para estar todo el día de arriba abajo, como si estuviera soltera y sin compromiso, vamos..., cosas que ni siquiera estando soltera hacía. Víctor, pidió ayuda facultativa y le dijeron que sí, que era raro, y que tenía toda la pinta de una crisis nerviosa, pero que mientras no le diese por lo violento, no podían hacer nada; dejaron suelta a la cabra de su mujer, y a él le recetaron paciencia; pero los años pasaban, el niño murió, y Rosa no daba muestras de cambios. La historia me fascinó, no he ocultado ni por un momento que me tira lo trágico, incluso si es barato.

A medida que él desgranaba sus frustraciones, yo le daba ideas, o hacía comentarios que él agradecía sonriendo con esos ojos como dos gemas, comunicaba así su alivio con un brillo especial, por poder compartir lo que hasta ese momento soportaba en silencio como una penitencia. Ese día no follamos, estuvimos toda la tarde hablando; cuando estaba a punto de anochecer, Rosa puso fin a la velada apareciendo igual que una tormenta de verano, sin avisar:

—Hola querido. ¿Cómo estaba la comida?

—Bien, —respondió Víctor— ¿Y tu viaje?

—¿Qué viaje?

—¿Pues no has ido a la Granja?

—Ay, sí, ¡qué cabeza la mía! Es que como está tan cerca...

—Hola, —saludé finalmente— ¿Qué tal?

—Hola, ¿Quién eres? ¡No! No me lo digas.... Trabajas con Víctor, espero que seáis buenos compañeros....

—Cariño, es Zacarías, le invitaste tú. En el concierto de los Beatles, ¿recuerdas?

—Bitels. ¿Qué Bitels? ¡Ah! Zacarías. Sí... Los herejes melenudos que no sabían ni tocar. Huy por Dios, cómo estoy... Perdóname por no recordarte. Y ahora que ya te marchas queda con Víctor para otra comida, yo me retiro a mis habitaciones, si no te importa vengo muy cansada del viaje, en cuanto salgo de casa me agoto con facilidad.

La vimos meterse en su alcoba, mientras sujetaba su frente con el dorso de la mano en la más tradicional de las poses de una diva. La tía me había echado de su casa, muy finamente, y yo me sentí incómodo.

—Bueno, —le dije— ha sido un placer. Y muchas gracias por la invitación.

—¿Vendrás a comer otro día?

—Creo que no. Tu mujer me ha invitado, pero realmente no sabía lo que hacía, no quiero ser un engorro.

—Ahora soy yo el que te invita. Lamento mucho que ni siquiera te conociera.

—Tranquilo, lo entiendo. No necesitas invitarme otra vez, si quieres hablar con alguien, llámame.

Le di mi número de teléfono, y me marché; pero lo hice como si me hubieran dejado a la mitad de algo. O sea, que me había puesto cachondo y me fui de cabeza a uno de los pocos clubs de ambiente que había. 

El club al que fui era el Larra, un pub oscuro e intimista, propiedad de un familiar de un alto cargo de la D.G.S. (dirección general de seguridad) En otros clubs, como en "La BuBu", el "Nerjas", el "Always" ( en el que sólo cabían cuatro y al que sólo iban tontas porque había un piano), el "Forty-Forty", o el "Chevalier" (en éste menos, pero siempre estaba llenito de carrozas), había redadas, y cuando menos te lo esperabas, aparecían los grises y te llevaban de cabeza a comisaría, donde totalmente gratis te fichaban por escándalo público, y si eras reincidente corrías el riesgo de que el T.O.P. (tribunal de orden público, se supone que ya inexistente) se fijara en ti, con peores consecuencias, pero en el Larra no, en el Larra se encendían las luces, la dueña se subía al mostrador de la barra y decía: "Nenas, recoged el bolso y el foulard, que vienen los tristes". Salíamos con tranquilidad y en orden, y si te esperabas por los alrededores, a los veinte minutos los veías aparecer con los uniformes grises (que parecían armaduras de tiesos que eran), las gorras de plato caladas hasta las cejas, y la porras negras agitándose intranquilizadoras de un lado a otro. Lo cerraron un par de veces por orden gubernativa, pero enseguida lo volvían a abrir.

Me estoy dando cuenta de que he dicho que había pocos clubs de ambiente, (antes todos eran, o los llamábamos clubs, incluso al "Juan Sebastián" que ya era una disco en toda regla), pero es que, realmente, no eran necesarios. En cualquier lugar de la ciudad, había un sitio donde poder ligar. Los cines de barrio, como el Europa en Cuatro Caminos, el Ideal (que también era de barrio aunque ahora sea céntrico), el Madrid, el Azul, y el ya mencionado Carretas, en pleno centro. Los descampados, las calles comerciales, determinados bares (como el Café Gijón) cuyos urinarios públicos parecían los andenes del Metro (donde por cierto, en horas punta era muy habitual ligar en los últimos vagones) de lo concurridos que estaban; o los urinarios públicos de cualquier estación de viajeros: la de Atocha (incluyendo las tapias exteriores de la misma), la de Chamartín, la de Príncipe Pío (éstas de trenes), la del Sur (de autobuses, la antigua, ya desaparecida); en fin, que había movimiento por toda la ciudad, cosa que al parecer hoy no ocurre, o ya no es lo que era.

En el 66 me despidieron de Cornejo. Empezaba a ser más fácil importar maquinaria, y los dueños llenaron el taller de ingenios mecánicos que hacían lo mismo que los humanos y en menos tiempo. No eran las maravillas llenas de chips que se ven hoy día, pero para la época eran tremendas.

Sin la Meneitos como ángel de mi guarda, las posibilidades de encontrar un empleo acorde con mis necesidades eran mínimas. Fui camarero, jardinero, peón de albañil... Resumiendo: sobrevivía como podía.

Pero regresemos a la historia que ha abierto este capítulo: pasó poco más de un año sin tener noticias de tan singular matrimonio. Hasta que un buen día, estando sin empleo, pensando en ellos (telepatía pura), sonó el teléfono, y era Rosa, que me invitaba a acompañarla a la presentación de un libro que hacía Galerías Preciados. El autor estaría presente, y firmaría los ejemplares. Era un primero de julio precioso, fui a buscarla a su casa, y nos fuimos a la dichosa presentación, mientras yo farfullaba maldiciones entre dientes (no me apetecía ir, ya que no tenía ni idea de quién coño se trataba), pues no me había dejado resquicio para negarme. Del título del libro no me acuerdo, había un montón de ejemplares por todas partes, pero no me acuerdo, lo siento. Rosa agarró un ejemplar, lo pagó, y lo sujetó contra su pecho como si estuviera deseando leerlo, tiró de mí, y nos pusimos a la cola para que el autor nos lo firmara. Sus ojos brillaban con el candor de un niño que ha estado esperando este momento toda su vida, y ese brillo fue el culpable de que yo la perdonara un poco por obligarme a acompañarla. Guardando el turno, sonriente, me dijo:

—Es Fernando Arrabal.

—¿Y quién es?

—¿Quién?

—El escritor, mujer. —me ponía nervioso.

—¡Ah! Dicen que es un genio. Vive en Francia, como cualquier ser civilizado, allí le conocen mucho.

—¿Qué escribe?

—Novelas, ¿qué va a escribir?

Cuando nos tocó el honor de tenerle cara a cara, lo miró bien, el autor extendió la mano pidiéndole el libro, pero ella no lo soltaba, al revés, se aferró más a él, y va y me dice:

—Si se quitara la barba y las gafas, parecería uno de esos cuadros de bufones que pintaba Velázquez..., ¿no crees? —y luego, dirigiéndose a él— Tú a mí no me ensucias el libro. ¡Ni hablar! Un libro es sagrado. ¿Qué pensaría el autor de mí si se enterara?

El Arrabal, se quedó de piedra (lo había llamado enano con todas las connotaciones que los cuadros del pintor sevillano sugieren, lo había llamado bufón, y lo había acusado de no ser el autor del libro aunque no fuera esa su intención, pobrecilla. ¿Se podía pedir más para un ego como el de Fernando?), y yo que no conocía ni su vida ni su obra, sentí ganas de reírme y no me contuve. No penséis que era fácil dejar cortado al escritor, no, no, ni mucho menos. Los periódicos hablaban de él como un tipo de poses afectadas (es decir, loca de tronío), y como un excéntrico capaz de salirse de madre con sus habituales "prontos" de genialidad a lo Dalí. Y a juzgar por las pocas veces que le he visto últimamente, el tío ha cambiado poco.

Yo me la llevé de allí, viendo cómo el que debía ser el editor, sujetaba al escritor mientras éste se mordía los labios de rabia. Finalmente, los que nos seguían en la cola (un papá con su hijo quinceañero) se acercaron a la mesa, y antes de salir, pudimos oír que se formaba una bronca, porque al recibir el libro de manos del adolescente, el escritor, rebosante de ira a presión, le puso por toda dedicatoria: "Me cago en Dios y en la patria". Al papá de la criatura que era un fachilla de los que ya iba habiendo menos, aquella frase destinada a su hijo, le puso de uñas, y lo denunció en una comisaría movido por el amor a la patria y el respeto al Creador. Meses después se celebró el juicio y Fernando Arrabal fue absuelto. El abogado defensor alegó trastorno mental transitorio debido a sus nervios y al abuso de fármacos, (a lo bestia, sería más o menos como llamar al genio, demente y drogadicta). El acusado se excusó ante el tribunal que lo juzgaba diciendo que él se refería al dios Pan, no al dios católico, y que en cuanto a lo de la "patria" había sido un malentendido de su letra, pues quería poner Patra, que era el nombre de su gata... No hay quien se lo trague, pero le absolvieron.

Ya en la calle, me dio el libro, diciéndome:

—Toma, no voy a leerlo. ¡Qué mal educado para vivir en Francia! ¿Verdad?

Le dije que sí; a ver, ¿qué iba a decirla?

Paró un taxi, se subió en él, y sacando la cabeza por la ventanilla, me pidió el libro.

—Trae que se lo regalemos a este señor, creo que a ti tampoco te conviene leer estas cosas. —se lo di, y compadecí al conductor— ¿Me haces un favor?

—Tú dirás. —respondí.

—Llama a Víctor y dile que no me espere levantado.

—¿Adónde vas? —mi primera intención era retenerla, pero luego pensé que no era mi problema y utilizando su estrategia dije— ¿Víctor? ¿Qué Víctor?

Ella se echó a reír, entornó los ojos como diciendo, "¡qué cabrón eres!" y ordenó al taxista que arrancara el vehículo. Se hacía la loca, pero no estaba loca. En ese instante decidí que no me inmiscuiría en sus asuntos.

Cumpliría el encargo, pero por mi parte, sería la última vez que servidor se mezclaba con ellos. Cuando llegué a casa telefoneé a Víctor, pero no estaba. Tuve que insistir, hasta que por fin, logré hablar con él y le transmití el mensaje de la cabra. Estaba buscándola, llevaba 3 días sin verla. Yo le dije que la había recogido de su casa, y noté que el nudo de su garganta se hacía más gordo.

—No puedo más. —le oí quejarse al otro lado de la línea— ¿Por qué Dios mío? ¿Por qué?

—Estaba bien, no te preocupes por ella.

—Gracias, y perdona por tanta molestia...

—Espera, no cuelgues. O sí, cuelga, que me voy a tu casa ahora mismo.

Y eso que no iba a inmiscuirme más en sus vidas. A los veinte minutos, llamaba a su puerta. Nada más entrar, y como ya estaba un poco harto, le dije de sopetón:

—Tu mujer no está loca. Más bien parece que quiere volverte loco. Está haciendo "luz de gas" contigo, ¿no te das cuenta?

Abrió los ojos como platos, mientras negaba con la cabeza. Entonces, asqueado de tanto puritanismo estúpido, le eché mano al paquete sujetándolo con fuerza; pegó un respingo, pero para mi sorpresa, lo de tocarle y sentir que se empalmaba al instante, me dio nuevas alas para continuar con el ataque. Su cabeza decía que no, pero su polla que sí. Acabó ganando la segunda. Aunque os pongáis verdes de envidia, y a riesgo de que me cojáis tirria, os diré que echamos dos polvos seguidos, intensos y febriles. Lo besé, metiéndole la lengua hasta la campanilla, y él a mí, la polla hasta los huevos ya sabéis dónde. ¡Joder! ¡En qué hora! ¡Dios mío! ¡Qué caros me salieron en remordimientos!

Para que os hagáis una idea os diré que follamos en oscuridad total, que cuando nos desfogamos plenamente, permanecimos abrazados hasta que el sudor de nuestros cuerpos se evaporó. Luego, con un pudor infinito, se vistió y después encendió las luces, yo seguía en pelotas, contemplándole, esperando una sonrisa; pero sin atreverse a mirarme, me pidió que me vistiera. Y yo que llevo muy mal eso del desprecio. Le dije:

—¡Mírame!

—No.

—Por mucho que te niegues, acabas de acostarte con otro tío. Y eso ya nada puede cambiarlo. Es lo malo del pasado, puedes disfrazarlo, y buscarte excusas o refugios como tu mujer, pero lo hecho, hecho está, y ni dios puede modificarlo.

—No mezcles a Dios en esto.

—Ese es tu problema: que mezclas a dios en asuntos carnales.

—Yo no soy maricón. Ha sido un error.

—¿Un error? Pues ahí te quedas. —empecé a vestirme a toda leche— ¿Sabes una cosa? Para ser maricón hace falta tener muchos cojones, y tú no creo que los tengas...

—No es necesario blasfemar ni utilizar un lenguaje sucio.

—Os agradeceré mucho a ambos que no volváis a llamarme.

No me respondió. Yo me marché, y cuatro días después, Víctor me llamó de nuevo pidiéndome perdón, yo no le hice ni caso y le dije que no quería volver a verle. Al día siguiente, se presentó en mi casa. Yo no les había dado mi dirección, no sé cómo pudo averiguarla, pero lo hizo. Me sorprendí al verle, mas no le dejé ni entrar, y le di con la puerta en las narices, porque también me cabreó muchísimo eso de que se presentara sin haberle invitado. Y más aun cuando insistió. Entonces, me salieron los cuernos de diablo, y se me ocurrió ponerle una prueba tan difícil que fuera incapaz de superarla. Abrí de nuevo la puerta, y dije:

—¿Estás dispuesto a hacer lo que yo te diga?

—¡Sí!

—¿Lo que sea?

—Sí, lo que sea.

—Ven conmigo.

Salimos, nos subimos a un autobús, y cuando llegamos a la calle de Toledo, le hice entrar en la colegiata de San Isidro. Él pensaría que le iba a obligar jurar ante el patrón, o algo por el estilo. Lo digo porque se extrañó muchísimo de que yo le llevara a empujones hacia las puertas de la entrada, plegadas hacia adentro; allí, ocultos tras ellas, casi sin espacio, en el ángulo que formaban con el muro interior de la iglesia, empecé a meterle mano, y él se dejaba hacer pero me miraba como si estuviera viendo al Diablo. Tenía tantas ganas el pobre, que fue incapaz de negarse a pesar de tener presente que estaba cometiendo un sacrilegio: de rodillas, obligado por mí, me mamó la polla, y luego le pegué una rápida follada blasfema, porque mientras me estaba corriendo le estaba diciendo con susurros al oído: "Toma bendición, cabrón, toma."

Fui muy cruel, lo reconozco. Ya veis que lo de sentirme culpable no era gratuito. Nos abrochamos, y salimos del escondrijo de uno en uno, procurando no llamar la atención. Él salió primero. Cuando salí, me lo encontré de rodillas en el reclinatorio de un banco, pidiendo perdón y llorando desconsolado. Me senté junto a él, y me sentí mal por haberle hecho daño. Le puse la mano en el hombro, y me rogó que le dejara solo. Cuando me iba, me volví y vi que se acercaba a un confesionario, y que las dos viejas que esperaban confesión le cedían el turno muy compadecidas. No volví a verle —aunque sí vi a Rosa muchos años después. Estaba más centrada, me dijo que Víctor la había, abandonado, que con el tiempo se habían divorciado, y que él se había metido en política y se había vuelto a casar—; y tuve, como ya he dicho, severos y persistentes remordimientos durante una larga temporada. Pero está claro que uno debe aprender a vivir con sus culpas, ese es para mí el error de los católicos creyentes, creen que confesando se borra todo, y no, el mal cometido se incrusta en ti y forma anillos en tu alma como los años lo hacen en los troncos de los árboles.

Con remordimientos o sin ellos, las habichuelas tenía que ganármelas. Estábamos a punto de entrar en los 70, Paquito ya había nombrado a Juan Carlos como su sucesor. Y yo seguía sin encontrar un trabajo a mi medida. Un día, ligando en los urinarios de la estación Sur, vi a un tío alto y muy delgado, que estaba enseñando el rabo. El tío era un horror, feo, ya mayor, y todavía veía menos que el Emiliano, le ganaba en cuanto al grosor del cristal de sus gafas, si las del patronista de Cornejo eran de culo de botella, las de éste eran lupas superpuestas, pero a cambio, tenía el pollón más grande y bonito que yo he visto en mi vida. Largo, recto, grueso, bien formado, y con un capullo perfecto. Espero que no os asustéis ahora por descubrir que soy terriblemente fálico, era de esperar, ¿no? El tío no me gustaba nada, nada, pero no pude evitar la tentación de tocarle el precioso pepino que colgaba de tan desagradable y delicado cuerpo, ¿qué culpa tenía el pobrecillo pepino? Ni siquiera nos corrimos, parece que al tío lo que más morbo le daba era enseñarla en el retrete, y no me extraña... Pero antes de irme me entregó una tarjeta de un tablao flamenco de nombre un tanto siniestro, "Fuego fatuo". Guardé la tarjeta y un día que estaba aburrido, vi dicha tarjeta, y me fui a conocerlo. 

Al entrar, vi carteles que anunciaban la actuación de un cantante que había tenido bastante fama pocos años atrás, al lograr al mismo tiempo, con la interpretación de una sola canción, el punto álgido harto efímero, y el cenit de su carrera artística. Se trataba de Tomás de Antequera, y la canción en cuestión era "El romance de la reina Mercedes", que en verdad, interpretaba como nadie. 

Me fijé mejor en la foto, y la artista era la fea del pollón, sólo que al no llevar gafas en los carteles de promoción, estaba irreconocible. Empezó su actuación, y la pobre resultaba patética, porque salía sin gafas y aunque cantaba bien, no se movía del sitio, o cuando se movía, tanteaba con los pies, para evitar caerse por el escalón del pequeño escenario, y al final, siempre acababa dando el traspiés hacia los clientes sentados en sus sillas. A veces tengo la sensación de que iban a verle caerse por el escenario en vez de a oírle cantar.

En ese tablao había actuaciones de todo tipo, incluso de travestis. Y claro, eran tan divertidos, que empecé a asistir con asiduidad a los espectáculos. La copla empezó a caer en desgracia y al poco, el de Antequera dejó de actuar, pero yo ya me había hecho amigo del dueño y un par de años después el local cambió de nombre, pasó a llamarse "La Coquette" y acabé presentando a las locas que actuaban; llegamos a hacerle directa competencia al "Gay Club" (lugar ya de mucho caché donde actuaba con asiduidad Paco España, reina del travestismo de la época, podéis haceros una idea del cutrerío reinante). Más tarde, yo mismo salía travestido. Utilizando el mote de "la fogones" como nombre de guerra. Y así estuve ganándome la vida mucho tiempo.

Entonces, murió Franco. Yo tenía 45 años y había logrado sobrevivir al dictador. A partir de aquí, todo es conmoción. Las emociones a uno y otro lado de las dos Españas se encontraban a flor de piel. Las tensiones de poder y la incertidumbre reinante, lograron que las libertades que aún no habían sido concedidas se dispararan irrefrenables. Los locales de ambiente, florecieron como setas en el bosque, se abrieron saunas, y los clubs con travestís se pusieron las botas. Yo, llegué a comprarme un pisito cercano al anterior, porque había meses que me sacaba la mitad de un año de sueldo en otros trabajos. En 1979, durante mi actuación de Nochevieja, vi a un muchacho de unos 20 años de aspecto hippie que me miraba de un modo muy particular. Sonreía de oreja a oreja y aplaudía con profusión mis ya demasiado manidos chistes fáciles.

Y si Victor y Rosa merecían la apertura de un capítulo de mi vida, Rodrigo Alcaide, que así se llamaba, merecería un libro completo. Porque si nada más conocerle me hizo gracia, aunque no me gustaba como para liarme con él, luego me enamoré de su persona como jamás lo había hecho antes. Es más, esa fue la primera y la única vez que yo estuve realmente enamorado, y lo sé porque aún sigo enamorado de sus cabellos, de su olor, de su risa, de su voz, de su cuerpo escaso en carnes, pero que yo adoraba contemplar, abrazar y proteger.

Así pues, dejemos a mi querido Rodrigo para el próximo capítulo, porque para enfrentarme al recuerdo de esa parte de mi vida, necesito fuerza, y valor, mucho valor...

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