MEMORIAS DE LA FOGONES (1956-1965)
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III

El 56 lo empecé con mal pie. En enero, mi hermano Celestino se presentó en mi casa con una mujer preñada hasta los sobacos y 4 churumbeles. ¡Qué pinta de desgraciados tenían, válgame Dios! No sé lo que les había ocurrido, ni me interesaba. 

Entraron en mi sanctasanctórum, e inmediatamente mi hermano se dispuso a organizarlo para acomodarse. Yo le dije que nanai, y él me respondió que ya se había informado y que tenía más derecho al cuchitril que yo. 

Les dejé desbaratándolo todo y me fui cabreado como una mona a la oficina del campo chabolista a tratar de arreglar ese entuerto, pero no pude. No le había dado de baja en el censo y por ser padre ya tenía más puntos que yo a la hora de que las "autoridades" adjudicaran la titularidad de la vivienda que era de protección oficial. No podía echarme, pero yo a él tampoco. 

Si no hubiera sido por las criaturas, me habría tirado a su cuello y le habría mordido la yugular, recogí mis trastos y me largué. Dormí con la Meneitos y al día siguiente alquilé un piso en Carabanchel Alto que hacía muy poco dejó de ser pueblo para convertirse en barrio. 

Ese mismo año, comenzó la emigración. Se volvieron locos, estábamos tan desesperados por salir del beatismo estúpido del franquismo, y de la cutrez que lo acompañaba, que yo creo que no sabían si emigraban por motivos económicos o de salud mental. De haber sido emigrante, mi caso habría sido el segundo. 

Pero no, yo no salí de España. A mí, sinceramente, no me iba mal, algo apurado de parné por tener que pagar un alquiler, pero me apañaba. En el taller de confección de la sastrería estaba contento, el sueldo era bueno, y el trabajo en sí no era monótono, ya que hacía de todo un poco. A veces, me utilizaban de modelo (ya creo haber dicho que tenía buena percha, aunque ser modelo entonces, no era como ser modelo ahora, era algo así como ser un maniquí viviente); otras, descargaba pesados rollos de tela; si había urgencia, me ponían a coser botones, o a planchar, enfin... era una especie de comodín, y ¡qué carajo!, me gustaba: se trabajaba mucho encargo para el cine, y lo mismo se hacían trajes de romano, que trajes del siglo XIX. 

Y lo más importante de todo, empecé a relacionarme con mujeres. —¡Ay, sí!— Ellas hicieron el resto, me dieron la visión de la vida que me faltaba, por eso dije antes que este empleo estaba más cerca de mis intereses "carnales", porque gracias a ellas, mi persona estuvo completa en cuerpo y alma, dispuesta para afrontar el resto de mi vida. Y eso hizo que este empleo tuviera para mí una significación especial. No se me mal interprete, en cierto sentido soy hasta misógino. Pero es una misoginia meditada, racional. 

A ver que lo explique que si no, pensaréis que soy un cerdo: Sexualmente hablando, a mí las mujeres, ni fu ni fa; ni antes, ni ahora, ni nunca. Sin embargo, aun entonces, tenía presente un instintivo reconocimiento de igualdad de derechos entre los sexos por increíble que parezca. Mas no les perdonaba, ni les perdono, ese ciego sentimiento de sumisión hacia el macho, que exageran por el bien de la progenie cuando son madres, y por el cual yo había visto cómo se consumía la Felisa hasta dejar de ser persona y convertirse en una especie de robot. No sé dónde he leído que es genético, y por eso creo que la Naturaleza les ha jugado una mala pasada. Pero como amigas o enemigas, no tienen precio. Si logras la amistad de una mujer, tendrás una fiel guerrera dispuesta a dejarse las uñas por ti en cualquier rostro por duro que sea; y como enemiga, ya, mejor ni hablar... Además, que son más divertidas, y más libres que los hombres.

Ahora que, ese instinto de sumisión hacia el macho, ya digo, me saca de quicio. Dicho esto, queda claro que enseguida me hice amigo de las catorce mujeres, y que los tres tíos restantes (incluyendo al encargado), me miraban con ojos expectantes. Estaba demasiado claro que pasaba algo raro; ellas y yo, hacíamos alarde de un verdadero y complejo entendimiento mutuo que siempre envidian los tíos heterosexuales. Que se jodan y se hagan amigos de ellas en vez de tratar de dominarlas y aprovecharse de sus sentimientos.

Sería engorroso detallar a todas las mujeres, y para ser justo, como sólo había tres tíos, describiré a otras tantas féminas para que no se me tache de sexista en uno u otro sentido... No hay que dejar que otros imaginen cómo piensas, debes procurar que tus actos precedan a tus palabras, para que el lenguaje, siempre incompleto, no ofrezca una visión sesgada de ti mismo. 

Sigo: El encargado, era un catalán, ya maduro, espigado, con nariz aguileña y calvo como una bola de billar, se llamaba Manolo, mantenía su autoridad, pero no era severo. El patronista, me recordaba mucho a mi hermano Celestino, gris, de vida y milagros opacos; agrio, sin una sonrisa en los labios aunque le hicieras cosquillas; ya digo, como dos gotas de agua, sólo que éste se llamaba Emiliano, usaba gafas de culo de botella, y contestaba con monosílabos para ahorrar saliva. 

A pesar de todo, le prefería al tercer miembro masculino de la plantilla: El cortador; un enano ibérico pata negra, chivato, y pelota, llamado Salvador; éste en cambio, era un cabrón de armas tomar; falangista convencido (entonces había muchos), y le faltaba la oreja derecha perdida en el 38, mas no por un acto de arrojo o valentía, sino más bien de estupidez. La había perdido durante la guerra, sí, pero en una apuesta a los chinos contra un moro de su regimiento en mitad de una juerga de entre batallas; según nos relataba su mujer descojonándose de risa, el moro no bebía, y él estaba borracho como una cuba, cómo estaría, que no se enteró hasta el día siguiente de que el infiel le había cortado la oreja con su navaja de afeitar. 

Y me imagino que debió de estarle bien empleado, porque si de joven era sólo la mitad de chulo y gilipollas que era de mayor, (y por lo general se suele ser más en la juventud) seguro que debió estar jodiéndole la vida al árabe, y éste vería el modo de tomarle el pelo y la oreja. Ya se ha insinuado que estaba casado, sí, y lo estaba, precisamente, con la Angustias (Angus la llamábamos), que trabajaba en el taller, y era más puta que las gallinas, y posiblemente la más y mejor de toda la ciudad. No sé si sabréis que los más chulos y los guardias civiles siempre se casan con las más putas (pues si no lo sabíais, ya lo sabéis), es una regla matemática, y una constante universal como la Ley de la Gravedad, de la que no dudo que habrá excepciones, mas declaro no conocerlas.

Estaba también Enriqueta, la oficiala. Viuda de guerra, mujer jovial y risueña que gustaba de encizañar a los tíos. La viudez la había liberado del lastre viril, pero mantenía a cinco hijos, a su nuera, viuda de guerra también, y a un nieto, hijo de esta última. Y por último, estaba la Julia, que era boba, beata, soltera, y ya, por la edad, menopáusica. El resto eran jovenzuelas, crecidas o criadas durante los inicios de la hipócrita cruzada, y poco o nada destacaban en el convivir diario laboral, salvo alguna risita histérica y algún que otro conflicto tonto de amor.

Entonces no estaba de moda ser maricón —caramba, aunque no me guste, voy a tener que empezar a utilizar la palabra gay para no repetirme tanto—, y uno se callaba sus vergüenzas. 

O sea, que en el taller de sastrería y disfraces Cornejo, suponían que yo era hetero, o "a-normal" como prefiráis, y eso dio lugar a un buen número de situaciones confusas. Alguna que otra de las niñas del taller me miraba con ojos de carnero degollado, pero por fortuna la Angustias ya había ido diciendo por ahí que se lo había hecho conmigo, y me miraban con deseo pero como algo inalcanzable debido a mi supuesta relación con la esposa del desorejado, a la que por sus modos tenían verdadero respeto, o pánico, llámese como se quiera. Lo peor era que la Angus no paraba de intentar hacer realidad sus propias habladurías. 

Cada vez que me pillaba a solas se me insinuaba poniéndome las tetas o el coño en la boca, y si podía me metía mano obligándome a esquivarla; habiendo alguien delante, me daba pescozones o pellizcos en el culo; y si su marido andaba cerca, me ponía morritos o me guiñaba un ojo en cuanto el otro se daba la vuelta. La tía pensaba que yo no le metía mano por miedo a su marido. ¡Qué puta era! Claro que conmigo no pudo; debo decir que nunca lo consiguió. Ni mis ojos ni mi piel han conocido carnalmente a una mujer, y con lo que me queda de vida, dudo mucho de que dicho encuentro vaya a producirse. ¡Estaría bueno pasarme a la acera de enfrente, a mi edad!

Un día, Salvador fanfarroneaba del éxito de su equipo de fútbol como si él formara parte de la plantilla de jugadores; y en mi presencia, Enriqueta, me guiñó un ojo y le dijo al desorejado:

—¿No te duele la cabeza?

—No —respondió él, extrañado— ¿por qué?

—Por el peso. —terció ella.

—¿Qué insinúa? —preguntó Salvador, mientras los demás ya sabíamos que le estaba llamando cornudo.

—Que con esa inteligencia que Dios le ha dao, aunque la hayan aligerado, le tiene que pesar un quintal...

Él se cabreaba, pero como no podía con ella según experiencias parecidas anteriores, se callaba. No los dejaba en paz: al encargado lo traía frito con el brillo de su calva; al patronista, que de por sí no abría la boca, cuando lo hacía, ya estaba ella pinchándole o llamándole rácano y soso. Julia lo defendía porque estaba "secretamente" enamorada de él (entrecomillo lo de secreto para dar a entender que todo el taller sabía que la solterona lo miraba con ojos golosillos), entonces la viuda se levantaba, iba derechita hacia el rancio, se sacaba una teta, y a grito pelado decía: "Menos mimos y más carne, pavisosa, ¿a que sí, rácano del demonio?" Se guardaba la teta, y el taller estallaba en risas.

Fueron años tranquilos, donde el trabajo, el sexo, y la amistad, corrieron de la mano sin compenetrarse pero entendiéndose. Podría contaros un montón de anécdotas como la que os acabo de relatar, pero desde que empecé a escribir el relato de mi vida ha primado el lado homosexual de la misma, y no voy a cambiar ahora de rumbo.

Obviemos pues mis relaciones con los compañeros de plantilla, para aclarar que estando en Cornejo (1962), la Meneitos (que aunque pueda parecer mentira estaba muy bien relacionada) me consiguió un segundo trabajo de extra en el cine, el productor era amigo de los dueños del taller, y me dieron permiso para asistir a ensayos y demás. Estaban rodando "La Verbena de la Paloma", necesitaban gente para aparecer haciendo bulto en las escenas de verbena. Salgo tres veces (con gorra y el guardapolvo propio de los obreros de la época) dos de ellas, mirando al cielo, por lo que se me ve más bien poco y mal (no os riáis..., era nuevo). 

En el rodaje de esa película, conocí a Niní Montián que asistía a las sesiones de plató porque era amiga de Vicente Parra; era actriz sin mucho éxito, y su verdadero valor consistía en ser la organizadora de los saraos de la jet set del momento. Era lesbiana y estaba liada desde hacía muchos años con una señora de aspecto vulgar que según supe era ya abuela, y, además, vestía como tal. Niní, tampoco era joven, pero ocurre que era delgada, se arreglaba, llevaba kilos de mentiroso maquillaje, y su edad no podía determinarse con exactitud, si bien los 60 ya no se los quitaba ni Dios. 

Tampoco había salido muy bien parada durante la guerra, era hija del general Ampudias, muerto en batalla contra los rojos, y según contaba, desde un escondite utilizado en sus juegos de niñez, vio cómo los comunistas violaban a su madre y a su hermana, también vio cómo las fusilaban en las tapias de su propia finca.

Niní fue la primera yonki que yo he visto en mi vida. Por ejemplo, estábamos en su casa, sonaba el teléfono (la invitaban a una fiesta), y si cinco segundos antes de la llamada la habíamos visto apática y quejándose de dolores físicos y psíquicos, como digo, tras la invitación telefónica, ella a su vez, llamaba a un practicante (que se presentaba casi de inmediato ), se encerraban en su cuarto, y diez minutos más tarde salía como si le hubieran arrancado de cuajo, los dolores, las penas, y 20 ó 30 años; entonces, salía hacia la fiesta como si no fuera la misma. 

Yo no me percataba y creí que el practicante le ponía su "medicina", (¡ah, carajo, que primos somos de jóvenes!) hoy día, estoy segurísimo de que el practicante le ponía un chute de algo más fuerte y efectivo: cocaína, morfina, o vaya usted a saber qué otra guarrería le metía por vena, porque se volvía dicharachera, simpática, divertida, y sobre todo, hiper activa. Se chutaba... Y basta, que no quiero ser moralista ni cotilla, porque en verdad que aquella mujer, a pesar de su cercanía al régimen, era un verdadero paraíso de locas. Hacía reuniones en su casa, donde era difícil encontrar a heterosexuales.

Además, cuando degollaron a mi amiga, Niní fue quien movió los hilos para que al menos supiésemos algo sobre las investigaciones, que concluyeron con la ejecución de Julián a garrote vil en la cárcel de Yeserías (que entonces era de hombres), como autor del terrible asesinato. Niní se indignó con nosotros, y quizá en mayor medida y riesgo; "todas" sabíamos que Julián no había sido, llegamos a hablar con otros bolingas que aseguraban no haberse despegado del presunto fratricida en la noche de autos; y con los acomodadores del teatro que vieron al Segundo tirar de la Meneitos contra su voluntad y con excesiva violencia esa misma noche. Sin embargo, ejecutado su hermano, el caso se cerró, los compañeros de mi amiga muerta padecieron un ataque repentino de amnesia, y hasta le dieron un toque de atención a la Montián desde las altas esferas, por tratar de incriminar al que nosotros creíamos verdadero culpable. 

Corría el año 64, Julián había cogido uno de sus muchos pedos tontos de vino barato, y la emprendió a golpes con la Meneitos en cuanto ésta llegó al hogar tras su jornada de trabajo. Los vecinos avisaron a la policía, y de ese modo, la Meneitos y el comisario Segundo Mirto, (recién trasladado a la capital), se conocieron y se liaron. 

Segundo era un maragato de mala mirada, estaba casado, supimos que era padre de familia numerosa; además de cerdo machista, y facha perdío, llevaba el pelo peinado hacia atrás, pegado a la cabeza con gomina, y un bigote recto que de puro perfilado parecía dibujado sobre sus labios. —La única vez que le vi, me cayó como una patada en los mismos.— Desde el día en que se conocieron hasta el momento de su muerte, nueve meses después, vimos cómo la Meneitos se iba apagando por la mala vida que le daba el comisario. 

No hablaba con nadie, y sólo salía para ir a trabajar que era donde podíamos verla, eso sí, con mucho cuidado, porque Segundo aparecía cuando le salía del bigote; el comisario hacía alarde de un torbellino de celos a la vez que la despreciaba por ser como era. Un caso de psiquiatría profunda, una joya, como veréis. Julián le tenía pavor, Segundo le amenazó de muerte si volvía a tocar al maricón de su hermano, y temiendo por su vida el borrachuzo se largó de casa; estuvo viviendo de la caridad de sus amigotes hasta el día en que le enchironaron. Pobre Pedro Meneitos (más que mote, apellido) jamás tuvo suerte. Seguramente nació marcado, y murió de un modo terrible por ser, simplemente, amanerado, y por lo mismo, vulnerable, un blanco fácil para las legiones de sádicos que pueblan la Tierra.

La muerte de mi amigo significó un antes y un después. Me sentí solo como nunca me había sentido. Compréndase que la Meneitos había sido un apoyo muy fuerte para mí, y también me apagué un poco; participé de extra en otras películas, como en "Doctor Zhivago", pero lo hacía sin gana, estaba triste, tenía la espina de la injusticia clavada en el alma. Quizá esta tristeza me llevó de cabeza a una relación forzada con un casado, no sé, creo que en cierta forma buscaba venganza y el pobre Víctor pagó el mochuelo.

En mayo del 65, el Carretas ya tenía fama de lugar de ambiente y ya contaba en su historia con un muerto clavado a una butaca con un cuchillo de charcutero; a mí me pusieron el teléfono después de un año y pico de espera, al Lute lo condenan a muerte tras un consejo de guerra; y en julio, asistí al concierto de Los Beatles en Las Ventas. El sonido era horrible, y el verdadero espectáculo estaba en las gradas, y no precisamente por el fenómeno de fan demente tan propia de ellos, no; el espectáculo era la fauna que había allí; había niñatas gritando, sí, pero había también mucha gente adulta, tíos con traje y corbata (incluso yo mismo), y tías de fino porte que no cuadraban en aquel ambiente. 

A mi lado, por ejemplo, estaba Rosa, la mujer de Víctor, una pija estúpida ya treintona que no paraba de criticar a los músicos, y no es por nada, me gustan Los Beatles, pero era cierto que tocaron sin mucho afán. Enseguida congeniamos. Porque aunque era pseudo moderna, pija, y facha, era plumera. Luego supe que ese plumerío era simple y llanamente histerismo, en el más crudo y estricto sentido de la palabra. Mi relación con ella y con su marido, merece la apertura de un nuevo capítulo. La llegada del grupo musical inglés, dio el tiro de salida a nuevos aires para la rancia existencia de todo un pueblo secuestrado por la intolerancia. 

En agosto de ese mismo año, Aranguren y Tierno encabezaban una multitudinaria manifestación de jóvenes universitarios, cuya primer consecuencia es la separación de Tierno Galván de su cátedra. Fue un paso, estaba destinado a despertarnos y a devolvernos el orgullo de ser madrileños.

Por eso, pongo fin a esta parte dando pistas de lo que ya estaba sucediendo en el país.

 

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