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MEMORIAS DE LA FOGONES
(1943-1955) II Me colocaron en Las Tres Águilas, que era una carpintería ebanistenía de cierto renombre. Me tenían casi once horas seguidas calentando y meneando cola blanca, mezclando barnices, lijando listones, y barriendo el suelo del taller por sesenta pesetas semanales; pero como mi hermano Celestino ganaba cuarenta descargando cajas en el mercado central de pescado, yo me crecí, y no me percaté de que aquello no era lo mío hasta mucho más tarde. Tenía serrín hasta en el culo, lo juro. Terminaba el día tan rendido que casi me olvidé del sexo. Aunque como ya digo, en ese momento no me daba cuenta, pasé ocho años, en periodos de a cuatro por obra y gracia del servicio militar, profundamente alienado. Si bien, debo agradecer al oficio y a la herencia genética paterna, unos brazos fuertes y unas espaldas considerables. Es decir: con diecisiete años, yo era un mozo de muy buen ver a la par de guapetón; por muy vanidoso que suene, debéis tener presente que moría la gente como mosquitos a causa de la tuberculosis, y que cerca de cien mil niños moría de hambre por aquella época. Así que, estar sano, y de buen ver, ya era un mérito considerable. Los domingos, único día libre de la semana, dormía hasta las doce o la una; y si las necesidades fisiológicas me acuciaban, después comía, me aseaba, me ponía mis mejores trapos (eufemismo para eludir decir el "traje de los domingos"), me calaba la visera, que entonces se usaba mucho, y me largaba a las calles del centro, para frecuentar los billares, lugares donde era de sobra conocido que los chulos iban a la caza de mariquitas, o viceversa. Nunca ligué
en los billares, no sé por qué. Los chulos me miraban mal, y las hermanas de
sexo "declaradas" (a las que se podía identificar a la legua por sus
amaneramientos, y por sus toques de color sobre el fondo oscuro de las
vestimentas masculinas), creo que me tenían por confidente de la pasma o algo
así, porque no se me acercaba ni una. Hasta que por casualidad, un día que me
orinaba a chorros, después de haber estado jaleando la visita de Evita Perón a
Madrid (era de jalear, porque se trajo un barco de trigo lleno hasta los topes
cargado bajo el brazo), Fue como entrar en un lugar sagrado, y recibir de inmediato la mágica visión de un arcángel, o del mismo Dios. Era tan evidente que allí había cachondeo..., los tíos miraban por encima de los urinarios verticales para ver la polla del vecino, o se separaban de ellos para enseñar la suya (imagino que lo seguiréis haciendo), y no había ninguna duda de que allí no había chulos, todas éramos "hermanas". Ya digo, me causó una impresión del carajo. Sí, porque, presuntos lectores jovenzuelos, hoy tenéis un montón de información sobre el asunto, y en los medios de comunicación abundan (buenos o malos) los ejemplos de fauna homosexual, pero en mi juventud, ser homosexual y crecer sabiéndolo, llevaba implícito un rechazo a las pocas "locas" evidentes (tan señaladas ellas), y/o un sentimiento de soledad universal aislante, que perdura hasta el fin de la vida... Doy fe. Lo más bonito que se oía de nosotros por esos días era: "Ancho de espaldas, estrecho de culo... ¡Maricón, seguro!" A ver que siga..., que si no, me pierdo filosofando. Pues eso, que mucho debió notárseme la impresión, porque vi al "guardián de los lavabos" (bastante mejor que serlo del centeno) dirigiéndose a mí. Y yo pensé: "No he hecho nada más que entrar, y ya me han pillado, ¿seré desgraciado?" Pero, Carmelo —que así se llamaba el guardián—, un ser sucio y grasiento, me dijo a susurros de un aliento apestoso: —No te cortes cariño, que estás en tu casa. Si oyes un taconeo a lo flamenco, compórtate. —¿Un taconeo? ¿Cómo? —¡Ay hijo!, pues un taconeo. Significa que baja un usuario que no es del ambiente, o secretas jodiendo la pava. Eso sí, sube y baja cuantas veces quieras, pero aquí no te quiero ver más de 10 ó 15 minutos seguidos. ¿Vale? Como es natural acepté las normas. Con ese recibimiento, me di
perfecta cuenta de que Carmelo me había calado como a un melón. Con el primer
vistazo, supo que entendía, que me gustaba más que a un tonto una tiza, y que
era novicia en las lides del ligue público. Lo supo todo la tía. Puede —Yo mismo me lo haría, pero resulta que mi hombre viene a recogerme y si me pilla contigo, me mata. Vete con él, anda, se llama Jaime. Le gustan los chicos como tú, pero es muy tímido. ¿Te gusta? —Sí. —declaré casi sin aliento por la velocidad de la celestina retretera. —Pues hala... Salid de uno en uno y con el carnet en la boca... Palidecí, y me vino a la cabeza la imagen de mi hermano deformado por los golpes. Años después me he reído, pero entonces, la hubiera matado. Entre sus olores, su aspecto, y aquella ocurrencia, la cogí un odio, que no la podía ni ver. —¡Ja! Era una broma —al verme blanco como la leche, rió a carcajada limpia dejándome en ridículo ante la concurrencia—, criatura. Jaime ya había salido, y yo subí las escaleras acordándome de los muertos de la mariloba apestosa; seguí sus pasos, y vi que se paraba en un escaparate de la calle Preciados. Me paré también, y a partir de ahí, tras un corto "hola", caminamos juntos hasta su casa. En silencio, dimos más vueltas que un tiovivo. Yo me di cuenta de que caminábamos en círculos, y dudé, no sabía si lo estaba haciendo para despistarme, o para dejar que la tarde cayera y se hiciera de noche evitando así que nos viesen entrar sus vecinos. Pero digamos que gracias a eso, me dio tiempo a fijarme en él, y por eso os puedo decir que me gustó lo que vi; aunque no era un tiarrón, estaba bien, era guapete a pesar de varias cicatrices que tenía en el rostro, y no debía tener más de 30 años. Vivía (a ver si no es recochineo del destino), en la calle los Madrazos, que no está a más de 5 minutos de los servicios donde nos habíamos conocido; en una casa de la que habrían salido más de una decena chabolas como la mía. Follamos, bastante bien por cierto, y me quedé a pasar la noche con él. Vivía solo, los rojos habían fusilado a toda su familia, y él se libró porque estaba en el frente luchando contra las hordas comunistas. Héroe de guerra, cruz al mérito militar, pero era maricón. Ya lo era antes de ser alistado a la fuerza por su padre al inicio de la guerra. Y según me contó, fue condecorado por defender su vida, y que de héroe tenía más bien poco. Sus ideas estaban más cerca de los republicanos, pero el destino jugó en su contra, y se vio abocado a un sinsentido, que finalmente había culminado en su retiro voluntario con honores acabada la locura sangrienta. Aun así, tomaba precauciones para no llamar la atención, pero era un tío honesto y después del polvo me pidió disculpas por haber dado tanto rodeo para llegar a su casa. Y fue tan legal, que confesó haberlo hecho por las dos razones que yo había barajado durante el trayecto. Estuve enrollado con él cerca de tres años. Me enseñó a leer y a escribir correctamente, a comportarme, y a tratar a la gente, historia, religión, cálculo, sexo..., me lo enseñó todo. Casi puedo afirmar que puso las bases en mí, para llegar a ser la persona que ahora se extingue, y que en el repaso general a su vida, va y descubre que a pesar de todo, ha sido feliz. Por eso no le guardo rencor, porque de paso, me destrozó el corazón..., o el ego, según se mire. Entré en quintas, y me enviaron a la mili. Fue a verme en unas cuantas ocasiones al cerro del Muriano en Córdoba, que fue donde yo me chupé la instrucción. No conozco ningún lugar donde haga más frío que en ese puñetero cerro con caminos de acceso para cabras. Aparecía el día menos pensado, alquilaba dos habitaciones en una pensión de Córdoba capital, se las arreglaba para que me dieran permiso, y por las noches retozábamos, y forjábamos a polvo limpio lo que yo creía una idílica pasión. Poco antes de jurar bandera, me dijo que había tocado teclas para que me destinaran a Madrid, y que lo nuestro se había acabado. Y yo me quedé... ¿Cómo decirlo sin ser cursi? Hecho polvo, vaya. Me puse a llorar, como años antes lo había hecho el falangista castrado, aunque los motivos eran bien distintos. Para calmarme, no se le ocurrió otra cosa, que decirme la verdad cruda y dura, era típico suyo: A él le gustaban los jovencitos, y yo, ya era un tío de 20 años, con aspecto de estibador de puerto en ciernes. Había conocido a un nuevo púber de 14 años, y se iban a fugar juntos a Chile. Yo, muy trágica, quise saber, pregunté, supliqué, pero él se vistió y se marchó, dejándome entre estériles sollozos como una vulgar Magdalena. Le odié con todas mis fuerzas durante algunos años. La vida me enseñó después, que los sentimientos y los deseos no pueden aprisionarse, y empecé a valorar todo lo que aquel hombre hizo por mí. Ya he dicho que este país está lleno de ingratos, y yo soy producto de la raza, si bien procuro corregirme. De la mili, salvo que me destinaron a Hoyo de Manzanares, no cuento nada, porque no ocurrió nada digno de mención; entre que nos puteaban sin descanso, o nos aburríamos sin hacer nada, y que nos inflaban a Bromuro, poca gana de sexo tuve, sinceramente. Me licenciaron en el 51, y regresé a las Tres Águilas que por ley estaba obligada a guardarme el puesto de trabajo; ya entré como aprendiz de segunda. Y todavía estaba dolido con mi segundo novio —el primero siempre será Cosme—; no le amaba, lo supe después. Sólo estaba rabioso porque me lo habían quitado, nada más, pero aún me duraba la rabieta. Quiso mi buena suerte que a finales del 52, el mismo año en que desaparecieron las cartillas de racionamiento, el teatro la Latina encargara al taller de carpintería una revisión de butacas. Inaugurado cinco años antes, en la plenitud de los rigores del aislamiento y de la escasez de materia prima, les habían colocado madera mala, y carcomida, y tuvimos que sustituir casi la mitad de los asientos del foro. Allí, serrando, clavando y atornillando, conocí a la Meneitos; teníamos que arreglar también el guardarropas, y ella vino al teatro a últimas horas de la tarde, para darnos instrucciones de cómo lo quería. La Meneitos se llamaba Pedro, y era una loca vampiro. Que yo sepa, chupaba todo lo que podía menos sangre, pero era una vampiro, porque era tan loca, tan femenina, que sólo salía por las noches para ir a trabajar al teatro; allí se ocupaba de la guardarropía y las cotufas. Con las miradas fue suficiente para identificarnos. A mí no me gustaba, porque era demasiado femenina, pero aquella noche me fui con ella a su casa, vivía en una corrala en la calle Embajadores, en un piso lleno de gatos, y un hermano borracho que la maltrataba y la humillaba, pero que vivía sin mucho reparo de ella. Cuando entré y le vi tumbado en una alfombra, roncando, y con un aliento a vino barato que llegaba hasta la entrada, me corté un poco, y también comprendí que si Cosme hubiera seguido a mi lado me habría esperado una cosa parecida. La Meneitos me dijo: —Tranquilo, no pasa nada. Es mi hermano Julián. Está borracho todo el tiempo y ni se enterará de que estás aquí. Me llevó a su alcoba, corrió la cortina, y me hizo el primer pijama de saliva de mi vida. Me comió de cabeza a pies, con tal parsimonia, que incluso llegué a cansarme. Además, que con tanto gato, y el chupeteo de la Meneitos, me estaba poniendo perdidito de pelos de minino, y me dio un asco... Así que, la pegué una buena follada para aligerar, y aunque sólo follamos esa vez, nos unió la amistad durante muchos años, y si no la hubieran degollado, habría durado muchos más. El caso es que la Meneitos me metió en la clac del teatro, y luego por inercia, entré a formar parte de la clac de otros locales. Es muy posible que no exista ya ese tipo de promoción y animación de los espectáculos. La clac era un grupito de personas afines al artista o al personal del teatro, que obtenía entradas a bajo precio a cambio de aplaudir con profusión, aunque la obra o el artista fuesen una mierda. Por aquellos días mi madre murió. Lo recuerdo bien, yo había estado viendo cantar a la Estrellita Castro en el teatro Español, llegué a casa, y me encontré al Basilio llorando a los pies de la cama, llevaba cerca de dos horas muerta, y el muy güevón no se había meneado, me dio la impresión de que estaba cagado de miedo. Mi madre falleció tras un repentino dolor de cabeza. Después de todo, no sufrió, y saberlo me alivia. Cuando la enterramos, asistió todo el campo chabolista, y al acabar la ceremonia (rápida como la de cualquier pobre), Celestino se despidió de nosotros. Dirigiéndose a mi padre, dijo: —Me marcho, id con Dios. Así, sin más. Me dejó solo con el viejo. El muy cabrón, estoy seguro de que finalizado el chollo de la Felisa, no estaba dispuesto a mover un dedo por nadie. Me lo imagino buscando con urgencia a una nueva idiota que lavara sus calzones y sus miserias, aunque para ello tuviera que hacer el esfuerzo de casarse con ella. Ese era un bicho como mi padre. Al que por cierto, tuve que soportar tres largos años. Era mi padre, y le respetaba, y todo eso, pero no podía evitar contemplarle y acordarme de los malos ratos que había pasado por su culpa, de todo el hambre, de la perpetua angustia de mi madre, enfin... Que fue un trago. Y a tragos, él solito precipitó su fin. Si durante la guerra, y después de ella había logrado desintoxicarse, tras la muerte de la Felisa se dio nuevamente a la bebida, y como digo, murió tres años después en plena calle, y entre borbotones de sangre saliendo por su boca. Debería sentirme al menos, un poco culpable, porque yo le daba el dinero, pero... Cada uno elige su camino, y yo no le apreciaba lo suficiente para que me importara cómo elegía matar el rato y a sí mismo. A parte de que yo estaba ocupadísimo. El mundo homosexual del momento se había abierto ante mí, y no daba abasto en cuestión de citas, relaciones, compromisos, y fiestas en chalets apartados, donde no reuníamos sin mucho temor a las redadas de los grises. Tuve un sinfín de relaciones con tíos de todo tipo, desde obreros, hasta hijos de papá, como mariquitas ancianas de sangre azul. ¡Qué tiempos aquéllos! Se follaba más que ahora. No es que actualmente yo esté de muy buen ver para ligar a mansalva, no; es más, por razones evidentes como la edad, y otras que cuando llegue su momento contaré, hace ya muchos años que no he tenido siquiera una mala relación sexual, pero el ocaña me informa de vez en cuando, y según creo, hoy día folláis poquísimo. ¡Qué lástima! Porque no hay nada como un buen polvo. Ni drogas, ni religión, ni familia, ni leches en vinagre: ¡Un buen polvo! ¡Vosotros os lo perdéis, queridos! Pero no os asustéis, que ya me dejo de reprimendas, y sigo con lo mío: Pues eso, que aunque pueda parecer lo contrario por la insistencia, no tenía tiempo para sentir remordimientos por la muerte de mi padre: yo, ya tenía bastante con las once horas de trabajo al día, las sesiones de clac casi a diario, y los compromisos "sociales" que acabo de comentar, ¿estaba ocupado o no? Mi mundo era más interesante que un equívoco sentimiento de fidelidad al padre, jamás cultivado por mi progenitor. Así que, pelillos a la mar, que el muerto al hoyo y el vivo al pollo..., o a la polla, según se "agarre" la "cuestión". Conocí a muchos artistas y sucedáneos de. Conocí a Miguel Ligero, a Miguel de Molina (al que sólo vi una vez porque como ya sabéis tuvo que salir pitando), a Niní Montián (una mujer excéntrica como pocas), a Celia Gámez (de la que se rumoreaba sin cesar que era lesbiana, o tortillera, como se decía entonces. Algunas de mis "amigas", entre ellas —quizá la que más—, la Meneitos, afirmaban que la Gámez había desvirgado a una tal Florinda Chico —vedette de su espectáculo—, y años más tarde, a la mismísma y hoy muy famosa Concha Velasco), también conocí a Tomás de Antequera (del que luego hablaré), y a un sinfín de pelotas, empleados, y admiradores que este tipo de gente movía a su alrededor... Es muy posible que crecer al lado de un obseso sexual, me hubiera borrado los escrúpulos. No sé... Creo que a estas alturas no es inteligente buscarme excusas, salió así, y punto. En suma, que con tanto cancaneo, y tanto nuevo conocimiento, yo estaba como pez en el agua y no había loca, o hetero con escoraciones, al que yo no hubiera catado. Y por eso, las víborasss de la clac —las que me bautizaron socialmente hablando—, empezaron a llamarme "La Fogones". Cuando me enteré de mi mote, para qué mentir, no me gustó ni un pelo. Luego me fui acostumbrando, y muchos años más tarde, lo utilicé como nombre artístico. ¡Ah!, se me olvidaba mencionar que la Meneitos estuvo dándome la tabarra para que dejara el taller de carpintería, y lo consiguió, tanto insistió... Al parecer, el encargado de Sastrerías Cornejo, le debía un favor (ignoro de qué clase), y consiguió que me aceptaran como empleado. Y luego no me arrepentí, ganaba el doble que en la carpintería, trabajaba menos horas, y encima, la labor a realizar, estaba más próxima a mis intereses "carnales". En el capítulo siguiente explicaré por qué. Ahora, iré terminando porque esta parte de mi vida siempre me pone triste. Os lo aseguro: Visto desde el mirador de mi pasado, esos años de juventud, (que por casualidades del destino, yo viví todo lo intensamente que pude y me estaba permitido), puedo afirmar que eran tiempos anodinos y de espesas sombras, de supersticiones y miedos crónicos. Y que de no haber sido maricón, habría sido uno más, de esos cachos de carne con el alma atenazada por el poder, que pululaban por doquier, llevando escrito en la cara que estaban muertos en vida. Así que, aunque haya afirmado antes que se follaba más, no era el paraíso, ni mucho menos. No siento nostalgia, al revés: Contemplo casi con desprecio el momento en que me tocó crecer y madurar, porque no hay nada de entonces, ni un solo estímulo externo social que pudiera considerarse un acicate para la evolución espiritual del individuo. Cabe destacar sin embargo, que fuimos admitidos como miembros de derecho en la Sociedad de naciones, y que aquello relajó un poco la tensión interna que vivía el régimen. Pero eso es harina de otro costal. Quiero cerrar está parte de mis memorias, agradeciendo nuevamente a Jaime que se tomara la molestia de mostrarme una luz entre tanta oscuridad. |
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