Veréis, tengo un amigo, que es muy mayor, y está enfermo. Como no tenía nada mejor que hacer, ha escrito en papel lo que recuerda de su vida.

Se llama Zacarías y es mi "madrina" de guerra. La conocí en el 86, y desde entonces mantenemos una magnífica relación de amistad. Ha intentado publicar sus memorias, pero no le han hecho caso, y le ofrecí la posibilidad de publicarlas en la red y daros a conocer la historia de su  vida a vosotros, ya que no es posible hacerlo por otros medios.  

Ocaña / 2000

 

MEMORIAS DE LA FOGONES (1930-1943)
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I

 

Soy Zacarías Balbuena Guijarro, mis amigas (muertas ya todas), me conocían como "la fogones"; natural de Madrid, tengo 70 años, y me aburro como un mejillón de cultivo. Por eso, he decidido contarle al mundo mis memorias. Habría preferido vendérselas al HOLA o al DIEZ MINUTOS, pero les envié un boceto de lo que os disponéis a leer, y me contestaron —más o menos a dúo—, que como no era nadie, no cotizaban en el parqué de la "estupidez nazional". ¡Qué gracia! ¡Que no soy nadie, dicen! Pues aquí donde me tienen, he sobrevivido a una guerra, he pasado más hambre que el perro de un ciego de antaño, he sido showman, actor de cine, y lo más difícil, con Franco o sin él, hice siempre lo que me salió del coño.

O sea, que como no me resigno a morirme sin dejar constancia de que he existido, he pensado publicar mis memorias en el grupo de noticias que mejor va a entenderlas, según me han dicho. No tengo ni puñetera idea de informática, pero yo escribo lo que me viene a la mente, y se lo doy al ocaña (que es mi ahijado de guerra) para que —como vosotros decís— lo "cuelgue" en la red.

El subtítulo quizá os resulte un poco ofensivo, pero es que es cierto, soy mariquita, y antigua, y es que no acabo de acostumbrarme a lo de "gay"; además, como no soy nadie... Me puedo permitir el lujo de llamarlo como a mí me dé la gana. Es lo bueno de llegar a viejo: Llamas a las cosas por su nombre sin ningún reparo, oye.

A lo que íbamos: Como ya he dicho, nací en Madrid; en Febrero de 1930. Ya sabéis, en pleno mogollón, con todos los gallitos del corral alborotados. Procedo de una familia muy humilde. 

Mi padre era un arriero que hacía las rutas de los pueblos transportando frutas para los mercados de la capital. Se llamaba Basilio, analfabeto perdido, y bruto como las mulas que tiraban de su carro. Tenía las manos como dos bandejas de camarero, con dedos enormes y duras tal que el mismo metal de las susodichas. Lo sé, porque pude sentirlas más de una vez estrellándose sobre mis escasos y delicados carrillos.

Y mi madre, que se llamaba Felisa, trabajaba como una negra lavando y planchando para otros, cuando en casa ya tenía trabajo suficiente con seis hijos varones, y una mariquita (yo), que fue la última en nacer. 

Ella quería llamarme Benjamín, pero su marido, el Basilio, mi padre, dijo que Zacarías, que era el nombre de su abuelo materno, y que a él le gustaba más que esa mariconada que sonaba hasta mal, terminando en "jamín". No tengo ni puñetera idea de lo que era para él un "jamín", lo he buscado en el diccionario y no existe. A parte de este tipo de tontas rarezas y manías, de las cuales tenía un montón, el Basilio solía gastarse más de lo habitual en olvidarse de sus problemas metido en las tascas. Y lo peor era que como buen ignorante, era presumido, y cuando tenía algo de dinero, para hacerse el importante se lo prestaba a algún vecino y/o listillo, o para hacerse el chulo, invitaba a beber a cuantos había en la cantina, tasca, o bar donde le hubiera pillado el repentierre; mientras, nosotros, sus hijos, nos quitábamos el hambre a bofetadas. 

Era tan bestia, que llegó a jugarse a mi madre en una partida de naipes. Y la perdió. Doy gracias al cielo, porque el buenazo que la ganó, y que según creo estaba enamorado de ella, no pudo soportar los llantos de la Felisa al saber que tenía que abandonar a sus siete hijos, por lo que renunció de buen grado al premio de su apuesta.

Al estallar la guerra civil, yo empezaba a dar mis primeros pasos de consciencia por el mundo. Esto quiere decir que crecí con la polla de mi hermano Cosme pegada al culo. Y restregón va, restregón viene, calorcillo de siesta de verano, estómago vacío en fría noche de invierno... Enfín, que acabó colándomela. Y recuerdo que me encantó, no puedo mentir. Si digo que fui violado cuando aún no había cumplido los nueve, estaría faltando a la verdad, y no es mi intención. Recuerdo que esa noche, antes de ser penetrado por el cabronazo del Cosme, los nacionales se habían cebado lanzando bombas desde los aviones, que traían consigo, además de la destrucción, un profético traqueteo veloz, igual al de los viejos molinillos de café, sólo que de sonido mucho más potente. Estábamos refugiados en la estación de metro de Sol, amontonados de cualquier manera, y cagaditos de miedo. 

Los obuses estaban cayendo a cientos, precedidos de un silbido difícil de olvidar, y digo yo que aquella noche, con tanto pepino cayendo desde el cielo, o quizá por el miedo, debió ponerse cachondo, y no pudo aguantarse. Ahora, que, a mí, me vino de perlas. Supe desde entonces, que a mí lo que me gustaban eran los tíos. Ya sabía de antes que me ocurría algo raro, que a mí eso de las niñas, bueno, ya sabéis...; y dicho sea de paso, me encantaba que el Cosme me abrazara y se durmiera con su nabo pegado a mis virginales nalgas; así que, aquello me lo confirmó con creces.

Recuerdo que la tontaina de mi madre estaba encantada con el repentino interés de Cosme (aun sacándome doce años), en ocuparse de mí quitándole a ella el peso de encima, porque como yo tragaba sin poner reparos a cuantas veces él quisiera desfogarse, el hijoputa no se separaba de mí. Era un sexo silencioso, brutalmente contenido, sin comunicación, clandestino a más no poder (quizá por eso después, —muchos años más tarde— me volverían loca los chulos que me hablaban mientras follábamos, no sé...) Cualquier lugar se le hacía bueno para ponerme a tocar la flauta...

Me llevaba a todas partes, incluso a la casa de Campo cuando se iba con sus amigotes a pegar tiros contra los falangistas. Creo que pegar tiros le ponía cachondo. Hubo un día que me tuvo mamándole la polla mientras él hacía puntería contra el enemigo; a media mañana nos habíamos quedado solos en una trinchera de vanguardia, porque los dos que entraron en ella a pegar tiros con mi hermano, estaban más muertos que carracuca, al principio me dio impresión eso de estar ahí, dale que te pego con dos fiambres y las balas silbando sobre nuestras cabezas, pero luego, cerré los ojos, y me concentré en mi asunto, quieras que no, ya estaba acostumbrado a ver fiambres y a oír silbidos. Era un horror el tío; había días que me follaba haciendo doblete, y además, tenía que hacerle una o dos mamadas de postre. No he visto otra cosa igual en mi vida, y el muy maricón, las pocas veces que me soltaba era para irse de putas. No sé cómo no pillé algo.

Me agarraba del brazo, me arrojaba hacía mi madre, y la decía:

—Toma a tu hijo, que un hombre también tiene sus necesidades.

La tonta de mi madre que estaba en la inopia tratando de sobrevivir, comprendía con holgura las necesidades de su tercer hijo. Y yo, que entonces no sabía de que iba el rollo, me imaginaba al Cosme cagando y meando; como también lo llamaban "hacer sus necesidades", pues yo me creía que se iba al retrete. Pero gracias a él me libré de ser alistado a la fuerza en la quinta del chupete. Todo el mundo sabía que yo me iba con él a pegar tiros, y podía considerarse que ya estaba "peleando" en las trincheras. Total, que entre bombas, hambre, frío, y la polla del Cosme, pasé una contienda bastante ajetreada, la verdad. Lo de la guerra es mejor ni mencionarlo. Os puedo asegurar que vi de todo: Ejecuciones, suicidios, torturas, y un sinfín de violencia gratuita, que en cierto sentido me hizo aborrecer al hombre cuando se pone tonto. Nunca he soportado al chulo o al bravucón; me gustan los tíos masculinos, pero dulces e inteligentes. Las bravuconadas suelen ocultar defectos muy gordos, las más de las veces, sexuales.

En fin, que la contienda terminó con la entrada triunfal de los nacionales en Madrid, y la cosa cambió. ¡Vaya que si cambió! Hambre pasamos más y mejor que durante la misma guerra; pero ahora, todos estábamos organizaditos y en fase de reconversión ideológica, cuestión bastante chocante si se piensa que por aquellos días, los pocos que quedábamos vivos, o éramos muy niños o muy ancianos, o no sabíamos ni leer ni escribir, y si se me apura, creo que los adultos no sabían ni pensar. Ya sé que suena fatal, pero yo lo veo así. 

El caso es que nos metieron en una especie de residencial chabolista, que ocultaba una organización "meticulosamente" diseñada cual campo de concentración nazi, controlada por falangistas de poca monta. Esos falangistuchos eran gente obrera como mi padre; analfabetos, y bastante bestias. Ellos tuvieron la suerte de estar en el bando apropiado; y los barandas, como vencedores, les encargaron la vigilancia de la masa. Eran perros de guardia sin saberlo. Eso de ser el jefe de calle, daba mucho caché a quien no había sido nada en su vida. Teníamos toque de queda a las diez de la noche, e inesperadamente, a cualquier hora de la madrugada, pasaban lista de los habitantes de cada chabola, para comprobar que ni entraba ni salía alma alguna. 

A mi madre la tuvieron limpiando la calle y el retrete comunal durante tres meses, por el enorme delito de tener dos gallinas en el interior de la chabola. Estaba prohibido tener animales, pero era tan grande el hambre, que la tentación de dar un huevo de vez en cuando a alguno de sus tres hijos supervivientes, le hizo cometer tan terrible falta. En cuanto al asunto mariconil, la cosa empeoró aún más, si cabe. Tuve ocasión de percatarme, ya lo creo. 

Si antes y durante la guerra estaba mal visto eso de ser marica, porque el asunto tenía connotaciones de burla y de insulto, digamos que la tolerancia, era mayor; pero tras la entrada del caudillito en la capital, y la enorme cantidad de pintadas con su efigie y su lema por todos los muros de la ciudad...; ya digo, en aquellos días, cuando se hablaba de maricones, si se hablaba, se hacía con rabia, con desprecio. Quizá por eso empecé a recibir cachetes y manotazos de todos los que quedaron con vida en mi familia, si se me escapaba una pos corporal mariconil; y como a mí me gustaban los hombres, yo suponía con toda seguridad que mis ademanes debían ser femeninos. No me dio hostias ni na el Basilio, y hasta el Cosme, que nunca me había puesto la mano encima si no era para correrse. Pues yo, erre que erre.

De los siete hermanos que fuimos, cuatro murieron en el frente durante la guerra. Mis padres ya no eran los mismos, en esos tres años envejecieron veinte cada uno. Y los hijos supervivientes, no éramos precisamente una ayuda para ellos; el Cosme, eludía la detención escondiéndose y apareciendo de vez en cuando, mi hermano Celestino seis años mayor que yo (soso y rancio como él solo), estaba sano, aunque parecía estar en una especie de trance, y yo, que despreocupado, iba perdiendo aceite por doquier. 

Así que, el mayor de los tres parecía destinado a hacerse cargo del hogar, pero hasta yo sabía que al Cosme dejaríamos de verlo en breve. Y así fue. Nos enteramos de que lo habían cogido, haciendo por este motivo mis primeros viajes en compañía de mis padres a la prisión de Toledo para visitarlo. El pobre Cosme, tenía la cara hinchada por los golpes. Luego supimos por un cura que nos trajo la noticia a casa, que se lo habían llevado a trabajar al valle de los Caídos, y nunca más volvimos a saber de él. Verle destrozado, desnutrido, y desesperado tras los barrotes, me hizo cambiar. Empecé a ser lo más parecido a una puta furtiva. 

La verdad es que vino todo rodado: Yo tenía el mono del sexo, e intenté montármelo con el Celestino. Empecé a acariciarle estando acostados, y me pegó un gruñido, ya he dicho que era un agrio. Yo seguí, entonces se dio la vuelta, (afortunadamente me pilló con los ojos cerrados), y me gritó:

—¿Qué haces? Yo no soy el Cosme.

Se me heló la sangre. ¡Sabía lo del Cosme y yo! Continué haciéndome el dormido, y creo recordar que hasta pegué un par de ronquiditos para disimular, no se lo tragó, claro está.

Me entró tal pánico, que incluso empecé a perder la pluma. Vigilaba mis propios ademanes, y me fijaba en el modo de hablar de los hombres, para imitarlos. Había comprendido por fin, que tenía al enemigo hasta en el interior de mi propio núcleo familiar. Pero la fortuna quiso que el equilibrio me llegara pronto. Sí. Y me vino de un modo graciosísimo. Resulta que de entre todos los falangistas engreídos y triunfales que vigilaban el campo de concentración, había uno que era chulo como un ocho en letra gótica. 

Se llamaba Jacobo, tenía unos 35 ó 40 años, castizo, grande como un armario. Recuerdo que los pelos del pecho le asomaban por el cuello con tal abundancia que habría podido hacerse coletas si hubiese querido. Era una delicia oírle hablar, porque encima tenía labia. Y yo que estaba en pleno reaprendizaje de modos y costumbres masculinas, solía seguirle para escucharle presumir con otros camisas azules de sus conquistas, y de su habilidad con las damas; eso sí, sin levantar mucho la voz, no fuera que andara alguna beata cerca, de las muchas que mangoneaban y pululaban misioneando por las callejuelas del campo chabolista, entre las cuales estaba su propia mujer, una arpía, mala como el azogue. 

Al principio no le hizo gracia saber que yo estaba oyéndolo todo acurrucado a cierta distancia. Pero enseguida se acostumbró a verme, y hasta levantaba la voz para que pudiera escucharle bien, sin perderme detalle de sus correrías. Aprendí mucho, pero eran bobadas. Aunque a fuerza de tratar de imitarle, la ración de cachetes y manotazos bajó considerablemente. 

Pues bien, el Auxilio Social como lo llamaban ellos, instaló un colegio en la sacristía de una iglesia, y todos los críos menores de quince años, fuimos obligados a asistir a la escuela. Nos hacían cantar el cara al sol al entrar, en el recreo, y al salir de clase, pero íbamos tan monos con esos guardapolvos... Y sobre todo, nos daban de comer, y este hecho nos hacía asistir al colegio con una alegría infinita. Al tal Jacobo le encargaron la vigilancia de los castigados pasadas las horas lectivas. Era un horror, hacías cualquier gilipollez, y te tenían mirando al pupitre o a la pizarra durante una, o dos horas. Pues en uno de estos castigos, (ya ni siquiera recuerdo por qué me castigaron ese día) me quedé frito. 

Era tan aburrido. Jacobo, que se pasaba la mayor parte del tiempo fumando por los pasillos, se irritó al descubrirme sopa perdido, me echó una bronca de la hostia poniendo ejemplo de héroes y sacrificios por la patria, y añadió una hora más de castigo por su propia cuenta. Mandó avisar a mi madre, y como no era la primera vez que estaba castigado, no le resultó extraño, pero a mí si, porque en cuanto nos quedamos solos, se puso muy amable, paternal incluso. Me sentó en sus rodillas, y yo que ya me las sabía todas gracias al Cosme, percibí que sudaba, y que sus ojos brillaban con la excitación; mas, mis nalgas no notaban la dureza del miembro erecto que tan bien me había enseñado a distinguir mi hermano. Así que, como se me estaba haciendo pesado el preludio, perdí la paciencia y decidí tomar un atajo:

—Sácatela y te la chupo. —le dije todo convencido.

Decirle esto, y ponerse a llorar, todo fue uno. A mí se me cayó el alma al suelo. Tuve que insistir, y el tío, llorando y todo, se bajó los pantalones, y cual no sería mí sorpresa al descubrir una enorme cicatriz donde debería haber un pijo en supuesta proporción a su tamaño. Ni huevos ni nada, una cicatriz espantosa con un agujerito que si recordaba algo era a un coño sin labios. Entre lágrimas me dijo que su Excelencia no era el único que había sufrido aberrantes mutilaciones por el bien de España. 

Yo me conmoví, soy blanda, lo confieso, veo llorar a alguien y enseguida me pongo yo a echar mis lágrimas aunque sólo sea por simpatía. Menudo cuadro: él sentado en un taburete, con los pantalones bajados, llorando como un niño; y yo, de pie, acariciando su pelo, negro y fuerte, y tratando de consolarlo. Se contentó enseguida, quería algo, y se lo di. 

Lo que Jacobo quería era disfrutar con mis atributos de samaritano masculino, se conoce que echaba de menos los suyos, y como empecé a ejercitar el músculo muy pronto, a esa edad ya lo tenía yo desarrolladito, úsease que se me agarró al cimborrio, y hasta que no lo vio escupir por duplicado no se quedó a gusto. Luego le dije que a mi madre le gustaban las gallinas, y él supo perfectamente lo que estaba exigiendo. A partir de ese día, mi madre pudo tener media docena de gallinas picoteando en el patio de la entrada, sin que ni Dios dijera ni pío. Por eso decía que era como una puta furtiva: utilizaba mis encantos para conseguir fines.

Y daquesta manera descubrió su seguro servidor, Zacarías Balbuena, alias "la Fogones" —si a vuesas mercedes no les parece mal—, el gustirrinín que da disfrutar mientras alguien goza contigo, y que quien no tiene "padrino" no se bautiza.

Jacobo me daba unas mamadas, que me dejaban sin sentido. Y claro, yo que siempre he sido muy calentorro, cada dos por tres hacía algo para que me castigaran. Acabé cogiendo fama de gamberro, y revoltoso. Ha sido el único momento de mi vida en que la palabra maricón se ha alejado de mí como insulto. Eso sí, aprender, lo que se dice aprender... Aprendí muy poco. Y eso quiere decir, que las relaciones con "il castrati" llegaron a ser muy intensas, porque tiempo después logré penetrarlo y todo. 

Pero eso fue al final, ya que hicieron un colegio nuevo, la Falange de los coJONS, comenzó a caer en desgracia por los temores a que como institución acaparara poder, y a Jacobo lo mandaron a Guinea, a colaborar en la tarea de reorganizar la colonia de ultramar, muriendo pocos años después, como bien pude saber por los periódicos, de unas fiebres tifoideas fulminantes. No llegué a cumplir los 14 años asistiendo a la escuela. A finales de 1943 mis padres me colocaron a trabajar en una carpintería.

Aprovecho el cierre de capítulo de estas mis memorias, para decir que la sociedad española actual, tiene una deuda gordísima con el deseo democrático de los que en aquel periodo de la historia de este puñetero país de ingratos, eligieron la república como forma de gobierno y murieron por defender la voluntad del pueblo. ¡España, mañana, será republicana!

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