Cuentos contados |
| LA
MUERTE Y EL CONEJO (GORFESAL)
Mientras
la Señorita Primavera engalana con su presencia las fiestas de la
naturaleza; la tierra brinda y festeja con regocijo la belleza de
semejante doncella. Eternamente joven, hermosa y alegre; la dulce niña
de los vestidos de verde esmeralda y claro azul cielo; finamente
adornados con las más delicadas flores y aterciopelados capullos, que
a guisa de delicados botones; regresa de su periódico
viaje de las tierras
cálidas del sur; y nuevamente y por
corto tiempo, realza la belleza
de todo el entorno con su notable presencia, llenando de vida
las perturbadoras regiones de aquellas singulares
comarcas. Como
todos los años; los que viven por esos lugares, se aprestan para
recibirla con el suntuoso baile anual;
donde cada uno de los invitados, obsequio en mano; tratan de
impresionar y agradar a tan
delicada doncella, mientras lucen sus mejores galas. Y entre la radiante
multitud ansiosa por la llegada de la Primavera, se encuentra año con año, uno de sus mejores amigos;
Gorfesal el Conejo; quien por estas fechas,
busca afanosamente, ser
el alma de la fiesta y el más cortés y galante de la misma; al tratar
de brindarle a la Primavera
el mejor presente por su eterna beldad y la más calurosa sonrisa
de amor y reverencia. Gorfesal;
saltaba a sus anchas por la deliciosa planicie; buscando
el presente con el que quería sorprender a su amiga entrañable; la Primavera. - Vaya, vaya – se decía así mismo; mientras
jugueteaba en el delicado prado cubierto de hermosas y coloridas flores
de dulce fragancia. Y mientras Gorfesal saltaba de un lado para otro;
olvidándose por unos instantes de su primigenia motivación; se oyeron
a la lejanía, numerosos disparos
inquietantes; que asustaron demasiado al conejo y que lo hicieron
huir de aquel lugar en busca de refugio. Y mientras la cotorra
emprendía el vuelo junto a las demás aves; su agudo
lenguaje repetía sin cesar: “época de cazadores, amigos míos,
época de cazadores”. Gorfesal,
presa de un terrible espanto, halló relativa tranquilidad a la sombra
de un sicómoro. Por unos instantes permaneció callado; más luego, al
forzar el oído; se percató que nada se escuchaba allá afuera y
lentamente empezó a abandonar su escondrijo. - Mm., que cosa más extraña
- se dijo,
asombrado al ver que el bosque y las planicies a su alrededor, se
hallaban completamente silenciadas y en
completa oscuridad. – No recuerdo que fuera tan tarde –
sentenció Gorfesal, imaginando que había permanecido oculto por mucho
tiempo; aunque sostenía
para sí, que no habían
pasado más que escasos minutos y que al momento de esconderse, el día no estaba muy avanzado. Temeroso, Gorfesal buscó apoyo en alguien; pero para su pesar, se hallaba solo, completamente solo. Sus gritos solo fueron respondidos por el lejano eco que jugaba con él y con sus sentimientos; Gorfesal temblaba y en medio de su soledad, buscaba consuelo en las lágrimas que lentamente empezaron a rodar por sus coloridas mejillas. Veo que la soledad te aturde, amiguito
– se oyó entonces – pero pronto deberás acostumbrarte a
ella. Gorfesal pegó un brinco; en
su cuerpo sintió recorrer una fría sensación y sin ánimo para
preguntar; dirigió su mirada al lugar de donde creyó, provenía esa
oscura voz. Pero fue en vano; aunque Gorfesal forzaba la vista; solo
penumbras podía divisar y cobrando ánimo exclamó: - Déjame verte y
dime quien eres. La voz solo murmuró: - Tú sabes quien soy. Gorfesal repuesto del susto, con voz potente dijo - Giancarlo, mapache travieso; se que eres tú. En ese momento el velo de las sombras se descorrió y dejo ver al pobre conejo a la temible dueña de aquella voz quien casi al mismo tiempo pronunció: Giancarlo el Mapache no soy; y como llegarás a saber, tú última amiga seré; mi nombre es La Muerte. Gorfesal incrédulo, considero que Giancarlo o alguien más le jugaba una pesada broma y en son de chanza dijo: Vaya contigo chiquita; yo tan peluche y tu bien calva. La muerte
solo lo vio sorprendida y
con voz sepulcral le dijo: - Con que no crees en mi; ni lo que te digo;
pero para tu desengaño, ven, acompáñame y veras. Y a paso lento y
solemne, La Muerte enfiló hacia las planicies y tras ella y aún
desconfiado; con sus pequeños saltitos, Gorfesal la seguía. Pronto aquella insólita pareja llegó al punto donde Gorfesal retozaba anterior a los disparos; allí, en medio de un pequeño charco de sangre, yacía sin vida el cuerpo del conejo. Gorfesal confundido por ello, se acercó lentamente a su cadáver y luego con lágrimas en los ojos a La Muerte le dijo: Con que morido* soy y ahora ya ni soy. Y adquiriendo una expresión lastimera, dejo correr su llanto sobre su propio cadáver, llorando, como en su momento dijo “la muerte de un gran conejo de gallarda presencia”. La Muerte acostumbrada a las más extrañas reacciones ante tan macabro espectáculo; no pudo sin embargo, dejar de inquietarse por lo cómico de la escena. Y sin comprender ello, dibujó uno extraño gesto en su descarnado rostro, como triste remedo de una sonrisa. El conejo que empezaba a comprender su situación; no dejo de captar ese gesto y decidido a no acabar de ese modo y en ese instante, planeo jugarle la vuelta a su recién conocida amiga La Muerte. En seguida puso en marcha su plan; y exagerando aún más su lastimero llanto, lloró a mares; hincado frente al que fuera su cuerpo. Luego, cuando La Muerte quería apartarlo y llevárselo al mundo de lo espíritus, el astuto conejo se expresó de la siguiente manera: - Amiga Muerte; se que tienes que cumplir con tu trabajo; pero te pido, que antes de hacerlo, me dejes darle las honras fúnebres a mi cuerpo aquí morido*. Recuerda que mi muerte fue violenta y solitaria; mis amigos tardarán días en encontrarme. La muerte, respetuosa de los muertos, juzgó conveniente ceder al deseo del conejo y le dijo que podía hacerlo, siempre y cuando se apresurara. Gorfesal, tomándose su tiempo; se dirigió a la campiña donde
crecían hermosos tulipanes, gladiolos encantadores, suaves margaritas,
fragantes rosas y un sinnúmero de coloridas flores, e inició a
recolectarlas, para luego hacer su mortaja. Y mientras cubría su cuerpo con
aquel oloroso lecho, hizo que la Muerte llamará a algunos ruiseñores,
que temeroso de granjearse
el enojo de la pálida señora, acudieron presurosos y entonaron
lastimeros cantos, como tributo al conejo fallecido.
Al acabar su lecho, el conejo dijo: - Ahora hermana Muerte, antes
de partir, te pido un último deseo, Que te acerques a mi cuerpo y
escuches mi mensaje de despedida. La
Muerte cansada de aquel juego, instó a Gorfesal a ser parco, mientras
se acercaba al cadáver. Gorfesal adoptando un aire grave inicio su
discurso así: “Mientras
vivía he rendido tributo a la Vida, mujer graciosa y alegre, que me
permitió disfrutar de cálidas mañanas, soñadores atardeceres y plácidas
noches. Que dejó que soñara con el beso de amor, de una grácil
doncella e hizo de mi, un ser agradecido con su obra.
Hoy rindo tributo a mi amiga y hermana, la Muerte, aquí
presente. Señora de paz eterna y de la reflexión del silencio. Aquella
que vela los sueños postreros de todos los seres y los conduce al reino
de la vida eterna. Dama que ama a todas las criaturas y que las conoce una por
una, y que besa con el pálido
encanto de sus labios; para calmar los dolores y sufrimientos de hombres
y animales, para mostrarles
la dicha de la última morada. Oh Muerte, que tanto amas; tu que eres
tan justa por igual, que visitas al pobre y al rico; a seres
afortunados, como quienes no lo son, a ti Muerte, mi último tributo y
todo mi amor”. Dos gruesas gotas, resbalaron de las apagadas mejillas de la Muerte; lágrimas que al hacer contacto con el aire, se convirtieron en dos preciosas perlas. El Conejo vivo, se hizo de ellas. La Muerte comprendiendo el truco le dijo: - Gorfesal amigo; eres astuto. Al hacerme llorar me haz arrancado dos vidas. Comprendo tu juego, pero en vez de enojarme contigo; me alejo de ti; para volvernos a ver en el futuro. La Muerte, aún sentimental, se alejó del conejo; y mientras se perdía en el horizonte, Gorfesal depositó una de las perlas sobre su cadáver. Al instante el alma y el cuerpo del conejo se unieron y este despertó sobre el lecho de rosas. El conejo tardó un poco en sobreponerse; al verse tan cerca de La Muerte. Luego riendo, comprendió que le había ganado una partida a su nueva amiga; pero que irremediablemente la volvería a ver. Mientras tanto, Gorfesal festejo de nuevo el estar vivo y luego puso atención a la otra perla; que a la Muerte le había arrancado. Hermosa joya que relumbraba a la luz del sol; de blanco crystalino y forma perfecta. Gorfesal no sabía que hacer con él y decidió preguntarle a su tía Dona Chuza. Gorfesal corrió con pequeños saltitos, a la vieja iglesia
abandonada, cercana a su madriguera, Allí subió al campanario y en
extenso discurso le contó a la seria lechuza, su tía, todo lo que le
había acontecido. La Tía Chuza, estando en hora de siesta, oyó a su
parlanchín sobrino durante largo rato; sus acentuadas ojeras y su
evidente cansancio, hicieron interrumpir a Gorfesal, cuando este se
aprestaba a contarle su hazaña por novena vez; De modo cortés pero
tajante le dijo: - Querido sobrino, tu historia es encantadora, pero
dime; cual es el motivo importante que te trae hacia mí en la hora en
que habitualmente duermo. Gorfesal,
recordando la segunda perla, le pidió a la Tía Chuza, que le
aconsejara que hacer con ella. Ella
le dijo que era imposible saber quien era el dueño; así que le
aconsejo que se la quedase. Transcurrieron algunos días y Gorfesal no dejaba de hablar del suceso. En la fiesta para la Primavera se robó toda la atención; y orgulloso se paseaba de un lado para otro contando como regresó de su encuentro con la Muerte. Al filo de las doce; la invitada de honor ingreso al salón, acompañada de ocho pajes que portaban coronas de plata e iban ataviados con traje de etiqueta. La Primavera iba hermosamente vestida con una guirnalda de flores en la sien y una túnica bordada con hilo de oro, llevaba cuatro argollas de finos diamantes en cada brazo y su rostro estaba cubierto con un velo de tono palo rosa y de finos encajes. Todos le presentaron sus presentes, Gorfesal se quedó de último y con mucha satisfacción le entregó a su amiga querida, la perla de la vida; no sin antes contar por enésima vez, su historia. La Primavera agradeció todos los presentes y al concluir le dijo a Gorfesal: - Muchas gracias por tan maravilloso obsequio, prometo hacer buen uso de el. Cuando, en mis viajes por
lejanas tierras encuentre almas,
que , reflejen en su rostro la
muerte de espíritu, no solo los alegrare con la belleza de la
naturaleza, sino que les referiré tu historia y les prestaré la perla;
para que infundan en sus vidas casi muertas, la alegría de vivir
plenamente. Y mientras los grillos se unían a las aves cantoras y los
encopetados miembros de la banda llamaban al baile; la Primavera depositó
un beso cálido sobre la frente de Gorfesal y lo invitó a bailar con
ella. La
fresca noche avanzaba y la buena música plañía todo el ambiente; nuevamente
las fiestas a la Primavera fueron todo un suceso largamente comentado. * El
termino morido, significa en el
lenguaje de Gorfesal, el estar muerto. Nota del Autor.
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