Cuentos contados

 

EL ÁNGEL CARISBAD

 

Sucedió hace mucho tiempo...

El pueblo bullía en completa alegría, mientras las fiestas por las buenas cosechas se acercaban, los aldeanos; grandes y pequeños,  esperaban con ansias la llegada del otoño y con el, la época de dar gracias al Creador por los frutos de la Madre Tierra.  Los niños en las plazas corrían de un lado para otro,  en alegre jugueteo y las señoras de mayor edad subían a la vieja parroquia,  para el rezo de sus oraciones vespertinas.  La paz se esparcía generosa por doquier y en el aire se respiraba la tranquilidad de aquellas almas entregadas a una vida honrada y al trabajo arduo y cansado.-

Entretanto; en la pequeña casa  que colindaba al sur con el río de aguas claras y al este con el anchuroso bosque; vivía un pensativo joven, que  alejado de la alegría general,  escuchaba el correr del precioso líquido crystalino, que surcaba aquellas benditas tierras, en su legendaria carrera al profundo mar. 

Respondía al nombre de Francisco,   contaba apenas diecisiete años; huérfano desde temprana edad y acometido por una ceguera desde su nacimiento; Francisco sobrevivía merced a los cuidados de su Abuelo Juan. Hasta entonces, la vida de Francisco había transcurrido apaciblemente; alejado de  la gente, que miraba en la situación de Francisco, una maldición de Dios o un castigo bien merecido a las faltas de sus padres; por lo que, en general, Francisco era repudiado por la gente, a veces maltratado, con lo que tenía que ser  protegido constantemente por su querido abuelo; quien en todo momento le guiaba y compartía con él las maravillas, que Francisco no podía observar. 

Sin embargo ese día, el abuelo Juan no estaba con Francisco, debido a una fuerte dolencia que lo tenía postrado en cama y sin que el infortunado nieto lo supiera; condenado irremediablemente a morir por el peso de los años  y una vida entera al trabajo duro  y continuo. La agonía de Don Juan se acentuaba al lacerar su espíritu con sombríos pensamientos acerca del futuro de aquel joven indefenso, en tanto la enfermedad minaba el otrora vigoroso cuerpo, reducido entonces en débil vasija; que contenía la buena alma de aquel venerable anciano.  

Y mientras el delirio y la sombra de la muerte rondaban su lecho; Francisco que no sabia pero que, provisto de un  prolífico entendimiento, dado por la naturaleza en compensación de tantos sufrimientos; presentía con profunda tristeza, el dolor  y padecimientos del único ser que lo amaba. Y ahí se encontraba; al borde del majestuoso río y confundiendo el sonido de los vibrantes torrentes del agua con las espesas lágrimas que corrían a raudales por sus apagados ojos. La desesperación, a despecho de la alegría que reinaba en otros lugares; gobernaba  con firmeza, en el hogar de Don Juan y su nieto Francisco.

Y entre su llanto, Francisco empezó a recordar con nostalgia, los momentos felices que compartió con su agonizante abuelo; las largas tardes, en que, sentados ambos a la par del río; Don Juan había deleitado a Francisco con historias y leyendas increíbles.  En su intensa nostalgia, Francisco se topó con el recuerdo de una lejana tarde; en que su abuelo; como era su costumbre; le narró a Francisco uno de sus maravillosos cuentos. Esa tarde, luego de recoger los aperos de labranza y dar gracias a Dios por la bondad hacia los hombres; el abuelo Juan había iniciado su narración de una forma diferente.

El abuelo Juan llevó a Francisco a la Cascada de Carisbad,  muy cerca de la casa de ambos; sentando suavemente a Francisco muy cerca de la caída de agua. Y mientras Francisco sentía la suave brisa  de la tarde y el agua que en pequeñas gotas,  caía sobre su rostro, el Abuelo Juan dijo: “Será hace algunos años; cuando por esta región, el río que sientes cerca, no existía. El valle donde se asienta el pueblo, no era más que un lugar inhóspito e inclemente y la extensa llanura; hoy pródiga con sus cosechas; un yermo paraje, infértil e ingrato.   

Tal era la tierra que mis padres encontraron cuando vinieron a poblar estos lugares. En ese entonces, contaba tu edad y animoso, me gustaba andar de un lado para otro, conociendo lo que sería mi hogar.  Mi padre había abandonado las tierras del norte, por problemas con algunos vecinos y no tuvo más remedio que instalarse en este valle; mientras la gente movía tristemente la cabeza y señalaba, una y otra vez, lo muerto de este terreno. Mi padre, confiado en Dios y en sus bendiciones, inició la ardua tarea de trabajar la tierra con muchos esfuerzos, para brindarnos a mi madre y a mí el sustento diario. 

Pero nuestra mala suerte no nos abandonaba. El pequeño manantial con que mi padre pensaba alimentar sus tierras se secó de repente y  nuestra situación se complicó aún más. Una noche, luego de  la cena, papá decepcionado, nos dijo que tendríamos que mudarnos nuevamente, esta vez sin rumbo fijo,  La desesperación cubrió nuestro hogar y confiando en Dios; nos dispusimos dormir.  Mis padres no tardaron en conciliar el sueño; más, yo me encontraba muy inquieto en mi cama. 

Me levante sigilosamente y salí de la casa, encaminándome a una pequeña pendiente cercana a mi hogar.  Allí en medio de la noche, observe el cielo estrellado, que yo consideraba el hogar de Dios, como me había dicho mi padre.  Al fin, me venció el sueño y quede profundamente dormido. Desperté cuando el día empezaba  a clarear; una luz intensa proveniente de la roca en la que te hayas sentado, deslumbraba mi vista. Fue entonces cuando lo vi. 

Era un pequeño niño, más o menos de mi edad. Sus blancas ropas brillaban demasiado y con una voz semejante al murmullo, me dijo que no me preocupara, que pronto todo se solucionaría y  que nuestra situación mejoraría. Pero me dijo, que nadie creería mi historia y  como muestra de la verdad de sus palabras, un miembro de nuestra familia sería completamente ciego; para que alabáramos en él, el poder que viene de lo alto. 

Le pregunte su nombre y me dijo que se llamaba Carisbad, el Ángel de Luz. Al terminar nuestra charla, se despidió de mi;  y desapareció, no sin antes golpear con su mano, la roca donde se posaba. Al instante el agua empezó a brotar y en pocos días un río se formó; siendo la Cascada el lugar donde el Ángel se me apareció; yo corrí a casa luego de mi encuentro con él, y le conté todo a mis padres, pero no me creyeron, pero se sorprendieron del nacimiento del río. Y fue así como esta bendita tierra se volvió fértil y las palabras del Ángel se cumplieron en ti. Recuerda Francisco que tu ceguera no es ninguna maldición; al contrario, Dios ha obrado en ti y te ha bendecido sobremanera”.  

Francisco, lloró con mayor intensidad al recordar esa historia; más de pronto  una idea cruzó  por su mente. Rápidamente se levanto del lugar donde se hallaba; tomó el bastón donde se apoyaba, y como pudo trato de llegar a la Cascada de Carisbad. En tanto su abuelo, lentamente dejaba de respirar y luego de un  prolongado suspiró, cerró sus ojos y murió. Francisco se hallaba solo y el no lo sabía. En tanto el joven, presa de una seguridad incontestable, caminaba aprisa por el sendero del bosque que lo conducía a la cascada. 

En cuestión de horas y  luego de sortear muchos obstáculos; Francisco llegó a la cascada; lo supo, al sentir la brisa refrescante que bañaba su rostro; a tientas logró ubicarse en la roca donde su abuelo lo sentará y arrodillándose empezó a rezar.  Francisco esperaba confiado plenamente en la Providencia; pero nada acontecía, nada. Y sucedió lo esperado. Un brillo que traspasó la ceguera de Francisco, le hizo comprender que el Ángel Carisbad había vuelto a su fuente. Una sensación de paz inundó su alma y humildemente le pidió al Ángel su ayuda. 

Carisbad entonces, le dijo a Francisco que su abuelo se hallaba dormido, pero que no desesperara  que él regresaría pronto. Carisbad le dijo también  que el lo acompañaría siempre y en todo momento  Luego el Ángel reconfortó al muchacho con palabras de aliento, mientras la luz se extinguía poco a poco, hasta que Francisco quedo sumido otra vez en completa oscuridad. Francisco quedo profundamente dormido; y no se despertó, hasta que unos leñadores dieron con él y lo condujeron a casa; donde algunos vecinos se encargaban ya de velar al difunto Abuelo Juan. 

La noticia conmovió a muchos del pueblo, ya que el anciano era muy respetado; y muchos se compadecían de Francisco, al ver su estado y la imposibilidad de valerse por sí mismo. El boticario del pueblo recomendó que Francisco fuera trasladado a un hogar de la villa, en tanto se decidía que hacer con él; ya que ningún poblador se animaba a hacerse cargo del muchacho, al considerarlo más bien un oficio oneroso y pesado. Hasta hubo gente que se expresó llanamente, al decir que Francisco debería ser abandonado a su suerte, para evitar al pueblo desgracias por la presencia de semejante pecador. Francisco se encerró dentro de sus pensamientos; y cabizbajo acompaño el cuerpo de su abuelo; mientras caminaba, la gente que acompañaba el sepelio trataba de no acercarse a Francisco; la ignorancia y los prejuicios de aquel tiempo, eran implacables y Francisco indefenso, no tenia ya en quien apoyarse. 

Cuando  el féretro empezaba a ingresar al camposanto; de pronto el sol de mediodía, empezó a obscurecer. La gente poco a poco quedo en penumbras y gritos de espanto se dejaron oír por todos lados. Todos estaban ciegos al igual que Francisco. El aullido de los animales salvajes del bosque fue oído a la lejanía, como quien llora por la muerte de un ser querido. Un viento gélido sopló  por entonces. 

Francisco, que no comprendía que sucedía, pero presentía la cercanía de un gran acontecimiento; elevo su rostro al oscuro cielo e invocó el nombre de Dios. En ese momento una luz intensa cegó los ojos de los presentes. El disco del sol  fue marco para la aparición de un cuerpo etéreo, quien, sostenido en los aires, hizo la señal de la cruz, luego bendijo el cuerpo inerte de Don Juan y al instante la luz que lo acompañaba brilló con mayor intensidad. En un momento, la luz del sol volvió a aparecer y el féretro de Don Juan, abierto al momento de la bendición, estaba vacío. Don Juan se hallaba vivo, de pie entre la multitud.   La gente asustada no pensó más que en un milagro, sin percatarse que otro milagro igualmente asombroso ocurría en esos momentos. 

Los ojos de  Francisco  tenían el brillo de la vida, mientras el muchacho exclamaba que podía ver.  El gozo cubrió aquellas tierras y todos daban gracias a Dios por sus portentos.  Francisco y el Abuelo, luego de los primeros momentos, fueron a la Iglesia del pueblo y luego con júbilo se dirigieron a la Cascada de Carisbad. 

Desde entonces en aquel pueblo; el amor a Dios es vigoroso y el cariño a Carisbad, enorme. Una vieja estatua de mármol colocada a la par de la fuente y una  vieja leyenda, son testigos de ello.  

Y el viajero desprevenido puede leer en ella: “Caminante que calmas tu sed en estas aguas; vuélvete al sol y deja que la luz de Dios cure tu ceguera”.

 

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ENTRADA CUENTOS DE LUIS

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