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Una
tarde, parados a las puertas de un colegio salesiano donde yo
iba a tomar unos cursos de computación, Julio me pidió
prestado mi cuaderno un momento y dentro de él colocó un sobre
pequeño pidiéndome que lo leyera más tarde. Él regreso a
casa en
la bicicleta en que me había llevado mientras que yo,
curioso y emocionado,
me puse a buscar un buen lugar en el cual leer mi
cartita. La hoja que había en el interior del sobre sólo tenía
dos líneas escritas con un grueso plumón negro y decía:
Sabes que te quiero, ¿no?
¿Cómo
le hago para que te enteres de que me gustas?
Al
momento lo entendí todo perfectamente. Ya sentía el deseo de
mi amigo pero que me lo confirmara hizo que explotara una bomba
de orgullo y felicidad en mi pecho. En ese instante de gran
alegría acepté para conmigo mismo que él también me gustaba.
Pero... ¿qué íbamos a hacer con nuestros deseos? ¿Podríamos
llevar nuestros juegos más lejos de lo que los habíamos
llevado hasta entonces? Yo deseaba su cuerpo, pero no mamarle el
huevo, yo deseaba su cuerpo, pero no me apetecía en lo absoluto
que su carne horadara la mía, yo deseaba sus labios, pero,
contradictoriamente, no podía imaginarme besándolo. Era como
quien desea tirarse un clavado desde la plataforma de los diez
metros pero no está preparado para ello. Dudaba de las
motivaciones de mis fantasías en las que Julio me lo mamaba y
yo me lo cogía. ¿Nacían del deseo o de la envidia que me
causaba su belleza?
Quien
sí lo tenía bastante claro era Julio,
en verdad me quería y me deseaba y en el plano de lo
sexual sus apetitos eran más claros y firmes que los míos. A
él le apetecía acariciar todo mi cuerpo con sus manos, probar
cada centímetro de mi humanidad y sentir mi carne en la suya. Y
así fueron las cosas mientras que poco a poco y con el tiempo
Julio me fue contagiando sus apetencias carnales. Increíble el
viaje éste en que el culo deja de ser el reducto último de la
virilidad y dignidad de un hombre. Con Julio aprendí a hacer el
amor; y no hablo de técnica sino de sentimientos en el acto
sexual. La mejor experiencia de mi vida, la que la ha marcado cómo
ninguna otra y en la que en mucho se formó la persona que hoy día
soy.
Pasábamos
prácticamente todo el día juntos, y por ello descuidamos
totalmente la escuela, lo que era muy significativo sobretodo en
mi caso dada mi sobresaliente historia académica. No nos despegábamos.
La ausencia del otro provocaba al instante el hambre de su
presencia. Julio pasaba todas las noches conmigo, la mayor de
las veces a espaldas de mis padres. Tuvimos algunas de las
dificultades comunes a una relación homosexual entre
adolescentes. Cargábamos con las sospechas silentes de nuestras
respectivas familias, los comentarios mordaces, hirientes, de
otras personas y la joda de nuestros "amigos". La
estupidez nos dejó sentir su fuerza. Al inicio, el carácter
clandestino de nuestra relación nos resultó divertido, era
como nuestra mayor travesura, pero más tarde ésta
clandestinidad, éste secreto obligado, fue nido de la rabia y
la frustración. Todo el tiempo en que no estábamos a solas
había que cuidar la mirada, contener la caricia, ahogar
las palabras, tragarnos la volcánica emoción que llevábamos
por dentro. Fingir. Es muy amargo sentirse obligado a ocultar un
sentimiento que está tan impregnado de belleza.
La
idea ésta de salir del clóset
estaba constantemente en nuestros pensamientos y era un
deseo grande en los dos, pero sabíamos bien que más allá del
momento liberador del destape las cosas no nos irían mucho
mejor. Muy probablemente todo lo contrario. Quizás podíamos
confiar en la inteligencia y el afecto de nuestros seres más
queridos, no así en que se derrumbasen sus estructuras
mentales.
Salir
del clóset era un frase que nos resultaba ridícula y castrante
tanto a Julio como a mí. Aunque ciertamente nuestra
relación podría etiquetarse como homosexual ninguno de los dos
se sentía como tal pues a ambos nos gustaban las chicas y las
pulsiones homosexuales de uno se concentraban de manera casi
exclusiva en el otro. Fui muy observador al respecto y realmente
nunca advertí en Julio un interés sexual o amoroso por otro
chico que no fuera yo mismo. Yo, por mi parte, la verdad es que
sí dejaba volar mi imaginación cada vez que mis ojos se
encontraban con la visión de un chaval guapo. Mas tales vuelos
imaginativos eran en realidad básicamente fugaces dado que eran
rotos e invadidos de continuo por el recuerdo de Julio. Mi corazón
y mi mente estaban muy poblados por él. Ahora que los chavales
me gustan más que nunca, y recordando los maravillosos años al
lado de Julio, me asombra la casi nula expansividad con que vivían
nuestras lujurias. Hoy día me es difícil entenderlo, y sin
embargo, en el recuerdo, lo comprendo perfectamente.
No
voy a jugar al humilde, desde la edad en que empieza a importar
he tenido mi pegue con las chicas, me resulta fácil
enamorarlas; a un año aproximadamente de mi relación con Julio
me conseguí novia. La chica se llamaba Andrea, tenía quince años,
dos menos que yo, era guapita y tenía un cuerpo alentador. No
tengo dudas de que estaba muy enamorada del chico intelectual y
tierno que ella veía en mí. A una chica que está de veras
enamorada no hay necesidad de convencerla de que el sexo es
parte indisociable del amor. Andrea funcionó maravillosamente
como cortina de humo de mi relación con Julio, lo que no
significa por otra parte que no la
quisiese y la desease sinceramente. Aproveché la
confianza existente con mi madre y yo y llegué a enterarla de
mis relaciones sexuales con Andrea, lo que creo la lleno de orgullo y la devolvió
a la tranquilidad. Las cosas se aligeraron entonces para
mí y para Julio.
Un
año más tarde, tras mucho animarlo, Julio se hizo de su propia
novia. Una morenita de rostro tierno, de esas que simpatizan con
tan sólo verlas.
Entrados
los diecisiete años, cuando me hice novio de Andrea, mi pubis
comenzó finalmente a
poblarse. Julio creció más rápido que yo y ya casi arrivando
a los diecinueve años la contundencia de su aire adolescente
fue decayendo al punto mismo en que el sexo con Andrea me fue
resultando más satisfactorio y apetecible que con él. El deseo
por su cuerpo fue extinguiéndose en mí. El tenía que trabajar
y pasar el rato con su nueva novia, yo volvía a ocuparme de la
escuela, a estar con Andrea y ganarme algo de dinero jugando al
fútbol. Ambos teníamos menos tiempo para estar con el otro y
es cierto que hasta lo que se concibe como eterno termina por
acabarse. Lo nuestro se encendió tersamente y se apagó de
igual manera. Como cenizas de todo ello ha quedado un gran
afecto.
Julio
embarazó a su chica, se casó con ella y eso casi fue el punto
final de nuestra historia juntos, punto de partida para una
nueva vida para cada uno de los dos.
Dos
años más tarde mi linda relación con Andy alcanzó también
su punto final. Veintiún años y me fui a vivir a Barcelona y a
conocer un poco de la Europa gracias a la generosidad de una tía
cuyo esposo es el cónsul mexicano de la ciudad catalana.
Mientras andaba de pata de perro por Europa extrañe mucho a mamá,
a Julio y a mi hermano. En Barcelona hay muchos pubertos guapísimos
que me arrastraban constantemente a recordar a Julio y lo que
con él viví, particularmente la etapa primera de nuestra
inolvidable relación. Julio es un lugar al que jamás podré
volver pero del que tampoco jamás podré salir. Más que nada
en el mundo me gustan los chavales guapos y ello es culpa de la
huella inigualable que Julio ha dejado en mí.
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