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Más
tarde,
ya en la secundaria, cuando ocupar el primer lugar en notas era
menos sencillo, mi estímulo fue el orgullo que rebosaba mi
madre al creer que tenía un hijo harto inteligente.
Mi madre siempre ha sido una serie aficionada a la
literatura, pero no fue sino hasta los doce años que en verdad
logró contagiarme su hermosa afición invitándome a leer un
librito perteneciente a La Fundación, la famosa saga del
maestro de la ciencia ficción, Isaac Asimov.
A partir de dicha lectura, un tanto por snobismo y otro
tanto por sincero gusto me volví en un enamorado de las buenas
historias y de las enseñanzas que navegaban a lo largo y ancho
de los buenos libros. Nunca logré convencer a Julio de que los
libros, la palabra, junto al balón y el cuerpo humano, puede
ser el más divertido de los juguetes con que contamos. Él, por
su parte, tampoco logró contagiarme nunca su gusto por los
videojuegos.
Nuestras
preferencias musicales también eran muy distintas. Yo tocaba el
cielo con un dedo escuchando a la Sade y a él mientras tanto se
le subía la bilirrubina con la música de Juan Luis Guerra.
Juan Gabriel era el punto medio que nos unía.
Yo
había estado ya más de una vez en Acapulco y Cancún y él no
había tenido la oportunidad de ver y admirar el mar, en su casa
se comía muy diferente a la mía y su ropa era barata. Empezó
a comer rico y regularmente en mi casa, a vestirse de prestado
con mi ropa y a oler delicioso con el Van Cleef que cada unas
cuantas semanas me compraba mamá. En verdad me robaba el
aliento cuando tenía encima garras bonitas que armonizaban con
su lindo rostro. Yo con todo el gusto del mundo le prestaba mi
ropa y le daba de mi perfume. Sé que le gustaba ponerse mi ropa
no sólo por lo bien que lucía con ella, sino también porque
era mía, porque mi piel había estado en contacto con ella.
Para emparejar las cosas yo también acostumbraba ponerme su
ropa, como una forma de sentirlo más cerca de mí.
Mi
ascendencia italiana también le gustaba a Julio. Yo le enseñe
a cantar en italiano las canciones de Eros Ramazzotti, que en
mucho le gustaban. Mi madre, siempre muy entusiasta de mi
educación y confiada en la inteligencia de su retoñito me metió
desde pequeño a clases de inglés y francés. Nunca he llegado
a dominar tales idiomas pero me defiendo lo suficiente en su
comprensión. Un cúmulo de cosas que me hacían diferente y
especial a los ojos de Julio, tomado en cuenta el entorno social
en que nos había tocado crecer. Nací
en la familia correcta, en la colonia equivocada. Algo similar
pensaba yo con respecto a Julio, bellezas cómo él no solían
darse en los pantanos de la pobreza, y es que Julio además de
ser guapísimo tenía un aire de sensualidad y sofisticación
difícil de ver. Un príncipe que por bromas del azar nació
mendigo.
Pasó
un año más y mi cuerpo no cambiaba. Dieciséis años ya y yo
todavía con el huevito de un niño. ¿Por qué Dios me hacía
eso? Me parecía que el muy gonorrea tenía un sentido del humor
de la puta madre. Dios me había dado el don de la inteligencia,
de acuerdo, gracias mil por ello, yo me sentía inteligente,
culto, enterado y hasta vivido, muy maduro en comparación a mis
contemporáneos. Buen deportista, hábil para las cosas físicas,
futbolista excepcional, capaz cómo el que más; estaba
agradecido con Dios por los dones otorgados, pero, ¿por qué
mejor no me había dado a escoger? No estaba del todo seguro,
pero quizás habría preferido ser más guapo y tener un huevo
envidiable en lugar
de ser inteligente y bueno en el fútbol. La verdad es que lo de
la inteligencia sí lo cambiaba, lo del fútbol creo que no, el
fútbol me daba para ese entonces la mayores satisfacciones. No
era yo tonto, sabía que lo primero, lo de la inteligencia, era
algo con algún esfuerzo se podía desarrollar, lo segundo,
siendo un talento puro, no.
En
el cole todos los chicos me auguraban un futuro como jugador
profesional de fútbol. Todo el mundo me decía que de querer yo
podría ser fácilmente un profesional del balón y yo les decía
que no me
interesaba, que el fútbol era el deporte más maravilloso pero
eso que llamaban fútbol profesional era un verdadera mierda,
algo que, cómo bien dice Valdano, está agonizando de seriedad
y de dinero. Les decía a mis amigos que yo quería dedicarme a
otra cosa, algo más trascendente, algo que me entusiasmara más
que irme a prostituir jugando mal fútbol en un campo
profesional. Pero la verdadera razón por la que siempre me negué
a probarme en las fuerzas básicas de alguna institución de
balompié profesional era la condición risible y vergonzosa de
mi entrepierna. ¿Qué iba a ser yo cuando al terminar los
entrenamientos hubiera que ir a las duchas? Sí, es para reírse,
¡y yo me creía un chaval inteligente!
Una
tarde en que Julio y yo iríamos al cine me estaba bañando en
el cuarto de baño que está al interior de mi recámara. El
pasador de la puerta corrediza estaba estropeado y el curioso de
Julio se aprovechó de ello para correr la puerta sin más y
sorprenderme, así, en total desnudez. El mundo se me vino
abajo, me inundó la vergüenza y la rabia, yo era casi cómo un
ídolo para Julio y él ahora veía y sabía que yo era una broma
de hombre, un anormal. Le grité algo así como: ¡qué haces
hijo de la puta madre! Se desapareció asustado de mi vista
mientras yo me quedé ahí, llorando bajo la regadera, temblando
por lo peor que me había pasado en la vida. Mi imagen de chico
perfecto se desmoronaba.
Julio
sabía que yo era muy pudoroso. Nunca me cambiaba de ropa en su
presencia y cuando debía hacerlo estando él, mi amigo captaba
perfectamente que era hora de bajar a la cocina por un refresco
o pegar una carrerita a
su casa para traer ese CD que había olvidado. En la misma
circunstancia yo hacía por mi parte lo mismo, me desaparecía
con cualquier pretexto cuando él iba a mudarse de ropas. Así
había pasado alrededor de un año, siendo los mejores y más íntimos
de los amigos y sin haber conocido el cuerpo del otro sin ropa.
Por
supuesto que su desnudez me causaba curiosidad, aunque creo que
no tanta como más tarde supe le causaba él la mía. Muchas
veces Julio sugirió que sería estupendo quedarse toda la noche
platicando y escuchando música hasta que las ganas de dormir
nos ganasen. En el sentido más literal de la palabra, él quería
dormir conmigo. La idea me gustaba pero, sabiendo los riesgos
que ello podía implicar a mi pudor, siempre le decía que no
pretextando torpemente cualquier
estupidez. La verdad es que me apenaba mucho el asunto, pues al
pobre nunca le bastó con una de mis no tan sutiles negativas.
Él realmente tenía ganas. Y yo entretanto maldecía la suerte
de mi entrepierna, que me robaba la promesa de momentos gratos.
El
agua caliente se terminó, cerré las llaves y me quedé aún un
momento gimoteando y temblando bajo la regadera. Algo más
tranquilo, finalmente salí. En mi cuarto aún estaba Julio,
recargado sobre la puerta. Tragué un buen cuajo de pena, sabía
bien lo ridícula que había
sido mi reacción histérica. Julio tenía
la preocupación en sus ojos. Silencio. Me siento en la
cama dándole la espalda y no puedo evitar volver al gimoteo y
las lagrimas. Mi amigo se acerca entonces y me pide disculpas y
me pregunta, como si no hubiese visto lo que vio, que por qué
me había enojado tanto. Yo, por supuesto, callé y no di
explicación de mi ridícula conducta. Ante mi mutismo Julio me
anima y me tira el rollo de que entre amigos no debe de haber
vergüenzas y bla bla bla. Me chiquea y sigue tratando de
convencerme de cosas que yo ya bien sé. Dice que en verdad que
no entiende el por qué me he enojado tanto. Le digo que viendo
lo que vio no hay necesidad de explicaciones. Él me pregunta
que qué es lo que vio, cómo si en verdad no hubiese visto nada
de particular. Le digo que no se haga el pendejo, que la
naturaleza, o Dios o la vida o lo que chingados sea, ha sido una
hija de su puta madre conmigo y que vea cómo teniendo la edad
que tengo aún me tiene con un huevo de niño. Él me dice que
no me preocupe, que ya crecerá, que al fin y al cabo lo que
importa no es el juguete sino el juego. Me dice que él está
igual que yo y para demostrármelo se desnuda la entrepierna
frente a mí. Es verdad, yo ya me lo sospechaba así viendo que
no formaba apenas paquete en sus pantalones; pero miente, su
situación no es tan crítica cómo la mía, él ya tienen
algunos pelillos en el pubis y sus bolitas son más grandes que
las mías, creo que con su pene acontece también la misma
diferencia. El cariño que me ha mostrado Julio termina por
serenarme, recurrimos a la broma, su desnudez ha sido un fantástico
regalo de los dioses y su generosidad me concede que mi pajarito
está más bonito que el suyo. Al final siento un gran alivio.
Ha sido toda una experiencia.
Creo
tener un bonito cuerpo y a casi todo el mundo nos gusta exhibir
lo que creemos que hay de bueno en nosotros. Mis deseos
exhibicionistas vivían orillados por un pudor obligado por las
tristes circunstancias de mi entrepierna. La verdad es que creo
que nunca le hubiese puesto mucha atención a lo lindo de mi
figura si no hubiera sido por lo que me decían los otros y las
otras. Recuerdo que en la secundaria había tres o cuatro chicas
que me lo decían, que yo tenía buen cuerpo y que les gustaban
particularmente mis nalguitas y hasta se daban el permiso de
tocarme. Y yo encantado con ello. Era juguetón con ellas y las
complacía bailando y moviendo cachondamente las nalguitas. Era
juguetón, pero también, creo y ahora lo sé, inocente. Me
parece que las chicas se traían algo más de lo que yo
imaginaba. También había primas y tías que me comentaban de
mi buena figura. Me gustaba verme desnudo en el espejo, lo
disfrutaba enormemente; claro, siempre y cuando de alguna forma
consiguiera ignorar lo que había en mi entrepierna, porque
muchas veces en que me detenía a observarla el gozo se me venía
abajo y me visitaba la depre, la desesperación. Una vez más el
huevito me aguaba la fiesta.
El
incidente de la ducha logró perforar mi pudor, a partir de él
mis pulsiones exhibicionistas tuvieron al menos una oportunidad
con mi amigo Julio, Si nos habíamos visto ya una vez desnudos y
ello había sido liberador y divertido, bien podríamos hacerlo
un millón de veces más. Siempre en la intimidad de mi cuarto,
comenzamos a pasearnos desnudos uno enfrente del otro. Conocimos
la erección del otro y todo ello acentuó nuestra amistad. A
Julio comenzó a ganarle la manía de jalarme el pájaro y
tocarme la nalga. Yo era menos atrevido y no lo imitaba, además
de que para mí era
del todo incomprensible el hecho de que, siendo varón, Julio
llevase su mano a mi entrepierna con tal desparpajo, como si el
jueguito fuese lo más normal del mundo. Sabía que mi amigo no
era el único con semejante maña pues, muy a menudo, mientras
jugábamos al fútbol, los chicos se lo hacían todo el tiempo
los unos a los otros y
yo me cuidaba de que ninguno de ellos me tocará, por deducibles
razones. La idea de tocar la entrepierna de Julio no me daba
asco, pero algo irracional y aprendido desde la más temprana
infancia me lo hacía inconcebible. Yo me decía que Julio
era como los otros, simplemente algo más loquito que yo,
que posiblemente no le habían inculcado
con tanta fuerza cómo a mí el instinto de rechazo hacia
el pene de los otros.
Empezamos
también a jugar luchitas, así, desnudos, jugando a ignorar el
placer carnal que nos producía el fuerte roce de nuestros
cuerpos. Mi pene resbalándose por el costado de uno de sus
muslos, el suyo apretándose contra mi espalda, su bello rostro
peleándose con mi pecho, sonriéndome. Teníamos cuerpos de niño,
éramos niños, nos convenía creernos que éramos niños, que
nuestros juegos eran en verdad juegos del todo inocentes, que al
menos el otro los vivía así y que ello nos salvaba a ambos.
Para alejar al acalambrante fantasma de resultar ser todo un
mariconazo bastaba con imaginar, ante la contundencia del propio
placer, que el otro no encontraba en el juego otra cosa que no
fuera pura, llana e inocente diversión.
Vuelvo
a repetirlo, Julio era el atrevido y yo sólo le seguía
entusiasmado y feliz en sus juegos, que por cierto llegaron
hasta el justo límite en que uno aún podía engañarse y creer
que no eran lo que, a ojos menos temerosos, evidentemente
eran.
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