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Lo conocí en el verano del 90, cuando ambos teníamos quince años. Menudito, cabello negro, tez blanca y los ojos más hermosos que he visto en mi vida. Sin saberlo yo, me gustó desde aquella noche en que le ví por primerísima vez. Esa noche, como casi todas, la pandilla se había reunido para ir a jugar fútbol en la cancha de la unidad habitacional cercana. Julio -así se llamaba el chico de quien más tarde me enamoraría- iba con nosotros y al verlo dentro del grupo me pregunté si sería posible que el guapo desconocido fuera el insospechado primo de alguno de mis habituales compañeros de juego, que venía a pasar unos días de vacaciones en casa del susodicho primo. Con el contraste que hacía su belleza la verdad es que era para dudarlo, pero así resulto ser, era el primo de "el sonrics", un cándido morenito que hoy día me haría morderme el labio inferior del puro deseo.

 En la primaria mi apodo eterno fue "el chiquis", siempre fui el más bajito de los distintos grupos en que estuve. Crecí despacio. A los quince años yo todavía no entraba a la pubertad, no tenía un solo pelo en el pubis, fácilmente podía mentir sobre mi edad y decir que tenía trece, o aún doce años. Julio se encontraba en una situación muy similar a la mía, también lucía menos años de los que en realidad tenía.

 Esa noche Julio me impactó con su belleza y se ganó toda mi simpatía por la habilidad y el entusiasmo con que jugó al fútbol. Jugaba estupendo para tener, ¿qué?, ¿doce o trece años?

A excepción de Marcos, que siempre fue un gran amigo, yo no me llevaba bien con el resto de la pandilla. Había diferencias entre nosotros que no me perdonaban y que trataban de hacerme pagar. Siendo apenas  un chaval perteneciente a la clase media era yo el riquillo de la cuadra. Mamá tenía un negocio propio que nos daba para vivir pasablemente bien. Que mi condición económica fuese menos triste que la de ellos les enardecía y se sobaban así mismos intentando creerse cosas como la que canta el Chente Fernández en una de sus canciones: eso de que "la pobreza es un abismo profundo pero está cerquita del cielo". O sea, que las más altas virtudes humanas son planta que sólo se da en las tierras de la pobreza y que la gente riquilla como yo (ja-ja) no merecemos la amistad de tan valiosos corazones. Vaya pues, que todos ellos se conocían al dedillo y estaban aleccionados por las películas del ídolo de México, Pedro Infante.

Nos despreciábamos mutuamente. La diferencia entre ellos y yo era que mis sentimientos eran muchos más sólidos y uniformes; nunca les envidié y nunca les admiré.

Seguramente que Julio desde esa primera ocasión se dio bien cuenta de que yo no formaba parte del grupo. Mi amigo Marcos,  un año menor que yo, también las pagaba por el afecto que me tenía. Mi vida puede estar atiborrada de apreciaciones erróneas, pero si acaso hay una que no lo sea esa es que juego muy pero muy bien al fútbol. Lo juego con una habilidad que por instantes me sorprende y con un furor que lo es casi todo. Bien puedo ser una persona gris, pero jugando al fútbol en verdad me siento brillar.

Parafraseando a ¿Borges?, yo diría que en aquella noche la chispa de la simpatía estalló entre Julio y yo. "Cuando dos personas se miran y se reconocen, el universo cambia". Y ciertamente fue así, a partir de aquel día el universo de nuestras vidas fue más luminoso y colorido.

Vinieron más noches de fútbol que sirvieron para que poco a poco Julio y yo nos fuéramos acercando hasta volvernos  prácticamente inseparables. Julio me atraía básicamente con su belleza y pienso que yo le atraía a él por mi personalidad. Nuestras culturas eran diferentes. De muy pequeñín tuve a una tía profesora en casa que me enseño a leer y escribir a temprana edad, lo que me facilitó las cosas cuando ingresé al primer año de primaria. No me fue en lo absoluto difícil ser el primero de la clase, y tan fácil era que me acostumbré a ello.

 
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