| Desde el corazón |
| DE NAVEGANTES ESCRITORES |
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| LA
IMAGEN DEL ATARDECER
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Otra vez se me hablaba de Dios, y tuve que
retirarme a mi silencio. Esa noche lloré de rabia por tu distancia, mojé
mis ojos por la vergüenza de no saber quién era yo mismo, y gemí en
silencio bajo la penumbra. Los días pasaban como si no fueran nada y las
noches seguían llegando después de cada tarde. Me quedé con las manos
secas y las noches se me hicieron amargas. Me quedé con los pies cansados y
los ojos tristes frente a la tarde. Me quedé con la oscuridad inmensa de tu
cuerpo ausente. Ya no habría noches para compartir contigo, ni habría un
silencio para decirte que te amo. No vendría más tu lengua tibia sobre mi
pecho, ni tu vientre cubriría mi espalda contra el frío de esa vida añeja.
Tampoco pude seguirte, pues la mirada de nuestro padre caía pesada sobre mí.
Su silencio se hizo grave; las conversaciones a las horas de comida se
acabaron. Nuestro padre se hundió en un gesto amargo, pero no fue capaz de
mirarme con reproche, sino, en cambio, me brindó el consuelo de su compasión. Nadie llegó en esos días y la mirada de
nuestro padre se hizo como ausente frente a mí, hasta que un día otros
ojos me miraron; otros ojos que de pronto aparecieron. ¿De dónde vino
ella? Era tan distinta a nuestra casa antigua. Sus ojos miraban tan
diferente a los nuestros. ¿De dónde llego? Su piel, medio tostada, me
hablaba de otro lugar que no era el de nuestras triviales conversaciones, ni
de nuestras secretas frases de amor; tampoco era del lugar de nuestro padre:
ni siquiera su cabellera oscura era tan oscura como la de ella. ¿Por qué
su risa era tan vivaz y tan llena de gracia? ¿Por qué sus visitas me
envolvieron de paz y por qué nuestro padre gustaba tanto de escuchar sus
relatos? ¿Será que sólo una mujer puede envolvernos de esa forma? No
niego que me sentí atraído por sus conversaciones y por la forma en que
sus manos reposaban sobre nuestra mesa después de comer. Bárbara era su nombre: tan lejano al nombre de
todas las mujeres del pueblo, y tan distinto a las palabras que a menudo
sonaban en la boca de nuestra gente. Ella me acariciaba los cabellos con una
suavidad tan extraña para mis manos, tan sutil y tan lenta, que me
recordaba al movimiento de los girasoles que acarician la luz del sol. Había llegado a vivir al pueblo hacía muy
poco. Nuestro padre conoció a sus padres y supo que sus intenciones para
con ella eran las mismas que él tenía para conmigo. Nuestro padre entró
en su casa y con su gentileza conquistó su confianza para mí. Por mi parte
no pude resistirme a su gracia y sinceridad, pues la verdad era su mayor
virtud. Ella adormeció la imagen de tu lejanía y sus
padres me coronaron de atenciones y cortesías. Muchas tardes disfruté de
un café caliente en la mesa de ellos; y muchas tardes se me hicieron noche
conversando con ella. Te confieso con dolor, hermano, que hasta me sentí
alegre por ver llegar a mi vida tanta gente nueva que me obsequiaba con sus
atenciones. Inclusive sus vecinos se acercaban a felicitarme por la
conquista que, según ellos, yo había realizado. Tal vez muchos me
envidiaron por poseer la belleza y la alegría de una muchacha que pronto
sería mi esposa; pues en eso se convertiría Bárbara. Más tarde ella y yo nos encontramos paseando.
¡Cuántas veces me llevó hacia el bosque de eucaliptos! Y ella, riendo, se
prendía a mi brazo diestro para dejarse conducir. Pero yo sabía que era
ella quien me llevaba junto a los árboles, y junto a ellos me hablaba otra
vez con su voz sencilla. Desde aquellos días nuestro padre cambió.
Volvió a sonreír al verme junto a ella; volvió a gustar del vino en las
comidas, y volvió a fumar en su pipa como lo hacía cuando tú eras niño.
Pronto dejó de hablar de ti, y tu recuerdo quedó prohibido. Sólo Bárbara
fue el centro de nuestras vidas. Si algún vecino me detenía en los caminos
no era para preguntarme ni por mi vida ni por la de ella, sino por el día
del matrimonio. Nuestra casa se llenó de gente cada día. Nuestro padre dio
cenas y almuerzos en honor a la unión que pronto enlazaría dos vidas. El
tiempo comenzó a pasar muy de prisa, y pronto la fecha fijada fue acercándose
a gran velocidad. ¿Qué pensaba yo de todo eso? ¿Qué pensaba
yo de la unión que pronto me uniría con ella frente a los ojos de ese Dios
que hace tantos años dejé de amar? Si tú me lo preguntaras no sabría qué
responder, pues no hubo pensamientos que me ocuparan la mente; sólo me vi
dirigido por el poder de un mandato. ¿Te imaginas, hermano, nuestra casa llena de
fiestas? Sé que te parecerá difícil creerlo, pero así fue. Su familia y
nuestro padre anunciaban públicamente el nuevo compromiso que los llenaría
de felicidad. A la fiesta de compromiso acudió alguna gente del pueblo,
luciendo sus insólitas sonrisas, cual una máscara de carnaval sobre sus
rostros grises. Se abrieron botellas de vino antiguo, se sirvieron carnes
asadas y por todos lados recibí mil bendiciones. Ante tanta algarabía
llegué a creer que, a pesar de todo, sería bueno vivir como nuestro padre
lo había hecho. A la mañana siguiente Bárbara me tomó de una
mano y me llevó a la cumbre de la montaña para ver el valle. Su rostro tan
alegre me miró iluminado por la dicha; sus manos acariciaron mi rostro y me
dijo: —Pronto seremos uno solo. Ya no tendremos que
tomarnos de las manos para estar unidos, pues un lazo más fuerte y perenne
nos juntará. A través de los años seguiremos siendo uno solo; aun cuando
los hijos vengan a coronar con sus risas nuestro futuro. Y este valle, que
te ha acompañado desde tu niñez, será el campo que ellos mismos mirarán. Bárbara se abrazó a mi pecho y juntó los párpados.
Yo quise abrazarla con ternura, pero sólo pude poner mis brazos alrededor
de su espalda sin sonreír. ¿Y sabes por qué, hermano? Porque miré el
pueblo en mitad del valle con mis ojos y no con los de ella; y allí no pude
ver ni a mis hijos, ni a mis días futuros. ¿Qué lazo nos uniría?, pensé
yo; ¿dónde estaba esa mano que nos convertiría en un solo ser? ¿Sería
la mano de Dios, quizá, esa divinidad que en mi niñez disipó los temores?
No cabía duda de que así sería y de que yo tendría que aceptar frente a
un altar unir mi vida con la de ella. Recordé, entonces, las palabras que
uno de nuestros vecinos me dijo durante aquella fiesta: —Has elegido muy bien. No hay en este pueblo
joven más hermosa que tu novia. Se ve en sus ojos que es una mujer pura y
que te amará por sobre todo. ¡Ya quisiera que tu suerte fuera también la
suerte de mis hijos! Fue en ese instante, hermano, cuando realmente
vi a Dios y supe que no era el cielo su morada. Dios era cada rostro que me
miraba: el de nuestro padre y los de los padres de Bárbara que, portando el
miedo de sus vidas gastadas, querían gastar mi vida también. Entonces no
tuve miedo; tomé a Bárbara por los hombros, con gratitud besé su frente y
le dije que se me hacía tarde. Ella pensó que la fatiga me invitaba a
dormir y también se despidió. Bárbara volvió a su casa y yo, a al mía.
Esperé que las sombras me cubrieran y busqué las huellas que tu lejanía
me había dejado. Viajé por sobre nuestro padre, por sobre aquel
compromiso que mi alma nunca aceptó, y viajé por sobre tanta gente que me
creía feliz. Anduve kilómetros de campo, de pueblos y de cemento hasta que
las calles de una ciudad me señalaron el sonido de tu vida. Así volví a
ver tus ojos, hermano amado; volví a estrechar tus manos y a ceñirme de
nuevo contra tu pecho de hombre tierno. Pude irme hacia otro mundo, Antonio. Ellos me
habrían dado su sonrisa y ella, su amor sincero. Pero no habrían estado
conmigo siempre, pues sólo tú sabes del llanto de mi alma oscura cuando el
fin del día vuelve a mostrarse. Sólo tú puedes venir a mí bajo la
penumbra y cobijarme en un abrazo ante la imagen del atardecer. FIN
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