| Desde el corazón |
| DE NAVEGANTES ESCRITORES |
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Esa tarde esperé ansioso tu llegada, pero al
abrirse la puerta sólo nuestro padre entró. Tú no habías venido, pues él
te había encomendado un viaje que te alejaría de mí hasta el día
siguiente. ¿Qué piensas que me ocurrió, Antonio? ¿Crees que mis ojos se
entristecieron? No. Quizá hoy hubiera llorado, pero entonces, a pesar de mi
niñez, me sumí en un silencio dulce. Fui a tu pieza, me senté sobre tu
cama y allí, sin más acompañante que tu recuerdo, vi el atardecer a través
de tu ventana. Sin miedo vi ponerse el sol, sin miedo vi llegar la sombra, y
sin miedo contemplé el silencio de las estrellas. Al día siguiente, con dos horas de retraso,
por fin regresaste. Diste a nuestro padre las noticias de tu viaje, y él te
felicitó por cumplir tan exitosamente su encargo. Pero a mí no me
importaba eso. En cuanto él se hubo dormido yo acudí a tu pieza y me aferré
a tu cuello. —¿Dónde fuiste? —te pregunté. —A la ciudad. —¿Cómo es la ciudad? —pregunté extrañado. Tú te habías metido en la cama y me sentaste
en el borde de ella; cogiste mis manos y me contaste de las grandes casas
cuyas fachadas habías visto; me contaste de las calles pavimentadas, de los
automóviles y de las ropas que allí usan las personas. Sin embargo nada de
eso me sorprendió vivamente pues fueron tu voz alegre y tus manos tibias
apretándome, las que me conmovieron. Entonces me acerqué a tu pecho y
comencé a llorar. —¿Qué te ocurre? —me preguntaste
sobresaltado. Yo no podía contestarte porque el llanto me
cerraba la garganta; entonces te miré a los ojos y vertí mi llanto con la
sonrisa más sincera que puede tener un niño. Así fue como supiste que no
era el dolor lo que me conmovía, sino la dicha de tenerte. Enternecido por
mis sollozos me tomaste entre tus brazos y suavemente me dejaste sobre la
cama. Las sábanas cayeron dejando sin resguardo tu piel. Desnudo te
tendiste sobre mi cuerpo pequeño. Tus rodillas se estrecharon contra mis
pies, y tu torso arqueado me cobijó sin tocarme. Yo alargué mis manos
hacia tu pecho teñido con el sudor del día y tú me acariciaste el rostro
mientras me contemplabas con esa ternura triste de ocaso. Entonces miré
cada parte de tu belleza ante la flama tenue de la vela: allí estaba tu
vientre abultado, tu cintura ancha y tu sexo grande. ¿Por qué me tendiste, hermano, bajo tu
cuerpo? ¿Querías, acaso, cobijar en mí al niño solitario que un día tú
mismo fuiste? Allí me acariciaste los cabellos y besaste mis manos. Y te
confieso que no temí de tu desnudez, pues ella era tan frágil como la mía.
Yo también besé tus manos, Antonio, y busqué tus cabellos para hundir allí
mi rostro y respirarlos. ¿Recuerdas, hermano, nuestras caricias? Yo no
las he olvidado. ¡Cuántas veces, siendo niño, corrí por la noche hacia
el calor de tu cama porque tus brazos me aguardaban para cobijarme! ¡Qué
sabía yo de las normas que los hombres le habían puesto al amor! ¡Qué
sabía yo si nuestros abrazos eran prohibidos o no! Para mí nunca lo
fueron. ¿Cómo podían serlo si en mitad de la noche silenciosa aparecías
tú como una melodía alegre y como una luz cegando mis temores? ¡Cuánto
amé tu cuerpo de hombre joven y cuánto recordé tu olor aún después de
que el día nos separara! Muchas noches me presenté en el umbral de tu
puerta. Tú me preguntabas por qué me quedaba allí parado sin entrar.
Entonces yo me acercaba lentamente a tus brazos extendidos que me esperaban.
Toqué muchas noches tu desnudez y muchas noche me desvestiste para
acariciar mi cuerpo de niño. ¿Qué maldad había en eso?, me pregunto
cuando los hombres juzgan y sentencian sobre lo que no han vivido. Ni siquiera nuestra madre conoció mi cuerpo
como tú, y quizá nadie, aun ahora, haya sido tan dichoso bajo el aroma
limpio de tu piel. Creo en ello pues sólo un niño puede cobijarse en un
hombre de la misma forma como el hombre lo hace bajo la inmensidad del
cielo. Fuiste mis noches, Antonio. Nada me enseñaste
que yo no fuera descubriendo entre tus brazos. Aprendí a tocarte
lentamente, y lentamente mis labios llegaron a saber del beso. Y sólo al
besar tu boca supe de la plenitud y desterré la soledad. Soledad por
nuestro padre viviendo tan ausente de nosotros. ¿Dónde estaban entonces
mis temores? Muy lejos, quizá. Una tarde, mientras paseábamos me dijiste: —Antes de irse, nuestra madre me pidió que
cuidara de ti. Y sé que eso es lo que he hecho, pero no como ella hubiera
querido. ¿Será pecado quererte así? Me lo preguntaste aquella tarde y muchas otras
también, pero mi respuesta fue siempre la misma. Si tus ojos tristes se hacían
tiernos ante mi mirada, y los míos hasta lloraban en el jolgorio, ninguna
sombra podía haber en nuestro beso. El aire tibio de la primavera entraba por la
ventana con los olores más frescos que tú y yo tanto amábamos: el de las
hojas nuevas; el de la tierra húmeda; quizá el de las semillas volando y
tantos otros que ahora he olvidado. Olores, en fin, de los que el invierno
nos privaba para cubrirnos con lluvias y días rancios. Pero no pienso en el
invierno ahora, sino en ellas: en nuestras primaveras, que a los besos
renovaban y a la desnudez embellecían. —¡Cómo ha cambiado tu cuerpo desde la
primavera pasada! —me dijiste un día susurrando, mientras tus labios
exploraban la piel que me desnudabas. —¿Cómo puedes recordar mi cuerpo de un año
atrás si sólo ayer lo viste? —te pregunté. —Porque ayer no había llegado este viento de
primavera —me respondiste. Y era verdad: ¡cuánto podía cambiarnos una
simple brisa y un sol más templado que acaso quemaba! —Mi niño hermoso —me dijiste—, mi
hermano. ¿Cómo podría dejar de amarte? Y yo, con palabras verdaderas, te llamé hombre
tierno, cual si la misma primavera te hubiera llamado así; y en la
hermosura de nuestra tristeza abandoné mi cuerpo al silencio de tu
resguardo. Sobre tu cama el sol proyectó los marcos de la
ventana; y bajo ese rayo cálido besé tus pies y cada uno de sus dedos. Tal
vez quise conocer en ellos todos los caminos que habían pisado y cada
hierba que habían tocado. Besé tus largos pies, acaricié sus plantas
sonrosadas y las templé con mis mejillas. Quizá tus manos me parecieron
bellas, pero no más que esas plantas, pues sólo ellas habían conocido la
pesadumbre de tus huesos. Antonio, mi amado hermano, los años de mi
juventud pasaron para que mi espíritu, aún de niño, se diera cuenta de
que un hombre puede esperar la vida entera el amor de otra persona sin
llegar nunca a obtenerlo. Pues ¿qué poder tenemos para pedirle a la suerte
que nos entregue el amor? Sin embargo la suerte nos hizo vernos en este
mundo de almas ciegas. Fueron noches y días en los cuales, durante un
abrazo, conocimos la bendición de tenernos. Tú y yo, dos hombres solos, éramos
el uno para el otro la fuente más grande de la existencia; y, más de
alguna vez, fuimos el motivo único para seguir en pie. Tú y yo pudimos
ser, acaso, más grandes que simples hombres. Allí, en la calma de tu pieza
o en la mía; allí, sobre la cama o abrazados junto a la ventana sentíamos,
hermano, que el mundo era pequeño como pequeño era el espacio entre
nuestros pechos. Sólo tú, hermano, fuiste mi refugio irremplazable. Contigo volví a trasponer la montaña. Allí
nos esperaban los árboles y ese río sonoro. La frescura del paisaje nos
convertía en dos seres aún más únicos de lo que éramos, porque cuando
hablabas, el paisaje recogía tu acento pausado y sabio y lo hacía resonar
contra el viento y el correr de las aguas. ¿Y cuando yo hablaba, ocurría
lo mismo? ¿Sentías mi voz más libre de lo que yo anhelaba que fuera? ¡Hermano
mío, compartimos días y tardes tan suaves tras las montañas! ¡Cuánta
paz pude sentir cuando, sin hablarnos, nos entendíamos más que en otros
momentos! A veces pasábamos los días enteros en aquel refugio, el cual
nadie más visitaba. Tú y yo nos envolvíamos de quietud y, a veces, me
tomabas de una mano para caminar conmigo. Gracias di a los días que nos cobijaron junto
al río; inclusive le di gracias a los días de invierno que nos esperaban
con viento helado y con lluvia, pues ni siquiera ellos nos impidieron pasear
abrazados; y, abrazados, besarnos en mitad del frío. Tu rostro y el mío; mis manos y las tuyas
fueron lo único que por mucho tiempo pudimos ver en nuestra intimidad. Pero
una tarde regresé de la escuela a nuestra casa y tú no estabas. Sin
embargo nuestro padre ya había vuelto de su trabajo. Me le acerqué y le
pregunté por ti. Él estaba taciturno y silencioso sentado en su cama. —Tu hermano se ha ido —me respondió—. Y
no preguntes más por él porque no volverá. Hace mucho tiempo dejaste de
ser niño, y tienes que enfrentar la vida tal como ella es. Y eso no podría
ser si Antonio siguiera a tu lado. Entonces bajé la mirada y supe cómo los ojos
de un padre pueden ver, inclusive, el secreto más oculto de un hijo. —Antonio encontrará una vida verdadera en
otro lugar —prosiguió él—, y tú, aquí, harás la vida que te
corresponde; pues la soledad de esta montaña jamás será razón para
transitar por un camino equivocado. Con palabras tímidas traté de explicarle lo
que el amor era para mí, y también le pedí que te hiciera volver, pero
sus oídos se hicieron sordos. —Yo sé por qué lo he hecho —repuso él—. Ya verás que con el tiempo se limpiará tu alma, y tus ojos podrán gozar de la luz verdadera del amor. Rézale a Dios, hijo, y no dejes que la soberbia y la maldad hagan nido en tu pureza.
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