Desde el corazón
DE NAVEGANTES ESCRITORES

LA IMAGEN DEL ATARDECER 

Página 2/4

 

Poco a poco fui acercándome a la sombra que tu cuerpo proyectaba: ya fuera mientras paseabas por nuestro patio amplio, o cuando reposabas bajo algún árbol. Recuerdo que empecé a visitar tu pieza durante la mañana después de que te ibas. Veía tu cama desordenada y me sentaba en ella pensando que tú estabas ahí. En verdad estaba tu humedad flotando en el ambiente y tu olor, metido entre las sábanas. Eso fue lo primero que pude sentir de tu existencia. Algunas prendas, desparramadas por el suelo, me hablaban de ti. Así fue como presentí que también tú eras un hombre solo; y créeme, hermano, cuando te digo que por tu soledad comencé a admirarte. Me preguntaba en esos momentos qué hacías tú cuando la noche llegaba; me preguntaba qué fantasmas te atormentaban (si es que tú tenías fantasmas), y me preguntaba si también tú, le rezaste a Dios cuando fuiste niño.

Las horas del día me inundaban de soledad y ya nada me distraía: simplemente me quedaba en tu pieza porque estaba repleta de esa paz que calma el espíritu. Pudiste llegar a los veinte años conservando el porte de la serenidad y la voz de la templanza; y no cambiaste nada de aquello aun con las horas que el trabajo le quitaba a tu vida.

Pero una tarde, como tantas otras que yo vivía, quise saber quién eras tú bajo el ocaso; entonces me dirigí a tu pieza lentamente; tal vez espiándote sin saberlo. Quedé tan confundido al verte, pues tu imagen no era la silueta de hombre que yo recordaba al verte junto a nuestro padre. Habías entrado lentamente después de tu jornada y te desplomaste sobre tu cama para buscar el sueño. Quizá te creías solo, mas yo te espiaba por entre las bisagras entornadas de tu puerta. Allí, con el rostro vencido, te quitaste los zapatos para quejarte en silencio: tus pies polvorosos se retorcieron lastimosamente de dolor. Tus piernas largas y robustas me parecieron dos árboles derribados cuando te quitaste los pantalones. Luego te recogiste como un niño que nace, y exhalaste tu aliento agrio y respiraste después en busca de un aire renovado. Sin embargo tus sábanas eran las mismas de otros años; tu almohada no cambiaría; tus zapatos se harían más viejos en cada jornada; y la tierra no mudaría su dureza para trabajarla. ¿Qué miraban tus ojos en ese instante sino era la flama de una vela tan anciana como la que alumbraba en mi velador? ¡Cuán errado estuve al creer que sólo un niño puede dolerse de sus músculos flagelados! A mis ojos tú ya eras un hombre y no escondías ante ti mismo tu dolor como nuestro padre lo hacía; si esos músculos cansados te dolían, los pliegues de tu frente lo acusaban. Recordé, entonces, las manos de nuestra madre que acariciaban mis pies dolidos cuando regresábamos caminando desde el pueblo. Recordé sus manos vivas que en verano me bañaban con el agua recién sacada del pozo. Y, al verte así, hermano, quise confortarte como ella lo hacía conmigo; sin embargo lo sombrío de tu mirada y las tinieblas de aquella pieza me intimidaron. Una taza de leche se había enfriado entre tus manos, y tus ojos no brillaban con la calma de siempre. Entonces me acerqué a ti y, al igual que cualquier niño, te di una sonrisa cuando me miraste. Tú intentaste parecer alegre, pero sólo una mueca cruzó tus labios. Después volviste a mirar el atardecer: tan triste estabas que, súbitamente, me vi a mí mismo en tu silueta, como si tus ojos fueran los míos mirando el fin del día. De pronto tus labios se despegaron y hablaste con voz taciturna. Sólo ahora, con la distancia del tiempo, he podido reconstruir en mi mente las palabras que pronunciaste y que yo no comprendí.

—A veces no sé para qué estoy aquí —me dijiste, tal vez—. Todo esto es tan inútil: inútil levantarme; inútil ir a trabajar; inútil volver a esta casa a dormir. ¿Para qué hacerlo? ¿Qué hay después de cada día? ¡Ay, hermanito, sé que es muy temprano para hablarte de esto, ahora que tu alma es bondadosa todavía! Tú no entiendes lo que siento: aún te quedan años para seguir viviendo la dicha en medio de tu inocencia.

Es cierto: en ese momento no las comprendí, pero mi alma pequeña supo ver la angustia de tus ojos y el pesar de tu semblante. Esa tarde, copiando los gestos de nuestra madre, te besé en una mejilla queriendo consolarte. Tú sonreíste con dulzura y, enternecido, me acariciaste el rostro. Luego me devolviste el beso, poniendo uno sobre mis labios; me deseaste buenas noches y me aconsejaste que durmiera. Esa tarde te dejé solo y fui a mi pieza para meterme en mi cama estrecha.

La tarde transcurrió morosamente, como siempre, pero algo extraño pasó en mí: no fue angustia ni fue miedo lo que surgió en mi pecho; sino, por el contrario, me llené de un regocijo inmenso pues mi hermano, quien antes me pareció tan lejano, había puesto un beso en mis labios. Y con ese beso me hablaste de una soledad que ni estas palabras podrían reproducir. Entonces me cobijé colmado de paz entre mis sábanas hasta que el sueño me adormeció.

Fue esa tarde cuando nuestros ojos se miraron verdaderamente; no hay duda de ello, pues de no haber sido así, la habría olvidado como a tantas otras. Y fue esa vez cuando nuestros labios de tocaron verdaderamente, pues, aunque muchas veces habías besado los míos, jamás habías puesto en ellos el calor que esa tarde colocaste. Al día siguiente desperté en la misma montaña; pero con tu beso en mis labios ella me pareció más viva, y más luminoso el cielo que otros años. Creo que no entendí lo que ocurría en mí, sólo me dejé transportar por la dicha de aquel recuerdo: tus ojos, tus labios, tus manos en mi rostro y la penumbra que nos envolvía.

 

 

 

 

ISLA  TERNURA NAVEGANTES ESCRITORES RINCONES AMABLES