Desde el corazón
DE NAVEGANTES ESCRITORES

 

LA IMAGEN DEL ATARDECER

por Crepúsculo

 

—¿Por qué ahora el sol no está? —le pregunté una noche a nuestra madre, mientras me acostaba.

—Porque la noche se ha hecho para dormir —me contestó.

—¿Quién la hizo?

Ella sonrió al mirarme quizá extrañada por mi pregunta; pero como aún mis manos eran las manos de la infancia, me respondió con gentileza:

—Dios la hizo; así también al sol, a la tierra y a nosotros.

Entonces sonreí de gozo al pensar que había alguien más grande que ella y nuestro padre que lo había creado todo.

—No me gusta que la noche sea así —le expliqué—. Tengo miedo de no ver nada.

—Si quieres, te dejaré esta vela encendida mientras te duermes.

—No alumbra como el sol, y tengo miedo.

—No hay de qué temer —me dijo ella—: tu hermano duerme en la otra pieza, y yo estaré junto a tu padre. Pero si le rezas a Dios, él mismo estará a tu lado.

Nuestra madre me enseñó a rezar y yo recé cada noche para que la oscuridad no me envolviera de angustias. Entonces, como un prodigio de lo invisible, un hálito de paz me cubría y me adormecía hasta dormir. Después supe que ese hálito era un enviado de Dios llamado el Ángel de la Guarda.

Al igual que tú, hermano, crecí en esa montaña lejos del pueblo, junto a nuestros padres y a nuestros animales. Cada mañana veía el mismo valle tenderse ante mi vista, y divisaba tenuemente el pueblo en medio. Pero nuestra montaña era mi hogar; allí el silencio armonioso de los días nos cobijaba y acompañaba tus labores y las de nuestro padre en la tierra. Muchas horas viví junto a nuestra madre. Mi cabeza no alcanzaba más altura que el principio de su falda, y desde allí la acompañaba a recolectar la leña para encender el fuego. Subíamos la montaña y la trasponíamos si era necesario. Y si el cansancio nos alcanzaba en mitad del camino, bajábamos al río en busca de su frescor.

—¿Por qué cuando hace calor los árboles tienen hojas, y cuando hace frío se les caen? —le pregunté una mañana, mientras reposábamos junto al río.

Ella me acarició los cabellos y me habló del verano y del invierno, cual si ellos fueran ángeles que volaran sobre la tierra. Ella besó mi frente, me estrechó contra sus pechos, y no tuvo que hablar para explicarme lo que era la ternura. Esa mañana ella me quitó las sandalias, metió mis pies en el río y los lavó del polvo y del dolor; pues aunque yo no lo dijera ella sabía que el subir la montaña me había fatigado. ¿Te acuerdas de su rostro, Antonio? Quizá no era tan distinto al de otras madres que vivían en el pueblo, pero sí fue el único rostro que secó mis pies entre sus manos y que los besó antes de volver a calzarme las sandalias.

Después volvíamos a nuestra casa y ella cocinaba para esperarlos a ustedes a almorzar. Al mediodía regresaban con los zapatos ajados y las manos sucias, pues ése era el precio de trabajar la tierra. Tú le comentabas a ella cada anécdota del trabajo con tu voz templada de joven, y ella te escuchaba con esa paz que se llamaba amor. Nuestro padre casi no hablaba, pero estaba pendiente de que nada nos faltara para vivir en la montaña. Después de almorzar, tú y él regresaban al trabajo, y ella y yo volvíamos a quedarnos solos.

Así de sencillos parecían los días de mi infancia porque cada hora tenía su significado junto a ella y había una labor en qué acompañarla. Pero llegó el año sombrío en que sus ojos comenzaron a mirar menos hacia el valle y buscaron el reposo durante el día. Su cuerpo comenzó a cansarse y ya no pudo lavar mis pies. Sus manos se empezaron a recoger sobre su pecho y un dolor muy hondo en su pecho la fue cubriendo.

Así como las lluvias caen sobre la tierra y borran nuestros pasos en los caminos, así también el silencio cayó sobre ella y apagó la última tibieza de sus manos.

Tú y yo, junto a nuestro padre, salimos de nuestra casa y bajamos la montaña hacia la tierra silenciosa. Allí el sepulturero cavó una fosa, y con un beso la despedimos. Ella se había dormido, según me dijiste, y jamás sabría ya de nuestras vidas. Tú y yo le dejamos flores, y nuestro padre, una oración. Tú y yo le dejamos nuestro llanto, y nuestro padre, su silencio. Ni una lágrima tocó sus ojos, ni temblaron sus manos al orar. Tu pecho de joven se estremecía, y mis manos de niño se apretaban de angustia contra mis labios. Frente a nosotros el sepulturero cubrió la fosa y, calzando sus sandalias, se alejó. Nada hubo en esa hora, ni siquiera el recuerdo vago de una melodía. Por un momento quise pensar que ella volvería junto a mí; pero, ya siendo niño, tuve que entender que para ella su noche no tendría amanecer. Nuestro padre te abrazó por los hombros y cogió una de mis manos.

 Así, en silencio, nos devolvimos con los cuerpos pesados de vacío. No hubo palabras a nuestra llegada. El día se estaba yendo y, al refugiarme en mi cama, miré el paisaje a través de la ventana. El cielo se tornó pálido y las nubes rojizas en el poniente se fueron marchitando hasta quedar grises. Los árboles dejaron lentamente de ser verdes; un viento cansado voló por entre sus ramajes, y luego el silencio de las sombras llegó. Así también nuestra madre se había ido, tal como la tarde que se convierte en noche. Con mi rostro pegado a la ventana vi deshacerse las nubes y llegar las estrellas. Siendo niño conocí la tarde; la tarde miró mis ojos, y ellos lloraron al verla.

En mis vigilias de llanto por la soledad que llegó, no encontraba consuelo que me calmara. Pensé que nuestro padre no tendría el ceño abatido; pensé que en él podría confiar y obtener una respuesta a mi llanto. A él acudí una noche; lo encontré sentado y metido en su cama con la vista fija en la flama de la vela. Tan absorto estaba que no se percató de mis pasos diminutos; sólo al percibir mi silueta junto a la puerta giró la cabeza en forma súbita. Yo caminé hasta el borde de su cama y me senté en la silla en la cual dejaba su ropa. Entonces, con las palabras de un niño, le hablé de la noche, para mí tortuosa, y de aquella mujer con quien ya no compartía su cama. Con palabras de niño le pregunté dónde podría encontrar la paz para enfrentar a las sombras; pero él no me entendió; sólo me dijo que me acostara y que el sueño vendría a mí. Eso era cierto: el sueño vendría, pero después de que el llanto me hubiera agotado todas las fuerzas. De pronto él no supo qué más decirme y calló. También yo callé, pero no miré la flama sino sus manos, como queriendo encontrar en ellas a nuestra madre. Tímidamente me acerqué a ellas y las acaricié: eran duras y resecas. Nuestro padre me miró con extrañeza, abrió sus ojos ampliamente, cual si quisiera comprobar que verdaderamente era su hijo quién lo tocaba así. Inmediatamente las apartó y me dijo que alguien más grande que él podría acompañarme. Él me recordó a Dios y refrescó en mi mente las oraciones que nuestra madre me enseñó. Así fue como volví a implorar por su protección y por la del Ángel de la Guarda.

A veces he llegado a pensar que en ese tiempo Dios existía pues, al momento de iniciada mi plegaria, volvía a cobijarme aquella luz. Durante los días comenzaba a pensar en Dios y lo veía en la naturaleza, en las nubes arremolinadas y, sobre todo, en la bondad, pues nos han enseñado que así es Dios: bondadoso y lleno de amor. Poco tiempo después, cuando comencé a asistir a la escuela, volví a escuchar la palabra Dios, pero ahora de labios de un profesor. Él me habló de la fe, de la caridad y de la esperanza, y de que debemos obrar según el bien para merecer algún día la gloria eterna. A ti también te hablaron de eso. ¿Verdad? Allí tuve la certeza de que Dios me protegería de todo, que él me daría paz cuando la noche llegara y que nunca debía dejar de creer en él, pues eso sería morir en vida. A ti también te hablaron de eso. ¿Verdad?

 

 

 

Email del autor: crepusculo@123mail.cl
 

 

ISLA  TERNURA NAVEGANTES ESCRITORES RINCONES AMABLES