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Paul a las doce y media de la noche en punto
está desnudo sobre la enorme cama esperando ansiosamente los fuertes brazos de
Sebastián, como todos los sábados y domingos en que pueden amarse sin deberle
explicaciones a nada: ni Paul a su familia, ni Sebastián a su
prestigio.
Hace seis meses exactos, Paul y Sebastián se citan religiosamente en el
mismo hotel, en el mismo piso y en la misma habitación. Paul, el estudio;
Sebastián, los negocios. Paul, la juventud, Sebastián, la madurez. Paul, el
peligro, Sebastián, la cautela. Paul con las ganas de quitarse el antifaz,
Sebastián con sus dudas respecto a dar un importante paso en su vida.
Esta noche la puntualidad de Sebastián acumula su primer punto en
contra. Paul en la semioscuridad de la habitación piensa en la repentina
demora. Quiere ser positivo; así que hace de cuenta que algo muy importante en
el trabajo ha retenido a Sebastián. El teléfono no suena, el celular tampoco.
A esas horas y en ese momento una llamada puede hacer la diferencia, la gran
diferencia.
En lugar de comerse las uñas, Paul deja la suavidad del colchón y va
directo al baño. Metido en la ducha permite que el chorro de la regadera
cumpla un total efecto relajador bajo su nuca. Permanece así por más de cinco
minutos, es la segunda vez que se ducha en el mismo día; luego prosigue su
limpieza corporal y sale más higiénico que nunca.
Por estos días Paul mantiene largos sus ensortijados cabellos castaños,
casi hasta el cuello, como le gusta a Sebastián que lo ve sexy; aunque él no
comparta la misma idea. Los mojados rizos caen sobre sus ojos cegándole
brevemente la visión, con una mano los lleva hacia atrás y con la otra palpa
en el colgador de la pared tratando de hallar el albornoz, pero no encuentra
nada, tampoco ninguna toalla para atar a su cintura. Cuando pisa la fría losa
en lugar del tapiz, sus húmedos pies casi le hace resbalar e irritado espeta:
“Mierda, nada está en su correcto sitio”.
No se ha colocado nada sobre la piel después de secarse, excepto
desodorante y perfume. Mirándose en el espejo que refleja la totalidad de su
cuerpo, centra su atención en el vello púbico que desde su pecho crece desperdigadamente
hasta formar un frondoso bosque sobre la base del pene.
Acaricia su sexo deseando encontrar entres sus dedos las manos de Sebastián,
esas manos de hombre hábil, diestro y experto que sabe perfectamente tocar en
la zona precisa. Paul permanece un rato más en el espejo pensando en cuanto
tiempo podrán durar de esa manera, a hurtadillas, teniendo que ocultarse de
todo el mundo como si fueran unos vulgares ladrones que huyen por haber
cometido el pecado de robar el amor para ellos.
Será una larga noche de espera para Paul, una noche que no cree poder
resistir; aunque la suite sea la más lujosa y tenga alrededor mil comodidades
para disfrutarlas él solo. Puede llamar a Sebastián, pero prefiere no darle
una chance de explicación, no quiere oír lo mismo de siempre, no quiere
entender sus disculpas de hombre súper ocupado. “Tú sabes querido Paul, los
negocios son los negocios, en la agenda hay citas ineludibles compromisos ya
pactados que no dan espacio a postergaciones. Es así, cariño, que le hago
pues. Ya tendremos el sábado y el domingo para nosotros, entre semana me es
muy difícil. Entiéndeme, por favor, Paul”. Sebastián y sus argumentos,
Sebastián y el qué dirán, Sebastián y su temor a decir que ama a otro
hombre.
La televisión me aburre pese a que haya un montón de canales para
escoger en el cable, pero de qué me sirve el jacuzzi, el champagne, la cama,
mi cuerpo que desea amarte si tú no vienes. No, Sebastián, esta noche de
sábado no voy a quedarme colgado frente a una pantalla de no sé cuántas
pulgadas ni mirando el reloj cada cinco minutos ni dando vueltas de aquí para allá
como un impenitente sonámbulo. Esta noche voy a salir a la calle a dejar que mi
libido satisfaga sus instintos, y que el deseo aflore libremente. No soy ni un
puto ni un flete sólo un gay cuyo hombre todavía no abre la puerta de verdad
para dormir junto a mí, para ser el que es, para mostrar sus emociones a
plenitud.
Me pregunto Sebastián ¿hasta
cuándo representarás ese papel de soltero codiciado que estás empeñado
en actuar, según me dijiste, desde hace muchos años para tu familia, tus
amigos y tus negocios? Sé que no puedo exigirte demasiado, pero tú sabes que
yo estoy dispuesto a dejar las apariencias y las medias voces con tal de poder
compartir junto a ti más que un sábado y un domingo en este maravilloso hotel
cinco estrellas. Mucho más que un fin de semana fuera de la ciudad, una noche en el asiento trasero de tu carro frente al
mar o los encuentros en una discoteca de ambiente.
Quizá esté pidiendo demasiado, quizá estoy tratando de navegar contra
la corriente cuando soy consciente que nada será como yo lo imagino. Nunca
pensé que iba a enamorarme de esta manera y de un tipo que me lleva quince
años por delante. En realidad la edad no me interesa, pero de repente eso nos
aleja a pesar de que yo he aprendido de ti y tú de mí. Sé como has gozado de
mis locuras y arrebatos sintiéndote a tus cuarenta todo un jovencito
desbocado, mientras yo he descubierto la serenidad y la sabiduría de tus
experimentados años.
Podríamos ser el equilibrio que andábamos buscando, un complemento el
uno para el otro. Sin embargo, nada es perfecto, hay cosas difíciles de
comprender y de aceptar hasta en uno mismo que anda cuidándose de no exponer
lo que lleva adentro manteniendo el viejo disfraz del correctísimo
heterosexual al que nadie cuestiona ni pone en entredicho. Y en este hoyo
estamos los dos, Sebastián, cada cual con su propia historia, con sus propios
medios y angustias. Y hasta con
su propio karma.
De nuevo frente al espejo
pero esta vez con ropa, no la misma que vestía al entrar hotel, verificar la
reservación y pedir la llave, sino una más informal; aunque elegante, algo
pegada al cuerpo y atractiva. Paul termina de arreglarse y lo hace
introduciendo en sus pies las botas de cuero negro. Ahora sólo falta colocar
en su muñeca el bonito reloj que Sebastián le regaló en su cumpleaños número
veintiséis con las iniciales de ambos grabadas en la parte posterior
acompañado de un forever love. Tiene dudas si escribirle o no unas cuantas
líneas antes de salir por allí a vagabundear con rumbo desconocido. Piensa
mojando sus labios en lo qué pondrá en la nota y en lo qué le dirá a Sebastián
cuando quiera saber el motivo de su actitud.
En su mochila ya tiene dispuestas sus cosas, lo que no decide aún es
cómo diablos hará, si es mejor salir y volver más tarde o, por el contrario,
dejarlo plantado del todo y olvidarse del problema que lo tiene jodido
interiormente como la aquella vez en que escuchó a uno de sus amigos insultar
a un travestí que pasaba por su recorrido: “Maricones de mierda, ¿por qué no
se van a putear por otro lado?”. Aquella vez Paul se quedó paralizado en el
interior del carro pensando en esa actitud homofóbica, afortunadamente ninguno
volteó a mirarlo tan entretenido como estaban por fastidiar a las postizas
chicas de breves faldas y zapatos de plataforma meneando sus cuerpos
trasnochados. “No será que también les gustaría estar con ella para saber cómo
es el asunto”, se dijo cuando ya el auto abandonaba la avenida de las
prostitutas. “Si supieran que su velludo, vozarrón y varonil pata es un
homosexual encubierto, un gay asolapado?, ¿me golpearían?, ¿Cuál sería su
reacción inmediata? La verdad es una pérdida de tiempo salir con unos tipos
que odian y discriminan a la gente como yo, debo dejarlos de ver, alejarme
calladamente hasta que se olviden de mi existencia. Nunca me sentí tranquilo
en este insignificante grupo universitario”, sentenció Paul en su mente justo
cuando el carro lo dejó en la puerta de su casa a la medianoche y él entró
corriendo para hablar por teléfono con Sebastián, como lo venía haciendo desde
hacía unos días atrás.
Fue una noche de ambiente cuando lo conocí, yo estaba súper aburrido
bebiendo en la barra de la discoteca, me habían plantado y no deseaba
conversar con nadie. Tenía un humor de perros, tomando mi trago de pisco sour
de rato en rato lanzaba una ojeada a mi
alrededor para desanimar a tiempo cualquier inesperado lance. Y de
repente levanté mis ojos; que miraban a mis manos jugar con una pequeña
tarjeta del local, cuando en el espejo de la barra me percaté de tu presencia.
Observabas con profunda intensidad en mí, eso me perturbó un poco, tanto que
me olvidé del enojo y de todo lo demás .
Y permití tu osada actitud, a los cinco minutos de aquel intenso
intercambio de miradas pedías ya dos tragos más, al menos no iba a perderme
una noche de sábado por un estúpido desplante. Resuelto a pasarla bien, acepté
con sumo agrado y placer sostener una entretenida charla contigo, se notaba
que eras un hombre maduro, lo que me atrajo desde el inicio. No eras uno más
de aquellos tíos con las manos sudorosas que salen a cazar adolescentes
inexpertos o jovencitos apetitosos, no buscabas una aventura casual; aunque tu
acercamiento anterior te declarase culpable. Siempre habían sido chicos de mi
edad y nunca hombres mayores los que se habían fijado en mí, y yo en
ellos.
Esa primera noche no pasó nada físico entre ambos, sólo conversaron
casi tres horas continuas en una café miraflorino donde las revelaciones
emergieron de forma natural. Sebastián tenía su historia y Paul la suya, en
cierto modo casi parecidas casi entroncadas por el temprano descubrimiento de
un deseo diferente, con la fachada para evitar rumores, las relaciones
furtivas, el máximo cuidado en la vida íntima sacrificada y condenada a
permanecer bajo un telón oscuro.
Hubo una mutua atracción, al principio Sebastián creyó que junto a Paul
no podría llegar a una relación más larga y duradera, pero se equivocó tanto
como él. Sebastián era totalmente distinto a lo que Paul había conocido hasta
ese momento, ambos se estaban cansando y aburriendo de tantas noches efímeras
y tantas insignificantes aventuras, de revolcarse con un hombre en la cama y
no tener nada que decir al día siguiente.
Cuando Sebastián se
despidió en la puerta de la casa de Paul, ya no tenía esa mirada devoradora y
penetrante, sino una serena tranquilidad que emanaban de sus ojos produciendo
en él una gran calidez. Paul flotaba dejándose llevar por esa tierna sensación
que guardó hasta tirarse a dormir desnudo bajo sus sábanas. Después de aquella
vez no volvió a saber nada de él casi por una semana, ninguno tenía el número
telefónico del otro ni tampoco conocían sus apellidos; aunque Sebastián sabía
donde ubicarlo. Paul tenía grabado en la mente sus gestos al detalle y en sus
sueños los hombres llevaban el rostro y el cuerpo aún inexplorado de
Sebastián.
Desde el día en que Paul regresó cerca de las doce y media de la noche
en punto luego de terminar un trabajo en la universidad y Sebastián lo
esperaba a una cuadra de su casa fumando un cigarrillo apeado fuera del carro
no dudó ni un minuto en ir con él adonde quisiera para ser el Paul enamorado
que deseaba entregarse con el corazón y el cuerpo dispuesto dar y a compartir
como nunca antes lo hizo con ningún otro.
Fuiste mío y fui tuyo, hasta hoy que bajo por el ascensor donde la
primera vez que subimos al octavo piso yo te quité los lentes y la corbata,
luego lo demás en la habitación. Veo los números, del número ocho desciendo al
uno, llego a la recepción y cruzo el inmenso portal de vidrio donde está el
botones que no deja de sonreír y me saluda muy cortésmente. Al mirar a la
calle tengo una sensación extraña, no sé por dónde ir no sé cuál dirección
tomar, en la lista de teléfonos que llevo dentro de mi billetera sobra a quien
llamar para darse un vacilón y dejar a un lado la incertidumbre de tu llegada,
Sebastián. ¿Cuánto tiempo más voy a ser tu Paul a las doce y media de la noche
en punto?, ¿es necesario que me haga esta pregunta? Mi reloj señala las tres
de la madrugada, las luces de la ciudad me atraen poderosamente, voy a tomar
un taxi para salir de aquí.
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