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Esta
noche de luna llena que estoy solo en la vieja casa mirando el
infinito cielo desde la ventana de mi antigua habitación vuelvo a
recordarte, Leonardo. Es una noche de verano con un aire fresco y
apacible que da placer a mi sereno rostro y a mi desaprensivo
cuerpo. Me pregunto si eres feliz con lo que elegiste para tu
vida. Supongo que no te has arrepentido todavía de haberme
cambiado por la mujer a la que el día de tu boda juraste
fidelidad absoluta. Yo estaba en la iglesia aquel día gris y
aciago. Vi tu correcta actuación de novio feliz y lloré por
dentro sintiendo clavarse un puñal en mi corazón. Esa mañana
supe que iba a pasar bastante tiempo para ver sanas las llagas
hechas por culpa tuya. Luego que todo el mundo abandonó el
sagrado recinto me quedé en una banca, solitario y meditabundo.
No recibí respuesta, nadie se acercó a darme alivio ni mucho
menos se percataron del único pariente de la familia que no
acompañaba a los radiantes novios tirándoles arroz en señal de
júbilo y buenos augurios. Era yo, el hermano menor de la recién
casada que rogaba ser tragado por la tierra.
Ahora que han pasado diez años y vuelvo a releer en mi
diario los secretos de mi vida me pregunto si alguien sospechó de
lo nuestro. Sé que nuestro clandestino romance fue tan verdadero
como la primera vez que sentí tu penetrante mirada en el salón
de la casa, cuando llegaste tomado de la delicada mano de mi
hermana a cumplir con el formalismo de enamorado oficial. Todo
esto vuelvo a traer a la memoria en el mismo lugar donde
ocurrieron los hechos, donde tú y yo fuimos dos hombres en la
plenitud del deseo. Acabo de llegar de un largo y cansado vuelo
que me trajo desde Roma, a esta ciudad llena de máscaras y
apariencias en la que ambos desde el inicio nos convertimos en dos
piezas de una peligrosa relación.
Era una noche como la de hoy, cálida y serena, que
anunciaba la llegada de una perfumada estación primaveral. Justo
el día anterior habían finalizado mis exámenes en la
universidad y con ello el ciclo académico; así que ni corto ni
perezoso decidí volver de inmediato a la casona para tomar mis
vacaciones de mitad de año que bien merecidas me las tenía. Me
pareció raro que Patricia se guardara el secreto de tu
existencia, pues yo conocía sus pecados y buenas obras al
detalle, así como Patricia los míos, excepto, claro está, mi
preferencia sexual.
Cuando no nos veíamos por motivo del estudio y del
trabajo, era una fiel costumbre entre nosotros escribirnos cartas
o llamar por teléfono. Esa vez creo que quiso darme una buena
sorpresa y se aguantó hasta el día de mi llegada. Era evidente y
palpable que rebosaba de felicidad, ya lo suponía por sus últimas
cartas en las que parecía más inspirada que nunca.
“Siéntate.” te dije muy amablemente aquella vez indicándote
el mueble favorito de papá junto a la ventana que daba vista al
jardín interior. “¿o quieres echar raíces? Patricia y mis
padres no demorarán mucho.”
Me sonreíste de forma por demás cálida aprobando con tus
ojos y boca mi repentina comparación y de inmediato hiciste caso
a la invitación.
“Sí, tienes razón, aunque para estas ocasiones tan
especiales algunos recomiendan armarse de valor con una copa de
algún trago fuerte.” me sugeriste mirando al libro de Rimbaud
que coloqué en la mesita de centro para complacer tu gusto.
“¿Qué tomas, entonces?” respondí abriendo el minibar
que papá siempre tenía muy bien surtido para los invitados “yo
te acompañaré con un refresco de naranja.”
“Un vodka con hielo me caería
perfecto.” afirmaste cogiendo el libro y hojeándolo distraídamente.
Te alcancé el vaso y me senté frente a ti. Volví a
fijarme en tu impecable vestimenta tan formal en comparación a
mis jeans, polo y zapatillas. Yo no había tenido muchos amantes,
pero si los suficientes para considerarme con la experiencia
necesaria. Sabía que tu mirada no me engañaba. Y así lo confirmé
cuando después me revelaste que eras bisexual que también lo
disfrutabas al meterte en la cama con una mujer; y ni siquiera eso
me importó.
Para el día en que te conocí, recién hacía dos meses
atrás mi última pareja y yo habíamos terminado. Me encontraba
solo, totalmente disponible para, según me lo planteé, dedicarme
a mis estudios y olvidar enamorarme. Pero uno nunca puede ordenar
a los sentimientos como en el teclado del computador, no se puede
cerrar las puertas y convertirse en una ostra, enclaustrarse por
siempre en uno mismo por temor a ser herido. Patricia a sus
veinticinco años estaba más bella que nunca, radiante y
dichosamente comprometida con el hombre de su vida. No se cansaba
de repetírmelo cada noche cuando
conversábamos echados en su cama luego que Leonardo y ella se
despedían en el porsche con un beso y algunas intensas caricias.
“Aún no hemos hecho el amor, pero yo quiero estar con él”,
me reveló un día mientras cepillaba sus largos cabellos
marrones. Lo que vino después sí que fue una sorpresa. “¿Y tú,
ya lo hiciste, no? Vamos, cuéntame como fue el sexo con ellas”.
Tragué saliva, recuperé mi color y no tardé en contestar lo
correcto. “Hasta la fecha ninguna se quejó”, dije excusándome
para bajar a la cocina a tomar agua.
Para mi suerte o mi desgracia encontré algo tuyo, un
objeto que ante los ojos del resto había pasado desapercibido: tu
llavero. Me pareció raro que nadie se hubiera percatado del
manojo tirado a un costado de la pata del sillón de la sala
adonde ingresé para buscar mi libro de Rimbaud extraviado desde
el día anterior. No llevaba encima más que unos boxes y un bividí,
en vez de subir decidí quedarme en la semioscuridad acostado
sobre el sofá grande escuchando una pieza clásica. Calculé por
lo menos una hora y media transcurrida desde el casi bochorno por
las preguntas indiscretas de Patty, cuando oí el toque de la
puerta. Gracias a Dios todo el mundo en casa menos yo tenía el
sueño profundo; y salvo un terremoto nada los despertaría a las
dos de la madrugada.
“Aquí lo tienes, viniste al sitio correcto”, te dije
con algo de malicia.
“No traje el carro esta noche, pero en mi llavero también
están las llaves de mi habitación, de la oficina y cuando estaba
a punto de llegar a casa me di cuenta que no las traía en mi
bolsillo”, me explicaste jugueteando con un botón superior de
tu camisa blanca mientras yo percibía el fuego de tus ojos
posados en mi cuerpo.
Las cosas a veces ocurren de forma por demás imprevisible
como los deseos y los instintos que se alimentan de nuestro lado
irracional. “Si quieres puedes pasar, Patty y mis padres estarán
soñando a esta hora. Yo suelo dormir por lo general un poco
tarde; aunque imagino que desearás descansar ¿no?”, argumenté
sobando levemente mi cuello esperando una respuesta que no tardó
en hacerse efectiva y vino acompañada de una alternativa muy
interesante.
Pude sentir su
mirada clavada a mis espaldas deseando poseerme allí mismo de ser
posible en el recibidor o en las escaleras. A los diez minutos,
luego de caminar bajo los abedules, cedros y poncianas del
trayecto, rodeábamos la laguna en la cual solía abstraerme por
completo cuando quería encontrar ciertas respuestas a mi vida.
Bajo el espectro lunar contemplaba aquel hermoso paisaje cuya
imagen deseaba retener en mi mente y en mis ojos. Que serenidad me
invadía al respirar el cálido aroma de la hierba y de las flores
silvestres, al escuchar el intermitente sonido de las luciérnagas
y el casi imperceptible ruido de los arbustos rozando entre sí.
Nada podía compararse a ese ambiente de campo al cual regresaba
siempre que deseaba sosegar mi espíritu.
Por
un instante casi me olvidé que no estaba solo cuando de pronto
sentí un cálido contacto en mi brazo, lo que me hizo despertar
en el acto del ensimismamiento anterior. Cada vez más iba adentrándome
en la boca del lobo. Entonces te propuse echarnos sobre la hierba
para hablar de lo que quisieras en una posición más cómoda y
relajante. En mi mente sólo tenía mil cuestionamientos y un tardío
sentimiento de culpa. Sin embargo, no tuve tiempo de actuar según
lo correcto y coherente, pues la boca de Leonardo, suave y
apetitosa, atrapó mi aliento. En un momento lo tenía encima besándome
impetuosamente. Ya no importaba Patricia ni para él ni para mí,
ni tampoco nada en derredor.
Enseguida
pasamos a una frotación que él sabía conducir muy bien dándole
la intensidad exacta. Y yo mejor que nunca, mejor que con
cualquier otro. Leonardo no se podía comparar al resto. Fue él
quien me desvistió
poco a poco, prenda por prenda guiando mis manos para que yo
recorriera una a una sus extremidades, su duro vientre, sus brazos
y piernas firmes, su pecho bien marcado en el cual mi lengua se
paseó profusamente.
Esa
noche sobre la hierba y entre las cálidas aguas de la laguna fue
insuficiente para sentirme amado por él. Había visto a otros
hombres desnudos, pero ningún otro cuerpo como el suyo con esa
mezcla de tierna y salvaje intensidad. A partir de aquel encuentro
tuvimos que volvernos un par de buenos actores para enmascarar a
la perfección nuestras ganas de tocarnos. A ninguno de los dos le
bastaba un par de horas, queríamos pasar más tiempo juntos no sólo
para meternos a la cama sino para hablar de cosas que ambos
compartíamos.
A
Patricia le encantó que Leonardo se convirtiera tan rápido en mi
amigo, estrategia que funcionó muy bien ya que de esa forma tenía
el pretexto ideal para vernos cuando él o yo quisiera. En sus
pequeñas peleas yo fungía de experto conciliador e iba con los
mensajes desde mi casa hasta su dormitorio o la cómoda habitación
que Leonardo implementó en el segundo piso de la oficina con la
finalidad de quedarse a dormir en los días que era necesario
agilizar el proyecto de irrigación.
Cuando
él dormía a mi lado yo me sentía tan pleno y dichoso que
respiraba satisfecho de tener un amor correspondido. Esas fueron
nuestras mejores noches en las que le arrancábamos al tiempo más
horas para no dejar morir nuestra pasión o al menos prolongar al
máximo esas efímeras entregas a la luz de la luna. Por las mañanas
muy temprano antes que el alba abriera sus primeros rayos era una
costumbre nuestra quedarnos muy quietos muy juntos escuchando cada
uno la respiración del otro al unísono. Y antes de ducharnos,
para ir cada uno a su debido puesto, yo sacaba el libro de Rimbaud
de la mochila para leerle aquellos poemas que tan concentrado oía
él con sus ojos envueltos en una tierna nostalgia. Esos ojos que
intuían quizá un futuro gris, un futuro que no existía tras el
horizonte.
Fueron
nuestras mejores estaciones de las que, cuales cómplices
trasgresores, disfrutamos durante tres años continuos; período
en el que Leonardo prolongó su noviazgo poniendo siempre una que
otra excusa ante Patty. Cuando yo no estaba de vacaciones,
Leonardo aprovechaba las reuniones con los altos ejecutivos de la
obra para darse un salto a la casa de mis tíos donde yo permanecía
en tiempo de universidad. Y se quedaba en la habitación de huéspedes
adonde sigilosamente me escabullía de madrugada riéndonos de mis
tíos que pensaban en nosotros como dos futuros cuñados.
Pero
tarde o temprano acabó todo y Leonardo eligió precisamente el día
en que me gradué de arquitecto para hacer el anuncio oficial de
la fecha de matrimonio. Luego de la ceremonia en la universidad
nos trasladamos a la casa de campo fuera de Lima donde me esperaba
un tremendo agasajo. Allí estaba el cónclave paterno y materno,
la retahíla de amigos que al día siguiente celebrarían el
preludio de algo mayor. Cuando pudimos escaparnos, él de Patricia
y yo de mis juergueros amigos, ya hacía de madrugada. Era marzo y
el calor del verano aún se dejaba sentir plenamente.
Habían
transcurrido tres años desde aquella primera noche a la orilla de
la laguna, estábamos nuevamente abrazados sobre la hierba: yo
recostado en su pecho y él frotando mi brazo intentando encontrar
palabras que no produjeran demasiada desazón. Leonardo continuó
reposando sobre la hierba, pude percibir que le costaba decirme
algo alentador respecto a nosotros. Aquel prolongado silencio
interpretaba mejor que mil palabras el culmen de nuestra relación.
Dándole la espalda me quité la ropa una por una. Enseguida caminé
hacia la laguna para zambullirme pero no conseguí hacerlo, pues
Leonardo abrazándose con fuerza a mi cintura me detuvo. Por una
brevedad no moví ni una parte de mi cuerpo sólo respiraba, al
igual que él, hondamente. Leonardo unos centímetros más alto
que yo, descansaba su mentón en mi clavícula, su oreja tocaba la
mía y su mejilla proporcionaba un tibio calor en mi rostro pegado
al suyo.
Actuábamos
como dos masoquistas flagelando sus emociones y sentimientos. Al
rato besaba mi cuello frotando mis costados bajando muy despacio
hasta mis muslos. No soporté más y me coloqué cara a cara
contra él, necesitaba enjugar sus labios, hacer el amor hasta
quedar satisfechos, ser una y otra vez uno en medio de la noche.
Yo me hice el dormido cuando él se vistió muy despacio para no
despertarme, estaba seguro que después de Leonardo de forma
irremediable volvería al sexo sin amor y que el amor demoraría
en anidar otra vez en mi existencia.
Por
un momento, por unas horas, por unos días, por algunos años o
talvez para siempre cerraré mi diario, la fuente absoluta de lo
pasado, en donde escrito están los relevantes hechos de mi vida.
Es bastante lo que he vuelto a leer y suficiente para una
madrugada tan fresca y seductora. Ahora, finalmente, voy desnudo a
la cama como sé que desnudo estoy siempre en los agitados sueños
de Leonardo.
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