|
CASOS DE LA VIDA IRREAL
16
El reloj sobre su mesita de noche marcaba las 7:00 PM cuando Roberto
entró en su habitación. El aire se le hacia pesado y pegajoso. Se sentía
acalorado, agitado, ajeno a él mismo. De un jalón arrancó su camisa, se
deshizo de sus zapatos y se quitó el pantalón. En pocos segundos se
encontraba desnudo y acurrucado al pie de su cama, una cama doble que
hacia ya mucho tiempo no sentía sobre si el peso de otro cuerpo distinto
al de su dueño.
Disfrutó de varios minutos de introspección, mientras un escalofrió
recorría su espalda y gotas de sudor descendían por su rostro. De repente
se puso en pie, mirando el reflejo de su cuerpo desnudo en el espejo. Veía
como el paso de los años había dejado clara firma en su anatomía
masculina. Ni siquiera la tenue luz que entraba por la ventana del cuarto
podía ocultar esa verdad. Se sentía traicionado por la naturaleza,
iracundo con la vida, furioso con su estilo de vida.
Abrió uno de los cajones de la cómoda y buscó sin encontrar. Abrió
luego el armario y nuevamente buscó sin encontrar. Se dirigió entonces al
cuarto de baño. Se introdujo en la ducha donde un potente chorro de agua
fría castigaba su rostro, a la vez que enjuagaba sus lagrimas.
Roberto se retorcía bajo el caudal de agua que le castigaba y a la vez
relajaba su cuerpo, mientras pensaba en todo lo vivido, en todo lo dejado
por vivir y en todo lo que hubiera podido vivir, si simplemente su vida
hubiese sido distinta. Gritos desesperados se perdían en esa habitación
cubierta de azulejos. Gotas de agua fría rodaban por las puertas de
acrílico trasparente que dibujaban la silueta de un hombre derrotado,
quien a pesar de tener todo lo que la vida adinerada le pudo dar, se
encontraba solitario y desesperado.
En un momento uno de sus brazos salió de la ducha y alcanzó la gaveta
sobre el lavamanos. La mano de ese brazo buscó y... encontró. Roberto se
hallaba perdido en su realidad, sus sensaciones se encontraban dormidas y
sus sentimientos aislados cuando con el bisturí recién alcanzado corto las
venas de sus puños. Aun sostenía el bisturí en su mano izquierda mientras
observaba, con ingenuidad y algo de ansiedad, como su rojo fluido escapaba
por sus dedos y se perdía en el sifón de la ducha.
Los recuerdos de los últimos rechazos de potenciales juveniles amores
volvieron a su mente cuando de un simple golpe corto las venas de su
cuello. El bisturí entonces cayó al suelo. Roberto se aferraba a las
resbalosas paredes. Su vida se escapaba en tanto su cuerpo se escurría
hacia el piso, dejando marcas de sangre en los inmaculados azulejos.
Al sentir la vida escapar de un solo tajo de su cuerpo, cayó con fuerza
sobre el piso, con tal precisión que el bisturí entró en inmediata
comunión con su corazón. La vida de un solitario hombre homosexual acababa
de concluir.
Pasaron unas cuantas horas para que su ultima acción fuera develada al
mundo. Un hombre de edad mayor, de reconocida familia y que disfrutaba de
grandes ingresos se había suicidado. Sus familiares hicieron oficial su
versión: "En un momento de locura y de exceso de alcohol, Roberto decidió
quitarse la vida".
Pero la verdad era otra: "En un momento de seguridad y de exceso de
soledad, Roberto decidió quitarse la vida".
CASOS DE LA VIDA IRREAL 17
Viernes en la noche. El ambiente alegre y festivo que se respira en ese
momento de la semana es único. Álvaro acaba de llegar del gimnasio, donde
religiosamente cumple una rutina diaria de dos horas. Rutina de ejercicios
que a la legua se distingue en su cuerpo. El ir al gimnasio le resulta
relajante, luego de sus arduas sesiones de trabajo en la universidad,
donde distribuye su tiempo entre clases, atención a estudiantes,
actividades académico-administrativas y sus trabajos de investigación.
Pero los fines de semana y en particular la noche del viernes rompe con su
rutina.
Sentado en su habitación, acabado de bañar, completamente desnudo y
fumando un cigarro de marihuana recién preparado, imagina el personaje que
representará esa noche, enmarcando este momento en la música del
compositor clásico de su predilección. Empieza depilando sus brazos,
abdomen, piernas y rostro. Retoca su cabello con máquina. Pule sus cejas y
pinta las uñas de sus pies con un rojo carmesí que remeda el tono rojo de
su amado equipo de fútbol. La transformación ha empezado.
Acto seguido cubre parcialmente su desnudez con un corsé, ropa interior
femenina y medias veladas. La transformación va por buen camino. Abre la
puerta de un cuarto de su apartamento cuyo acceso es de su exclusividad.
Al encender la luz el brillo de lentejuelas, cedas, pelucas, joyas y demás
lo excitan. Empieza a jugar con colores y combinaciones, recorriendo de
manera juguetona ese cuarto, mientras al fondo el Réquiem de Mozart
pareciera celebrar la muerte de su masculinidad. En un instante se cubre
con un vestido amarillo repleto de flecos: Se adorna con un juego de
aretes, pulsera y gargantilla de perlas de buena imitación. Un par de
zapatos de plataforma que hacen juego incrementan su estatura de 1.85 a
1.97.
Falta el detalle del cabello. Una colorida peluca de color vino tinto
es la elegida. Ese color y el cabello liso de la misma, disimularán sus
rasgos masculinos intentando hacerlos parecer femeninos. El llevar el
cabello extremadamente corto facilita ésta parte de la operación. Él sabe
que se ve ‘espectacular’.
Ahora continua con el ritual del maquillaje. Entiende que ese no es el
orden ortodoxo que seguiría una verdadera mujer, pero es el orden que su
formación como ingeniero de sistemas le indica a seguir, pues así combina
su maquillaje con el color de su vestido y de su peluca, y no al revés .
Luego de 30 minutos de trabajo frente al espejo, aplicándose bases,
cremas, sombras, brillos, labial, pestañas y uñas postizas y un lunar en
el mentón, da por terminada su transformación. Adorada acaba de volver a
aparecer sobre la faz de la tierra, para desvanecerse nuevamente dentro de
unas horas. Su existencia remeda a la de las flores, que se abren a la
belleza para luego desaparecer.
En el espejo ahora se refleja una mujer que luce como una diosa. El
hombre que le ha dado vida parece no existir. Toma su bolso, se admira
frente al espejo, ajusta uno que otro detalle de su caracterización y
trabaja en el tono de su voz.
Mientras practica el tono adecuado, suena el teléfono. Adorada
contesta, pero es Álvaro el que debe responder. Es su jefe, el decano,
para recordarle que en horas de la mañana deben a asistir a una reunión
para planificar las actividades de la facultad para el próximo año.
Al colgar, Adorada se apropia del cuerpo de
Álvaro y de todo el lugar.
Total, ella sabe que debe trabajar como hombre para vivir como mujer. De
esta forma, ésta mujer de perenne existencia sale a conquistar la ciudad
con su armadura, dispuesta a disfrutar de la noche de viernes y todos sus
placeres.
CASOS DE LA VIDA IRREAL 18
"La vida es como un río, nunca entramos dos veces al mismo río". Ésta
es una de las frases de un libro que alguna vez Alfonso leyó. Pero
últimamente había perdido su validez.
Desde mayo de 1998 él venía visitando de manera asidua todos los turcos
de la ciudad, evitando en lo posible los días nudistas, pues es de su
parecer que siempre hay que dejar algo a la imaginación. En ellos conoció
(si se puede usar este verbo) a gran cantidad de hombres de todas las
edades, todos los colores e inclusive todos los olores, pero escasos
fueron los que permanecieron.
Con uno de ellos sostuvo una especie de relación sentimental, echada a
perder por la existencia de un tercero. Con otro realizo un intento de
amistad o noviazgo, pero descubrió que los ‘pollos’ entre los 22 y los 26
años son un especimenes bastante complicados, característica que en muchos
de ellos queda marcada a pesar del paso del tiempo. Con los demás fue
simple y vil sexo, y con otros pocos cruzo unas pocas palabras nada
más.
Aunque cada vez que Alfonso visitaba uno de esos sitios todas las
situaciones le eran nuevas, en esencia la dinámica era siempre la misma:
cruzada de miradas, mandada de mano a ver si lo aceptaban, morboseada en
algún rincón, eyaculada sin razón, fría despedida y luego una fría ducha.
Nada como aquel día en que visito por primera vez un turco, pues todo,
completamente todo fue nuevo para él, abriéndose ante su vida una especie
de nuevo universo paralelo.
En los últimos meses él venía reflexionando sobre sus visitas a esos
lugares. Pensaba en el riesgo a encontrarse con alguien de su entorno
laboral o familiar, ¿cómo reaccionarían ambas partes? Meditaba en el
riesgo a contraer algún tipo de infección o enfermedad rara, de hecho ya
alguna vez terminó tomando antibióticos. Por fortuna sus pruebas de VIH
siempre han dado negativas, lo cual le era positivo.
Sentía que al ir allá se estaba prestando al juego de otros, pues su
fase carnal ya había terminado. Placer carnal no podía sentir pues al
tener sexo casual con alguien sus instintos eran satisfechos, pero la
sensación de vació que le embargaba era cada día más fuerte.
Fue así como un viernes cualquiera del año 2002,
decidió culear como
nunca lo hizo antes en ese lapso de tiempo. Disfrazó su vacío y su soledad
con una enorme arrechera. Poseyó muchos cuerpos masculinos ese día y se
dejo poseer de otros tantos. Al final de la jornada volvieron a él la
sensación de vació y la soledad, pero recostado en la piscina se sentía
curiosamente satisfecho.
Al abandonar el lugar, observó con cuidado los detalles del lugar y
memorizo los rostros de sus últimos amantes. Al cruzar la puerta el alba
se asomaba en las calles. Miro hacía atrás y recordó a Porfirio Barba
Jacob:
"Más hay también ¡oh Tierra! Un día... un día... un día
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!"
CASOS DE LA VIDA IRREAL
19
Por esta temporada Héctor realiza una no muy común celebración. Hace
seis años se sentó enfrente de un computador a tomar clases de Internet.
Aprendió a crear y a manejar un correo electrónico en un servidor
gratuito, a enviar y recibir archivos adjuntos desde su cuenta, a manejar
buscadores y, por supuesto, aprendió a chatear.
La primera vez lo hizo en un cuarto de charlas sobre deportes. Allí
conversó con hombres y mujeres que compartían su gusto y disciplina
deportiva. Pero en la siguiente oportunidad lo hizo en un cuarto donde
solamente se conectaban hombres de su misma condición sexual.
El asunto fue interesante, pero no satisfactorio, pues allí se encontró
con mexicanos, gringos, panameños y venezolanos. Pero el saber que
existían estos sitios en la red, lo obligó a consultar en donde podría
encontrase con homosexuales de su país y, ojalá, de su misma ciudad.
Conversando con sus amigos se enteró del más universal de los sitios en
Internet para usuarios gays. En la primera oportunidad que tuvo se dirigió
a un ciber café a entrar al chat en cuestión. No lo podía creer, allí
encontró un cuarto dedicado a cada país. Su corazón latía con fuerzas al
ingresar al de su país. Fue así como de manera sacrosanta, todos los días
viernes en la tarde después del trabajo se conectaba para conversar con
sus similares y, sobra decir, no le falto el ciber levante.
La dicha termino al poco tiempo, pues con el avance de la tecnología
los usuarios de éste servicio pudieron colocar su foto en el chat. Llegó
el momento en que nadie le hablaba allí por no tener su foto en línea. Se
vio entonces en la obligación de tomarse una foto, luciendo su mejor
ángulo y sonrisa, descubriendo en el proceso otra maravilla de la
tecnología: la digitalización de su propia imagen. Ya con su fotografía a
disposición de todos, nuestro héroe cumplía con todas las reglas del
ceremonial gay en el chat, preguntaba y respondía sobre edad, estado
civil, ocupación, rol sexual y demás preguntas de cajón a las que nos
exponemos en esa situación.
Pero luego, otro avance tecnológico empezó a impedir su interacción con
otros personajes: había aparecido en escena el webprofile. Servidores
gratuitos de Internet empezaron a ofrecer el servicio de perfil en línea.
Allí cada quien cuelga una o varias fotografías (de cualquier tipo) y
diligencia un formulario que compendia, en forma de base de datos, cada
una de las preguntas insulsas que se hacen en el chat. Así, con esta
herramienta la interacción se hacia dinámica pero más corta, dado que se
consultaba el currículo de cada quien y si el objetivo no cumplía con las
características deseadas, simplemente se le enviaba al olvido. Lo tenaz
del asunto resultó ser el hecho de que las loquitas, por lo general,
recurrían a mentiras en los campos del formulario y a fotos retocadas
(otra maravilla de la tecnología).
Héctor averiguó sobre el mejor sitio en la red para construir su
perfil. Lo hizo de la forma más sensata y veraz que pudo. Por esos días
habían pasado tres años de visitas a salas de Internet, dinámica que lo
tenia exhausto, por lo cual decidió comprase un computador para su
casa.
Con las ayudas tecnológicas a su disposición total, el rito del chat
cambió su esquema: a cualquier hora y día de la semana, durante mucho más
tiempo, en gran variedad de paginas y portales y hasta altas horas de la
noche. Ya simplemente no le bastaba el chat. Empezó a descargar imágenes y
videos pornográficos a su disco duro.
Fiel a sus inicios en Internet y a sus necesidades, continuó visitando
los lugares donde encontraba a sus pares y coterráneos. Pasado un tiempo
descubrió que ya no bastaba con tener sitio, tener computador, conexión a
Internet, foto digitalizada y perfil en línea. Ya se le exigía el tener
cámara web, pues sin tal aparato la interacción se limitaba, además de que
ya quienes entraban a estos sitios no buscaban únicamente conversar o un
ciber encuentro, algunos buscaban también un ciber pajón.
Héctor terminó por hacer el gasto en ese aditamento. Con su cámara,
continuo con su rutina de visitar los chats. Se hizo algunos levantes,
varios ciber pajones y no pocas sesiones de ciber stripper. Por fortuna,
su cuerpo tiene la ventaja de ser el resultado de jornadas de entreno en
artes marciales, no se vio en la necesidad de entrar a un gimnasio para
cumplir con el requisito que exige la transmisión de su imagen en tiempo
real.
Hoy, pasados seis años desde la primera vez que entró a un chat, de
varias actualizaciones en hardware y software, no pocos virus, incontables
polvos virtuales y reales, Héctor por fin celebra un anhelado momento: ha
puesto un clasificado para vender totalmente su equipo, pues el hombre que
conoció hace seis meses en una exposición de arte en un prestigioso museo
de su ciudad le ha propuesto que continúen juntos en la aventura de la
vida.
CASOS DE LA VIDA IRREAL 20
Julio y Abel llevaban siete meses en su
relación. Todo el asunto pintaba bien. Para celebrar, decidieron salir a
celebrar la fecha. El problema radicaba en que en el pueblo donde viven no
existen lugares para que una pareja de su estilo pueda tener un rato de
esparcimiento. La solución: ir a Cali y pasar allí la noche de sábado entera. Ya
en la gran ciudad, libres de la presión de vivir en ‘pueblo
chico’, fueron a cine, a comer y luego terminaron en la discoteca de moda.
Allí no pocos dejaron de prestarles atención, pues eran la única pareja en
todo el lugar, además de que constantemente se expresaban su afecto con
caricias, besos y apapachos. Pasado un rato, Julio no podía creer que un
compañero suyo del colegio estuviese por allí. Sin pensarlo dos veces le
abordó y sostuvieron una larga conversación, de la cual Abel no se sentía
participe, pues no conocía ninguna de las situaciones ni a ninguno de los
implicados. Fue así como pidió permiso para ir al baño, dio un beso en la
mejilla a Julio y se retiró. Pasado un rato el tema de conversación de
Julio con su conocido concluyó. Acordaron volver a reunirse y conversar
sobre temas referentes a sus vidas como homosexuales. Intercambiaron
teléfonos, se despidieron y Julio empezó a buscar a Abel con la mirada.
Recorrió luego todo el lugar y no dio con él. Para ese entonces Julio
estaba ya bastante preocupado, pues Abel no conocía nada ni nadie de la
cuidad y las historias sobre robos y desapariciones le inquietaban. Recordó
que al verle la última vez él se dirigía al baño y se dirigió a él. Al
llegar, este se encontraba vació, pero observando con cuidado notó que en
uno de los sanitarios sobresalían cuatro pies. Tristemente, un par de
ellos lucían igual pantalón e iguales zapatos que Abel. Julio se
estremeció pero con decisión abrió la puerta y descubrió a su pareja
entregado a los brazos y besos de un desconocido. Julio salió corriendo del
lugar, canceló las bebidas y salió a la calle. Abel le alcanzó y trato de
darle una explicación, pero con ninguna de ellas logró convencer a Julio.
Él sabía que lo que había ocurrido era simple: un joven homosexual sin
experiencia en la gran ciudad se sintió engañado e hizo lo primero que un
homosexual citadino hace, ir a buscar los besos de otro para vengarse. Abel
se dejo contaminar por unos instantes de la gran ciudad, no tenía
mecanismos de defensa para ello. Sus propias inseguridades facilitaron los
hechos. Arrojó por la borda una relación que hubiese sido duradera. Y
Julio arrojó a sus pies un par de argollas doradas finamente marcadas con
sus nombres.
*
* * * *
|