Eran aproximadamente las tres de la tarde cuando la puerta de la sala de música del conservatorio se abrió en medio de una clase; el clima solemne en que la delicada música de Schubert nos había introducido se quebró. Entró con fuerza, como llevando el mundo por delante, decidido, seguro, y no pude evitar mirarlo.

Era mi primera clase y no sabía nada de aquel personaje llamado Paco que cambiaría mi vida. Me llamó la atención que nadie tomara en cuenta su entrada: parecía como si todos estuvieran acostumbrados a ese tipo de interrupción. Ni siquiera el profesor Vanssen mostró algún gesto de importancia. Mientras la clase seguía a ritmo normal, como si nada pasara, se acercó al piano junto al mío y se sentó estrepitosamente; en ese momento noté que no era igual al resto de los que asistíamos a ese lugar, de alguna forma desencajaba.

Si una cosa me llamó la atención fue su peinado, que para 1977 era realmente estrafalario. Su piel era blanca como la leche y sus cejas parecían haber sido pintadas para que el sol no dañara sus ojos. Llevaba una campera de cuero y unos pantalones ajustados: debajo, una remera negra que hacía contraste con su pelo rojo intenso.

La pieza de Schubert había terminado, y el profesor comenzó a monologar acerca de una lógica historia del autor. Paco sacó un cigarrillo y comenzó a fumar: ante ello, Vanssen le pidió que abandonara la sala. Me quedé pensando en ese muchacho durante toda la semana, y, al igual que me pasaba con otros, me gustaba.

Su rebeldía, su cuerpo y su soberbia me hacían sentir cosas inexplicables con palabras; y muy en contra de mi razón, mis sentimientos me hicieron acercar a él.

Nos hicimos amigos y por mucho tiempo, a pesar de nuestras grandes diferencias, hablamos de los más variados temas. A veces nos quedábamos juntos hasta entrada la noche, en el patio de su casa, tendidos sobre el pasto mirando el cielo. Le gustaba mirar las estrellas; a mí, en cambio, me gustaba imaginar cómo sería la luna de cerca. Una vez le dije que la luna parecía un campo helado, por eso su color blanco; él me respondió que si así fuera el sol ya la hubiera derretido. Hoy, después de tantos años, pienso en lo idiotas e inocentes que éramos. La primera vez que fumé lo hice con él: a veces pensaba que actuando como él sería más fácil decirle lo que sentía.
Habían pasado cinco meses de conocernos cuando me preguntó que tipo de mujeres me gustaba. Yo me quedé mudo, empecé a transpirar y quise escaparme. Él insistió y solo pude decirle "no sé". Se quedó callado un segundo y luego me pidió otra vez que miráramos las estrellas tendidos en el pasto. Nos quedamos así hasta no sé que hora, y su silencio me alteró. Me voy, le dije, con esa voz gruesa en la que se había convertido mi voz de niño. No, quedáte un rato más, me pidió. Sin pensarlo asentí, y comencé a hablar estupideces sobre la luna. Interrumpiendo mi monólogo delirante y acelerado decretó, "a mí las mujeres no me gustan".

Me quedé mudo, transpiré de nuevo y un frio helado recorrió mi espalda. Contesté " a mi tampoco". Cmenzó a reírse, y yo tras él, sin entender -hasta el día de hoy- qué nos causó tanta gracia Lo cierto es que después de aquello comenzó una extraña relación entre nosotros. Jamás tuvimos sexo, pero a él le di mi primer beso de enamorado, y cuando no nos veía nadie nos abrazábamos y estábamos así por mucho tiempo. Las clases en el conservatorio se extendían en su casa o en la mía, o en algún bar donde nos decíamos boludeces, pero (a esa edad) las más sinceras.

Una tarde en las vacaciones de verano fuimos al balneario de Quilmes, y sumergidos en el agua nos dimos un beso; una vieja que nos vió se lo contó a mi mamá, pero ella no le creyó. Nunca mi vieja quuiso aceptar que soy homosexual. Hasta el día de hoy espera que me case y le dé un nieto.

El idilio en el que habíamos caído con Paco nos hacía olvidar de todo, incluso de las palabras del cura Juan, que había convencido a todos que los homosexuales eran un peligro de perversión. Cuando tenía 12 años me imaginaba en una carrera irrefrenable hacia la autodestrucción. Pero Paco me daba confianza en que podríamos estar juntos por siempre, sin que nadie notara que no amábamos.

Él era un hombre en todo sentido, y además le gustaban el fútbol, los autos, y el rock. Una vez me dijo que le encantaba que yo usara trajes, que lo hacía sentirse orgulloso, especialmente cuando su padre estaba cerca; siempre le había dicho que ningún joven decente se juntaría con un payaso como él, y, para su padre, que un joven llevara traje era sinónimo de decencia. Al segundo año de conocernos eran inevitables los abrazos, los toqueteos, o los deseos de besarnos: el solo hecho de estar juntos nos producía excitación, que se reflejaba bien en sus ajustados pantalones.

Un día, en su casa, llegamos a quedarnos desnudos, uno al lado del otro, y ése. (creo) fue el comienzo del fin. Nos habían enseñado que una verdadera pareja era aquélla en la que había un hombre y una mujer; pero, en nuestro caso, ninguno evidenciaba rasgos femeninos que nos revelaran cuál debía ser nuestro papel. Varias veces terminábamos en alguna cama, pero un miedo nos impedía pasar de ciertos juegos.

En enero del tercer año nos separamos, pero nunca pude olvidar a Paco, y a veces reflexiono sobre cómo hubieran sido las cosas si ambos hubiésemos sabido que por una penetración ninguno hubiera dejado de ser hombre.

Aún hoy, cuando aparece en esos programas televisivos en los que sigue desplegando su soberbia, toca fibras desconocidas en mi ser, y siento cosas que con otros no siento, y no lo niego, aún hoy me gustaría que me amara como nunca lo hizo.

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Adrián Falcón es un joven escritor argentino 

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