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Primera parte: Tregua
Todo comenzó un viernes por la noche. Regresaba con una hamburguesa
arropada en papel encerado, y en la otra mano un sudoroso refresco.
Lo busqué en la mesa que había apartado para que nos
sentáramos a comer; pero en su lugar encontré a una familia ruidosa.
Presioné con enojo la hamburguesa y un chorro rojo de tomate procesado me
cruzó el pecho de la camisa blanca que usaba para las salidas. Las demás
mesas de la concurrida zona de Fast food de la plaza comercial ya estaban
conquistadas; y él había desaparecido. Caminé rápido y los busqué por los
pasillos laterales llenos de brillantes aparadores que vendían toda clase
de chucherías y ropa de marca. Cuando la mano que sostenía el refresco
helado me ardía a causa del entumecimiento lo encontré jugando con una de
esas máquinas
atestadas de peluches que prueban tu destreza mediante una
garra metálica de difícil control.
Furioso me acerqué con el odio desenvainado, listo para
reclamar el abandono de la mesa y de su novio. Por supuesto que ese era
sólo un pretexto para reclamarle – como lo hacíamos periódicamente –
cualquier problema que tuviéramos pendiente; para esas fechas nuestra
relación se basaba en silencios agrios, poco sexo y muchos gritos, y sobre
todo, heridas morales que ambos nos inflingíamos con calculada paciencia.
Me puse junto a uno de los cristales y lo miré desde ahí:
abstraído por completo, la garra se movía torpemente tratando de atrapar
un pedazo de peluche con forma de trueno. Reconocí inmediatamente la cola
amarilla de Pikachu, la rata eléctrica de Pokemón, mi personaje favorito.
Desconcertado mi mirada se deslizó entre las planchas de vidrio hasta
llegar a su cara pensativa, concentrada, feliz. La abertura de la boca y
la brillante lengua acariciando fugazmente sus labios, la tensión de la
quijada… la misma expresión de nerviosa expectativa tenía la noche en que
nos conocimos: los dos en una calle solitaria, caminos contrarios, una
mirada y lo demás no tardó mucho, más bien fue instantáneo.
El voltaico roedor emergió de entre sus congéneres y se
elevó hacia el cielo luminoso de la máquina; supe entonces que sus ojos y
los míos miraban, por primera vez en mucho tiempo, algo que a ambos nos
importaba. La garra hizo unos cuantos giros y Pikachu cayó sano y salvo en
una gruta oscura que lo condujo hasta la palma abierta de él, que ya lo
esperaba. Lo levantó y lanzó una mirada extraña; tomó la hamburguesa y me
dio las gracias mientras extendía hacia mí el premio. El muñeco y él
sonreían. “Gracias a ti” respondí aceptando el regalo. También sonreí.
Mordió el redondo alimento, sorbí refresco.
Nos miramos. Sentí que apenas acabábamos de conocernos. Así
nos mantuvimos un tiempo, a pesar de la nutrida concurrencia que va a ese
tipo de plazas los fines de semana me pareció que el sonido producido por
sus charlas y sus risas era parte natural del ambiente, como respiro el
del viento o el correr del agua. Las burbujas de la bebida bajaban por mi
garganta con una velocidad medida, al igual que el antílope que con calma
breva de un pozo transparente; en cuanto a él, su masticar era despacio,
hipnótico, como un tigre devorando al ciervo recién cazado mientras
contempla el atardecer.
Se acabaron la hamburguesa y el refresco, los tiramos en un
basurero cercano y, sin pensarlo, nos tomamos de la mano y comenzamos a
caminar. Siempre hemos sido discretos y temerosos, pero ese viernes por la
noche recorrimos numerosos pasillos como cualquier par de novios lo haría;
hubo algunas miradas hacia nuestras manos, nuestras caras, y alguna que
otra hacia mi mancha. Por más intensas que fueron no lograron hacer mella
en nosotros, es más, recuerdo que no causaron ninguna emoción, ni enojo,
ni miedo, nada, era como ver desfilar los dientes de acero de las
escaleras automáticas: se ven peligrosos, pero a una distancia prudente
son inocuos.
Como ya era un poco tarde decidimos ir al departamento.
Tomamos un taxi y sin que nos diéramos cuenta el agrio silencio que nos
había envuelto desde hace meses se rompió por una cadencia de jadeos que
llenaron la habitación. Miré las fosforescentes letras verdes del reloj
digital que nos despertaba cada mañana, eran las doce en punto, momentos
después estallamos juntos, comenzaba el sábado.
Segunda parte: Sábado
Cuando desperté Jesucristo me miraba. Siempre me ha parecido inquietante
la cadena plateada de la crucifixión. La noche en que nos conocimos, ya
desnudos en el hotel, fue lo único que no quiso quitarse.
Me levanté en silencio, y sentí un poco de envidia al ver la imagen
acunada entre sus pectorales, subiendo y bajando al ritmo de la
respiración. También quisiera ser así de pequeño y dormir en el pecho de
un hombre, mecido por el latido de su corazón.

Caminé a la cocina, tenía planeado preparar algo especial
para, de alguna manera, celebrar lo de anoche; pero recordé que él
prefería algo ligero por la mañana. Así que alisté todo para un desayuno a
base de cereal; me senté en el sofá a ver la televisión con el volumen
bajo para no interrumpir sus oraciones. Me llegaba el murmullo de las
plegarias, con el control remoto silencié totalmente el programa que
estaba viendo.
Me concentré en escuchar, no entendía lo que decía, pero el
tono de su voz me sumió en un raro estado de melancolía, recodé que antes,
cuando era niño, rezaba en algunas ocasiones; también recordé ahí, frente
al televisor enmudecido, que a los 10 u 11 años mis padres me inscribieron
los sábados en una escuela de actividades físicas para combatir mi
incipiente gordura infantil; al principio las clases de karate, artes
plásticas y natación me parecieron odiosas, hasta que un día en los
vestidores, mientras me cambiaba de ropa, se sentó un niño rubio con el
cuerpo firme y una sonrisa enorme y blanca. Era algo mayor que yo, tal vez
tendría 13.
Comenzamos a platicar de muchas cosas, nuestros diálogos
duraban muy poco, minutos, los minutos que tardábamos en desnudarnos,
secarnos, y vestirnos de nuevo; por alguna extraña razón, que sólo ahora
sé, me sentía muy bien con él. No tengo presente de qué hablábamos,
posiblemente caricaturas o algo así, únicamente con claridad recuerdo sus
labios moviéndose al hablar, las manos guardando su traje de baño húmedo
por el agua de la piscina, y la piel de sus dedos que se cerraba sobre los
míos al despedirnos todas las tardes de sábado.
Un día llegó una alumna nueva, la presentaron en la clase
de gimnasia. La mitad de su cara se había quemado horriblemente en algún
accidente que no llegué a conocer. Nadie quería hacer equipo con ella para
las actividades, nadie quería sentarse en el pasto junto a ella para
escuchar las indicaciones del profesor. La actividad era que todos
corriéramos formando un círculo, sin embargo el círculo se rompía porque
el niño que estaba delante corría desesperadamente para no tenerla cerca,
el de atrás retrasaba la carrera por la misma razón. Después de unos
minutos se separó del grupo y fue a llorar a un rincón del patio. Quise ir
a consolarla, parecía una niña amable, pero me aterraba el sólo verla. Esa
fue la única clase a la que asistió.
Y al recordar ese episodio mientras escuchaba el rezo y en
la televisión acallada pasaban imágenes resplandecientes, caí en la cuenta
de que siendo niño había comprendido inconscientemente algo de mi propio
destino: de alguna forma, sabía que ese sentimiento de bienestar con el
muchacho rubio me acarrearía problemas. Lo supe cuando vi a la niña
deforme, pues yo también, como ella, era diferente, y para muchos, sería
un monstruo.
Cuando salió de la habitación parecía sorprendido de que la
mesa estuviera arreglada. Ambos nos sentamos y desayunamos silenciosamente
el cereal. Pasamos toda la mañana sin hablar arreglando algunos
desperfectos eléctricos y de plomería en el departamento. Pero dentro de
ese silencio nuestra comunicación fluía mejor, ya no nos movíamos con
recelo, esperando que cualquier acción acarreara una pelea. Por primera
vez en meses éramos libres.
Cuando cayó la tarde él preparó la comida, y rezó antes de
comerla; siempre me molestaron esos accesos de lo que yo consideraba una
beatería innecesaria, de hecho tuvimos muchas peleas por nuestras
creencias; a la hora de comer me levantaba en el momento del rezo inicial
o miraba hacia otro lado, avergonzado de verlo con las manos juntas
recargadas sobre la punta de su nariz; sin embargo aquella tarde me limité
cerrar los ojos, y escuchar esa música bucal nuevamente, y ahora me
vinieron a la mente sus jadeos y sus palabras entrecortadas cuando eyaculó
sobre mi estómago la noche en que nos conocimos y sobre todo como se
durmió abrazado a mí después de darme las gracias.
Abrí los ojos, y ambos sonreíamos, comimos en silencio,
pasándonos lo aderezos sin necesidad de pedirlos, como si supiéramos qué
le faltaba al otro. Después de la comida lo tomé de la mano y lo llevé a
la regadera, nos desvestimos y bañamos, nos afeitamos juntos, compartimos
lociones y escogimos ropa para la noche; lo vestí, me vistió. Una vez
listo tomé su mano, lo conduje fuera del departamento y tomamos el primer
taxi que encontramos.
Saqué de mi cartera una tarjeta para indicar al chofer
nuestro destino… nuestro destino… ahora lo repito, una y mil veces, no
sabía que al darle la tarjeta a ese desconocido que jamás volvería a ver
realmente le estaba indicando la dirección de mi destino, de nuestro
destino. no sé que me impulsó a salir con él esa noche, no sé porque
permitió que lo guiara ciegamente, ni estoy seguro de haber hecho lo
correcto… en ocasiones me arrepiento de lo que pasó esa noche. Lo único
que sé a ciencia cierta es que si nos hubiéramos quedado en casa ese
sábado todo hubiera sido muy distinto.
Llegamos al lugar, y antes de bajarnos del taxi un destello
de neón azul iluminó al Cristo que siempre llevaba colgado en el pecho, y
al mirar su crucifijo recordé que el día en que vi a la niña quemada
sollozar en un rincón del patio dejé la escuela de actividad física, y
también dejé de rezar.
Tercera parte: Domingo, tiempo de hablar.
Desnudo, y acuclillados, nuestras rodillas se tocaban. Los penes en
erección, mi mano palpando su corazón y la suya el mío. Formábamos un
cuadro simétrico, perfecto.
Hace poco nos habíamos despertado, era mediodía y la resaca ya era mucho
menor. Aún estábamos aturdidos por lo que sucedió el sábado. Ese domingo
él me guió. En ayunas preparó con harina unas obleas blancas. Yo con mucha
calma miraba el proceso; era la primera vez desde que vivíamos juntos que
faltaba a la iglesia en domingo. Pero no parecía contrariado. Después de
prepararlas nos bañamos. La ciudad estaba calmada, de afuera no llegaba
ningún ruido a excepción del esporádico paso de algún automóvil o el
ladrido lejano de un perro. Puso las obleas sobre una toalla blanca que
sacó del armario, tomó un tarro de miel y con un movimiento de cabeza me
indicó que entrara al cuarto. Así lo hice.
Me pidió que me desnudara, obedecí; dejó la toalla sobre la
cama. Como un oso hambriento hundió la mano en la miel para después formar
un cuenco y untar el espeso líquido por todo mi cuerpo mientras él también
se desvestía. Caímos sobre la cama besándonos, fue entonces cuando alargó
el brazo y recogió una de las obleas blancas. La deslizó delicadamente por
los músculos de mi estómago hasta llegas al ombligo, desde ese punto la
levantó por encima de nosotros, y observó como las gotas se formaban en el
borde para caer como una lluvia en cámara lenta sobre su cara. Nunca había
visto tanta solemnidad en un rostro, ni tampoco tanta felicidad.
Llevó la oblea a su boca, de un solo movimiento la tragó.
Repitió la operación pero a la inversa: circuló la oblea sobre sí y
posteriormente me la ofreció de la misma manera en que se la había
ofrecido él mismo. Sabía qué estábamos haciendo: era, de alguna manera, la
sustitución de sus hábitos dominicales. Tuve un momento de duda, lo vio,
me acarició, sostuvo la oblea con sus labios y volvió a ofrecérmela. Esta
vez la tomé, la blanca harina se partió bajo el peso del beso que nos
dimos…. De nuevo esa sensación del antro, atenuada, pero era la misma, y
vi en él que estaba experimentando lo mismo que yo el sábado por la noche
dentro del Centauro´s. nos embadurnamos en la miel, la abundante botella
se fue vaciando conforme nuestro deseo subía, totalmente eufóricos, él por
tener su propio momento, yo por haber sido integrado en él; miel en las
sábanas, en el piso, sobre las letras fosforescentes del reloj, miel en mi
cabello, en el suyo…. Miel dentro de mí… pues le permití algo que jamás le
dejaba hacer.
Sus movimientos torpes y vigorosos me recordaron a la
leyenda de Zeus convertido en animal montando a la doncella: Pasifae y el
toro; él y yo rehaciendo el mito, volviéndolo carne, sudor, sangre y
semen, repitiéndolo en un tarde de domingo en medio de una cama que la
miel volvió un prado opaco y cristalino; mugiendo, llorando, mordiendo la
piel y temblando cuando inevitablemente el final nos sorprendió. Unidos,
horas pasaron, seguíamos unidos, sumergidos en el gran silencio. Todo se
había detenido, no se escuchaban autos, ni perros, ni gente en la calle.
Llegó a un punto en el que creí que éramos los únicos sobre la Tierra, y
sentí una punzada de miedo, un escalofrío que a manera de pianista
recorrió velozmente cada una de las vértebras de mi columna, y unos
momentos antes del fin mi memoria regresó a los acontecimientos del
sábado.
Al principio se extrañó de verse ahí, en un lugar tan ajeno a él y tan
cercano para mí. Ya sentados pude ver la cara de susto que utilizaba para
las ocasiones en que se sentía extraviado; por ejemplo cuando le propuse
que viviéramos juntos.
Pobre, no estaba acostumbrado a la música estridente ni a las violentas
luces de Centauro´s, el primer lugar de ambiente gay que conocí y al que
soy asiduo. Tenía ganas de compartirlo con él, pero parecía que su
personalidad y la del lugar eran incompatibles, junté mi silla a la suya y
lo abracé mientras le besaba el cuello; eso lo reconfortó, me devolvió el
abrazo, y tomamos de la misma cerveza que el mesero nos acababa de traer.
Nos encontrábamos en una parte alta, cerca de un par de enormes bocinas.
Desde nuestro lugar podía verse la atestada pista, las parejas se movían
erráticamente, formando un mar confuso y profundo. Quise ser parte de
ellos, unírmeles como un solo cuerpo. Sentí el impulso de tomar fuerte su
mano, arrastrarlo hacia el barandal de hierro que protegía la sección,
subirnos, y desde ahí, arrojarnos para que ese mar nos devorara sin
contemplación. Fue cuando comenzó la canción de Rihanna. Sabía que me
encantaba, e instintivamente nos levantamos y comenzamos el baile.
¡Please don’t stop the, please don’t stop the, please don’t
stop the music!
Estaba de acuerdo con Rihanna.
Quería llevarlo lejos, sumergirnos en la corriente eléctrica de nuestros
frenéticos cuerpos y ahogarnos ahí, morirnos (Chest to chest and now we’re
face to face), por sentir tanto, por sentir la música, por sentir el
alcohol en el aliento y la saliva dulce de nuestras bocas que reflejaba
las luces color neón, todos bañados de neón, abandonando el cuerpo,
abandonando la vida…
I just can’t refuse it
Bailaba mal, no tenía mucha experiencia, pero no importaba;
no importaba porque estaba allí para mí, me amaba y yo a él. Pasaron esa y
otras canciones, conforme avanzaba la velada nuestros movimientos se
fueron sincronizando. La risa era indomable, los besos abruptos y tan
largos como las canciones, las cervezas se vaciaban en un chasquido y el
calor nos transformó en océanos de sudor, la ropa se había adherido al
cuerpo, ya no nos importaba secarnos, únicamente nos pasábamos la mano por
la cara para evitarlas molestas gotas en los ojos. Y fue en una de esas
ocasiones, cuando un rayo, proveniente de la esfera de focos multicolores
que daba ambiente al lugar, lo iluminó por un segundo, pero en ese
segundo, dentro de esa luz lo vi distinto: la mano levantando los
chorreantes cabellos, los ojos cerrados y la cara hacia el cielo,
mostrando el fuerte y sedoso cuello que sostenía su cabeza….
Se veía tan puro, tan hermoso, que esa es la forma en que
siempre lo recordaré: como un dios bañándose desnudo en el sol de una
constelación inalcanzable. Me arrojé sobre él, lo abracé, y respondió
igual, aferró mis manos y nos besamos; sus manos ya no se sentían como las
suyas, eran las manos de mi padre cuando me alborotaba el pelo, las de mi
hermano al golpearme, las de mis maestros cuando señalaban el pizarrón,
las del niño rubio despidiéndose el sábado; su boca ya no era suya, era la
mía, y todos los labios que he besado y besaré, y él era todos los hombres
del mundo, y su cuerpo tenía mil formas y cada forma cabía en el cielo de
mi paladar o se extendía hasta el infinito. Debajo de la ropa sentí cada
poro suyo, cada vello, cada hebra de vida que lo componía. Se separó unos
centímetros e incursionó en mis labios con un segundo beso, tan profundo,
tan antiguo y con tanto amor que me estremecí violentamente y un reguero
blanco me llenó la ropa interior. Él lo notó, pagó la cuenta y salimos
rápidamente. El resto de aquella noche traté de ordenar mis ideas y
revisar con calma qué había sucedido. Después de muchos años la única
respuesta que atiné a dar fue la de una experiencia mística.
El gran silencio se desplomó cuando comenzó a reírse. Ya era de noche.
Caminó hacia el armario y sacó un par de toallas con las que se limpió la
miel. Seguía riendo. Levanté los hombros y con la expresión facial traté
de preguntarle cual era la risa.
-Tu camisa blanca de las salidas – dijo sonriendo mientras
señalaba la prenda manchada que colgaba al otro lado de la habitación –
totalmente arruinada.
Al principio yo también me reí, pero aquella frase pronunciada por él,
como si fuera un conjuro, destrozó aquella paz que había durado
prácticamente dos días. La mancha roja que había sido imposible
desaparecer por completo apareció repentinamente para indicarnos cual era
nuestra situación, de la misma forma en que la fachada de una casa vista
después de unas largas vacaciones le echa en cara a su propietario que
debe retornar a su rutina asfixiante de todos los días.
Nos bañamos y cenamos en un silencio ruidoso, adelgazado, poco armónico.
Los días, las semanas, los meses y los años continuaron. Las peleas,
aunque al principio tratábamos de detenerlas, poco a poco regresaron a
nuestra vida, el odio también; y jamás hubiéramos llegado al hospital si
alguno se hubiese detenido a tiempo; a veces pienso que era mi deber
abandonarlo, pero aquella noche de sábado se quedó tatuada en mí de una
manera bestial, cada vez que nos peleábamos, cada vez que hacíamos
comentarios hirientes en público o en privado, me venía esa noche a la
mente y todo, para mí, quedaba solucionado. Me gustaría saber si el acto
de comulgar en la cama aquel domingo también lo mantenía a mi lado en los
peores momentos. Creo que nunca lo sabré.
Después de ese extraño fin de semana duramos siete años
más, ahora que los miro en retrospectiva no sé como pude sobrevivir a
ellos. Tampoco sé de quién fue la culpa…. ¿La de él por empezar todo con
el peluche que me regaló en la plaza, o yo por adherirme desesperadamente
a un recuerdo final? Ya que el viernes en el que comienza toda esta
historia iba a dejarlo; llevaba semanas planeándolo, cuando estábamos en
la comida rápida pensé que sería la manera indicada: ambos sentados,
comiendo, con la suficiente gente para que nuestra inhibición evitara una
escena doméstica violenta… esa tarde era el fin, y sin embargo se volvió
el principio de siete años de un triste odio; hasta el día en que le
estrellé un grueso y decorado cenicero de cristal en la cabeza y cayó de
espaldas formando un tranquilo lago rojo; me paralicé ante la escena,
hasta que volvió en sí y, tambaleando, se levantó para pedirme que llamara
a una ambulancia. Así lo hice y, mientras colgaba el auricular, el
cenicero se estrelló en mí.
Cuando nos recuperábamos en el hospital acordamos acabar con todo:
vendimos el departamento y cada quien continuó con su vida. Sin embargo
siete años agrestes habían hecho estragos en mí, ya no atraía a nadie y
pronto dejé de buscar parejas. Todavía voy al Centauro´s, pido alguna
cerveza y miro a los jóvenes bailar como él y yo lo hicimos ese sábado;
cuando el local está vacío y la imaginación fecunda nos veo de nuevo
bailando toda la noche, y lo recuerdo puro y lleno de luz, y me recuerdo
enamorado, y feliz. Siempre que recuerdo todo esto sigo sin poder creer
que dos días de absoluta paz valgan siete años, y sigo sin creer que
aquella felicidad comenzó un viernes por la noche.
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"Iván, NIño Cyborg"
es un joven estudiante de Veracruz, México, con especial calidad en sus
relatos, que aporta a los navegantes de Isla ternura esta sentida
narración "en tres actos"

NOTA: La mayoría
de las imágenes incluidas corresponden a las serie "Queer as folk" y han
sido tomadas en su totalidad de Internet. Ninguna de las cuatro fotos
incluidas corresponde a los
personajes del relato o al autor.
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