|
Juan
Pablo salió de la casa de su hija con una sensación desganada, mezcla de
alivio y tristeza. La confesión sobre su primer amor a su hija lo había
agotado. O quizás había removido demasiadas cosas dentro de sí.
Se
desconoció: ni siquiera sabía para qué le había contado toda esa torpe
historia ni porqué. Su hija conocía de sobra su vida. ¿A qué venía
ahora desenterrar todo aquello?.
Las horas
en el trabajo se le hicieron tediosas, insípidas. Autómata solitario,
memoria abierta, desgana general. Al contrario que otros días, en cuanto
llegó su hora de salida, escapó hacia la calle con gesto cansino. La
noche lo había envejecido.
Caminó
hacia la estación del metro y bajó las escaleras sin pensar en nada. Los
recuerdos estaban demasiado cerca.
Había
poca gente en la estación. Una mujer con un chaquetón demasiado caluroso
para la fecha. Un joven con un skateboard. Un oficinista de corbata y
maletín sentado en los bancos de espera. A su lado, molesto por la luz
del fluorescente de un anuncio de cervezas, un hombre delgado se levantó
y caminó hacia el andén. Juan Pablo lo miró con la incredulidad con que
se mira un espejismo.
-¿Nano
Sepúlveda?, susurró.
El hombre
se volvió sereno, cansado. Con una sonrisa traviesa, dijo:
- Fui
Nano Sepúlveda alguna vez. ¿Quién?
Ojos
abiertos, sonrisa truncada a medio camino, cara de asombro. El tal Nano
Sepúlveda lo había reconocido en el acto.
- Juan
Pablo Cox - dijo, en un murmullo.
Su voz,
cansina y rasposa seguía siendo la misma. Un poco más rasposa,
seguramente por el cigarrillo. El Nano de entonces ya fumaba demasiado
- Juan
Pablo... y abrazo inmediato, brusco, fraterno. Tumbado en la
alfombra junto a su hija, hacía solo unas horas, jamás habría podido soñar
algo tan bello
- Juan
Pablo Cox. Estás... Estás... Estás... ¡La verdad es que estás
estupendo! ¿Cuántos años.?
-
Treinta y dos.
- Muchos.
Sonrisa amplia, feliz
-Juan
Pablo, esto es prodigioso.
Y Juan
Pablo, que ha aprendido mucho de prodigios en un solo día, sólo puede
murmurar:
-Sí
Delgado,
con sus inmensos ojos verdes, sus facciones finas y su rostro
singularmente extraño, Fernando seguía siendo el mismo. Más pálido,
quizás, más envejecido. Pero el mismo
- No
me creerás, pero estuve toda la mañana hablando de ti.
-
¿De
mí? Qué extraño tema. ¿Por qué?
- Le
contaba a mi hija sobre ti.
-
¿Tienes
una hija? Espera, creo que me he perdido demasiado. ¿Tienes tiempo que te
sobre, algo así como ocho horas? Necesito ponerme al día.
Juan
Pablo se rió. El día no podía haber sido más perfecto.
- Iba
a comer solo; mi hija va a ir a buscar a su esposo a la estación y se
iban a cenar por ahí.
-
¿Tienes
una hija que ya tiene esposo?. Suspiró. Vamos, te invito a
comer. Espera un segundo, necesito beber algo, la impresión me ha dejado
seco. ¿Quieres?
Juan
Pablo negó con la cabeza. Sepúlveda sacó unas monedas del bolsillo y
compró una Cola-cola en la máquina dispensadora. El sonido de la lata al
abrirse hizo despertarse a Juan Pablo de su ensoñación. No era un
espejismo: ante él, con su pelo escaso y ceniciento, los pómulos
huesudos y voz sensual, Fernando Sepúlveda sonreía.
Caminaron
hacia la salida, subiendo las escaleras en silencio, mientras Sepúlveda
bebía su bebida y Juan Pablo analizaba el milagro esperado por más de
treinta años.
El paso
de Sepúlveda era rápido y Juan Pablo se adaptó a él con una cadencia
extraña, mientras intentaba recordar algún momento de caminata antiguo y
comparar la forma de andar, el paso acelerado, la forma indolentemente
deliciosa con que su recién encontrado amigo bebía de la lata mientras
andaba. La comparación constante lo asustó.
¿Qué
sabía del famoso abogado que caminaba junto a él, fanfarrón y seguro,
cargando un portadocumentos que recién ahora veía? ¿Renegaría de su
pasado adolescente, dándole diez mil explicaciones sobre los cambios
hormonales, la confusión de roles durante la adolescencia, la búsqueda
desesperada de la identidad sexual que conducía a mil errores y otras
cosas de niños? ¿O sería de los que, súbitamente, sufren una amnesia
oportuna que borra sólo los momentos más vergonzosos de su vida? ¿Sería
capaz de negar algo? ¿O, por el contrario, sería de los ególatras que
ansían seguir siendo deseables y que buscan en el recuerdo un momento de
pasión gratuita?
La
perplejidad lo cansó. Odiaba las mentiras. Supuso que cuanto antes
aclarara ese punto, antes desenmascararía a su amigo. A pesar de ello, el
primer paso lo dio el otro.
-
¿Qué
le contabas de mí?
- ¿A
mi hija? Todo. Le hablé de cuando nos conocimos. Cómo me sedujiste-
Sonrisa.
- Te
seduje? Cinismo de uno, desilusión del otro.
-
¿No
lo recuerdas?. La sorpresa de Fernando ante la pregunta pareció
sincera.
- No,
me acuerdo perfectamente. Estaba acordándome de cómo fue. Qué bueno
que tengas reciente la historia completa, no te costará mucho contármela
a mí ahora.
- Has
olvidado cosas. Fernando arrojó la lata a una papelera y esbozó una
sonrisa indescifrable.
-
Recuerdo
cada detalle, pero ignoro qué pasó contigo después. Vamos, entremos aquí,
yo invito.
Mesas
diseminadas bajo una luz radiante proveniente de una claraboya en el
techo. A pesar de ser un fanático de los restaurantes, Juan Pablo jamás
había entrado en ése. La elegancia de la decoración lo reconfortó.
Sepúlveda
ordenó por los dos con una confianza perfecta. Al igual que a los dieciséis
años, seguía siendo un líder. Conocedor de su carrera profesional, a su
amigo no le sorprendió. Le bastaba con observarlo.
- Un
brindis por los viejos amigos que se reencuentran, dijo, alzando un
vermú sin aceituna.
- Un
brindis por los de entonces que ya no son los mismos. Fernando no
respondió, limitándose a chocar el vaso con un tintineo suave.
-
Cuenta.
¿Qué hiciste después de Argentina?
-
¿Cómo
sabes que estuve en Argentina?. Sonrisa animada y confiable.
Encogimiento de hombros. Risa franca. Fernando seguía siendo el mismo.
-
Viajé
a buscarte. Llegué a las puertas de tu internado. No me dejaron verte y
volví con la cola entre las piernas. Me encerré en mi pieza a llorar una
semana completa. Cuando salí, intenté viajar de nuevo, pero mis padres
lo impidieron. Volví al redil como un cobarde y nunca más dejé que me
llamaran Nano. ¿Qué pasó contigo?
-
¿Viajaste
a Argentina a buscarme al internado?. Sonrisa tímida, sonrojada y
sorbo de vino tinto que borra de sus labios la dulzura del vermú y el
rubor de la sonrisa. -Sigue contando.
- No,
quiero oír tu historia.
- No,
sigue contando.
- Vamos,
llevo treinta y dos años esperando para saber qué fue de ti en estos años.
- Dijiste
que teníamos ocho horas, quiero escucharte. Fernando suspiró,
dejando el tenedor sobre el plato.
-Seguí
estudiando, en el intertanto me casé, deseando tener hijos para criarlos
como creía que había que criar a un hijo. La segunda pérdida de ella
rompió nuestro matrimonio. Me dediqué al trabajo, me enamoré mil veces,
ninguna sirvió. A mi última pareja, a quien sí amé de verdad, no le
serví yo. Ya se me había olvidado ser correcto. Eso es todo.
- Te
he visto en televisión.
- Ése
es mi doble, lo llevo en el portadocumentos, desinflado. Juan Pablo
se rió
- En
serio, ése es correcto, luchador, valiente. El otro es lo que queda de
muchos años de agotamiento. Te toca a ti.
- Mi
historia es similar. Para alejarme de las "perversiones", mis
padres me enviaron a un internado de curas degenerados, corruptos y
pederastas, que dejé antes del año. Me enviaron a estudiar a Buenos
Aires, me dirigieron la vida y lo acepté. Me casaron con la hija de un
militar. No eran épocas para negarse y los dos acatamos como corderos.
Nos separamos a los dos años, en buenos términos. Deambulé entre
trabajos espléndidos y pasiones pésimamente mal planteadas que no me
aportaron nada. Mi relación más estable fue de seis años y me dejó por
un alumno común. Ahora vivo solo, y tengo una hija de veinticinco años
que estudia astronomía en Buenos Aires y pasa temporadas conmigo, alegrándome
la vida. Eso es todo.
-
¿Cuándo
volviste?
-
Hace
cuatro años.
- ¿Y
siempre has vivido en Santiago?
-
Sí.
- Y
jamás nos encontramos.
-
Tampoco
te busqué, a pesar de que te veía en la tele. Pensé que...
- Que
me daría vergüenza acordarme de ti. La honestidad de Fernando hace
una grieta en la seriedad de Juan Pablo, quien sonríe abiertamente por
primera vez.
-
Sí.
Último jugueteo de Sepúlveda con el tenedor sobre el plato. Sin levantar
la mirada, llenó de nuevo las dos copas.
-
Empecemos
a hablar en serio, Juan Pablo. Odio los circunloquios.
- ¿A
qué le llamas circunloquios?. Fernando levantó la copa. Su sonrisa
no podía ser más sublime.
- Un
brindis por los viejos amantes que se reencuentran. Juan Pablo se
sonrojó: a pesar de todo, no esperaba esa confianza.
- Un
brindis por los viejos amantes que se reencuentran. Tintineo de
copas.
-
Bien,
ahora cuéntame tu historia de nuevo.
Juan
Pablo suspiró y comenzó a hablar.
Después
de que se descubriera en el liceo nuestra relación, mis padres me
enviaron a Argentina, al internado, eso lo sabes. En el internado, sólo
alcancé a terminar el curso. Estaba furioso con mi familia, aunque
acataba todo, ya sabes que le tenía pánico a mi padre. Le conté las
atrocidades que vi dentro y me envió a Buenos Aires. Pasé a la
Universidad, a estudiar Física Nuclear, y terminé la carrera en tiempo récord.
Al terminar la carrera, mis padres decidieron que debía casarme, para
espantar viejos fantasmas sodomitas y eligieron, como ya te comenté, a la
hija de un militar en un matrimonio acordado entre los padres. Nos
vendieron. La primera vez que nos dejaron solos, le conté la verdad y
ella me contó la suya: enamorada de un activista de izquierdas, su
familia la obligaba a casarse conmigo por la fortuna familiar mía y para
alejarla de él. En caso de que no aceptara, las consecuencias las pagaría
él. Era una época en la que amenazar era muy fácil y cumplir las
amenazas, aún más. Aceptamos nuestro matrimonio por conveniencia: ella
viviría su amor utilizando la pantalla del matrimonio y yo podría hacer
lo que quisiera. Ese pacto tendría que durar hasta que las cosas se
calmaran y su relación pudiera legitimarse. La mía no era conflictiva,
ya que sólo me dedicaba a tímidas y fugaces incursiones en un mundillo
homosexual que me aterraba y me atraía por igual. Una noche en la que
ambos llegamos temprano al departamento, cansados de nuestra propia cobardía,
exorcizamos en vino blanco nuestra rabia de tres años y consumamos
nuestro matrimonio por primera y única vez. Daniela, mi esposa, quedó
embarazada. En cuanto nació Julia, nuestra hija, nos separamos. Ninguno
de los dos habría soportado criar a la niña en nuestra mentira. Ella se
fue con su pareja, con quien vive hasta ahora, y con la niña. Yo vivía a
pocas cuadras, así que jamás fui un padre ausente. La niña supo la
verdad desde el primer día. Ella es mi confidente, mi mayor amor, mi
mejor amiga. Con el tiempo, aparte de trabajar en una planta de energía
nuclear, comencé a dar clases en la universidad. Me enamoré de un compañero
ocho años mayor y comenzamos a vivir juntos. La mentira continuó. Llegábamos
a la misma universidad en autos distintos, nos esquivábamos por los
pasillos, nos tratábamos de usted. Fue un proceso doloroso para mí. Si
bien mi hija y Daniela sabían la verdad, la doble vida me agotó. Cuando
intenté plantear esto, él se fue con un alumno de tercer curso, haciendo
un alarde de mariconería impresionante, luchando por su identidad y su
respeto como jamás luchó por nosotros. Me sentí imbécil. Seguramente
lo fui. Ahí dejé el país y me vine trasladado acá. Mis aventuras en
Chile han sido clamorosas en lo económico y patéticas en lo personal,
pero me siento tranquilo. Al menos, he logrado eso. Una felicidad basada
en la tranquilidad, en mi hija, en mi casa, en mi profesión y mi holgura
económica. Una vida un poco plana, pero relajada.
-
Entonces
estás solo...
-
Sí.
No he sabido ser valiente.
- Al
contrario, creo que lo has sido mucho.
-
Dime,
¿tus padres...?
-
Murieron
los dos. Mi madre murió cuando tenía veinte años; mi padre, hace sólo
un par.
- Lo
siento. Apreciaba mucho a tu madre.
-
Sí,
era una gran mujer, jamás juzgaba.
-¿Y
tú, Nano? ¿Qué ha sido de ti?.
- Ya
te lo conté, no hay mucho más. Tras mi ruptura matrimonial, tuve varias
parejas de corta temporada. Me acostumbré al juego de la libertad y del
cambio de pareja cada vez que me aburría. Me enamoré de un colega y dejé
de ocultarme, pero no dejé mi vida anterior y eso rompió la relación.
Eso es todo. Mi trabajo me llena, hay muchas cosas que hacer, y ahora que
me acerco a los cincuenta, realmente no me planteo nada a nivel personal.
Ya no espero nada.
-
Mmmh.
-
¿Qué
quiere decir ese "Mmmh"?
-
Nada,
pensaba.
-
¿En
qué?
- Nos
cagaron la vida, ¿verdad?
Nano elevó
la copa nuevamente.
-
Quizás.
Pero nosotros lo permitimos.
- La
culpa fue mía.
-
¿Tuya?
¡Qué extraña idea!
- No.
Yo fui el que se fue, tú permaneciste en la misma casa, eras fácil de
localizar. Tenía que haberte buscado.
-
¿Por
qué no lo hiciste?
-
Tenía
miedo.
-
Entonces
ya no importa. Juan Pablo, lo nuestro fue un affaire de colegiales. Nos
ayudó para descubrir nuestra identidad sexual, y si no supimos
afrontarla, no busques más culpables que este par de idiotas. Yo ya tenía
experiencia sexual cuando te conocí, lo sabes, y me odié años por
haberte llevado por este camino y no haberte dado la oportunidad de
elegir.
-
Elegí
cuando me enamoré de ti.
-
Enamorarse
es pasajero, Juan Pablo. Me puedo enamorar de una persona que pasa por la
calle, de una mirada, hasta de un actor de cine. El enamoramiento pasa. Yo
te amaba, que es distinto. Pero el amor es egoísta y quizás torcí tu
camino.
- No
fue así y lo sabes.
-
Bueno,
tú te culpas por no buscarme; déjame culparme por haberte arruinado la
vida.
- No
seas duro.
-
Empezaste
tú echándote la culpa. No busquemos culpables, Juan Pablo. Ya no. No
tiene sentido. ¿Qué pensaste al verme? ¿Qué me avergonzaría y me haría
el loco?
-
Honestamente,
sí.
- Yo
pensé lo mismo de ti, hasta que hablaste de la seducción. Ahí pensé
que me culparías por todo lo que has vivido. Como ves, seguimos viviendo
perseguidos, como cuando nos besábamos a escondidas en el baño del
liceo.
-
Mmmh.
-
¿Por
qué me detuviste?
- Me
gustó verte, acababa de hablar de ti, parecías la respuesta a una
plegaria.
- ¿Y
lo fui?
-
Creo
que sí. Me has ayudado en este corto rato a limpiar muchas cosas.
- Yo
las limpié hace tiempo, Juan Pablo. Ahora sólo me queda vivir. El pasado
ya está dentro de nosotros, ya forma parte de nosotros. No hace falta que
te quedes mirándolo constantemente, lo llevas contigo, así que déjalo
ahí, de la misma manera que no te pasas la vida pendiente de tu hígado,
de tu risa o de tus uñas. Están ahí y estarán allí siempre.
-
Mmmh.
-
Déjate
de gruñir como si estuvieras oyendo algo inteligente. Soy Nano, el que te
copiaba los apuntes de matemáticas en la mañana y te hacía el amor en
las tardes. Antes no me encontrabas la razón en todo.
-
Ojalá
lo hubiera hecho.
- Te
estás deprimiendo y no era ésa la idea. Mira, ya me he fumado media
cajetilla y me he tomado todo el vino y aún no entiendo nada. Quizás no
había nada que entender y sólo teníamos que disfrutar el encuentro.
Quizás teníamos que habernos saludado y haber seguido de largo. O quizás
debería agarrarte y llevarte al primer motel que encuentre. O quizás
debería desinflar al Fernando Sepúlveda que llevo en el maletín, él
siempre sabe qué hacer.
-
Estás
incómodo y te quieres ir.
- No,
estoy demasiado cómodo, y por eso me quiero ir. Toma, te dejo mi tarjeta.
Te mato si la tiras a la basura en cuanto me vaya. Llámame mañana, estoy
muy desorientado aún y sigo con la boca seca. ¿Lo harás?
- No
lo sé.
-
Hazlo.
No estoy enojado ni avergonzado, sólo necesito pensar. Hace tiempo que
dejé de pensar en el pasado y este golpe de pasado tan repentino me ha
desorientado. Por favor, llámame. Me lo debes.
- Eso
es manipulación.
Nano
sonrió.
- Por
supuesto. Me acabas de devolver mi identidad. Vuelvo a ser Nano tras
treinta y dos años. Déjame pensar qué significa eso y sabré si darte
las gracias u odiarte. ¿Te la juegas?
Juan
Pablo sonrió con él.
-
Sí.
Sepúlveda
se levantó con un guiño. Anotó con letra picuda su celular en el
reverso de la tarjeta y se la entregó. Le tendió una mano cálida y dejó
un par de billetes grandes sobre la mesa. Caminó hacia la puerta. Al
llegar a ella, se volvió.
-
¿Tomas
siempre ese metro?
-
Todos
los días.
-
Bueno,
si no me llamas, ya sabré dónde buscarte. Volvió a sonreír y se fue.
Juan
Pablo miró la tarjeta, dudando entre romperla y guardarla. La metió en
su billetera.
Pensó en
su hija, en su conversación de la mañana, en lo recién hablado, en la
vida entera.
Se levantó,
repentinamente más liviano, repentinamente más viejo. Sacó la tarjeta y
la releyó. Buscó su celular en el bolsillo, marcando el número sin
prisa.
-
Vuelve,
idiota. El metro está peligroso a esta hora, te llevo en taxi a donde
quieras.
La risa
de Nano terminó por devolverle los treinta y dos años perdidos.
*
* * * *

|