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Como
estudiante de la Academia Superior
de Guerra no tenía problemas de regresar tarde en sus días francos,
sobre todo si era ayudante del Mayor D´ Alessio, ex agregado militar en
Corea del Sur y actualmente, jefe de ayudantes del director de la Sección
de Inteligencia Militar: el General Indalecio Mondragón. Sebastián a sus
veinticinco años, cursaba el último
semestre en la Academia y pronto
graduaría como
oficial de protocolo; su
familia era de
tradición militar; su
abuelo materno había sido capitán de guardias nacionales y un tío
paterno, era médico militar retirado
con grado de mayor.
Esa
noche regresaba a casa después de haber auxiliado al Mayor D´ Alessio en
ordenar un pequeño archivo con nombres de personas clasificadas como
“importantes para la sección”. Pensó en un momento desviarse para
visitar a Fausto; pero sabía
que el “cuasi” estado de sitio impuesto, sería un obstáculo para ir
a un lugar y tomarse un capuchino; sobre todo a esa hora de la
noche. Amaba su carrera militar, el puesto de ayudante le daría el pase
seguro al Estado Mayor de Palacio Nacional, de ahí en adelante se
consolidaría. Además, su padre trabajaba en una empresa multinacional
de telecomunicaciones y eso le
abriría las puertas con los militares de alto rango.
Su casa se ubicaba en un barrio de clase media alta. La cochera eléctrica
se abrió para dar paso al volvo
gris con matricula
militar. Sebastián entró a la estancia y aventó su quepis sobre el sillón,
luego le gritó a Rita, una indígena
que fungía como ama de llaves.
-¡Rita,
ya llegué tráeme jugo de naranja!-. Se recostó en el sillón de la
estancia, pasó sus manos por
su cabello corto provocándole una agradable sensación,
cerró sus ojos y murmuró -caray no pude verlo-. Rita
pronta, acudió con el vaso de jugo helado. – Aquí está joven,
su mamá fue al club y su
padre salió de urgencia fuera del país;
¡ah! y su hermana fue al cinema -. El joven militar pensaba en la
eficiencia de
su sirvienta
mientras bebía con rapidez el jugo. – Rita, y.... ¿nadie me
llamó?- preguntó con cierta discreción. – ¡Ah si olvidaba!, el joven
Fausto habló como a las
cuatro; que mañana lo espera en el club de golf a la hora de siempre.
El sábado lo aprovechaba para descansar y hacer un poco de vida
civil; esa tarde vería a Fausto, un
amigo de adolescencia que
se conocieron en la escuela secundaria, pero a diferencia de
Sebastián; Fausto Lorenzo O´
Farril estudiante del
doctorado en Ciencia Política, pertenecía a una familia de tradición
laica y liberal, su padre un reconocido profesor universitario que enseñaba
historia, la madre de origen irlandés de familia adinerada era pragmática
y muy religiosa.
Ambos se conocían bien, Fausto en son de broma
le reprochaba a Sebastián su fascismo criollo. Tenían una amistad
extraña, contrastaba la rigidez del oficial
con el desgarbo del joven doctorante. A pesar de las diferencias
aparentes, en el fondo había coincidencias provenientes de sus
respectivas subjetividades, de ver y
compartir la vida de una manera distinta.
-
Hola Fausto, ¿cómo estás?,- Sebastián lo estrechaba con
desgano pero amable.
-
Bien,
pero mira que cara traes, parece que fusilaste a medio mundo- contestaba
Fausto con una ironía la cuál
no le hacia gracia a su amigo. – No sigas con tus estúpidas bromas,
sabes que la gente del G-6 está en todos lados-. Refiriéndose a los de
inteligencia militar.
-
Bueno
disculpa, pero te ves fatal amigo- . Mientras,
el militar llamaba al mesero y ordenaba café americano y un
capuchino; siempre ordenaba
con su manía militarista: el capuchino para Fausto y el americano
para él.
-
La
verdad he tenido mucho trabajo, mi jefe inmediato pronto lo ascenderán de
rango y yo...- con desesperación
pasó su mano derecha por su cabello militar y respiró profundamente,
para enseguida comentarle a su amigo.
-
Fausto,
no se que vaya a pasar pero las cosas se ponen mal, los militares cada vez
somos más duros, amo a mi carrera pero... no soporto ciertas
ordenes, ciertas doctrinas de seguridad nacional, funestas y nada
convincentes en estos tiempos-.
-
Cuáles
Sebastián, dime...¿que te sucede?- .
Preguntó Fausto en voz baja y acercó su cabeza, al mismo tiempo
tocaba el hombro izquierdo de su amigo.
-
Tengo
el ofrecimiento de trabajar como edecán en el Ministerio de Defensa, se
que es una posición importante, pero me hubiera gustado primero pasar por
Palacio Nacional, tu sabes ahí te comprometes menos, eres parte del
protocolo, no se... manejas un pelotón o la guardia de honor, incluso
comandante de revista para las visitas de Jefes de Estado
El mesero llegó con los cafés y ambos callaron simulando interés
por el jardín del club campestre.
Volvieron a la charla en cuanto el mesero se retiró. -Pero no
tienes de que preocuparte, mientras no te metas en líos fuertes, además
tu familia es respetada, creo que si pides
te concederán Palacio o de agregado militar en cualquier embajada
-. Comentaba Fausto a la vez que le daba un cuidadoso trago a su café.
-
No
creas (dijo Sebastián en tono misterioso) estoy enterado de que habrá
una operación limpieza y amigo....me preocupa tu padre, como profesor en
la universidad nacional está metido en el Consejo de Catedráticos y eso
puede sonar peligroso, tu sabes los
intelectuales, la izquierda y demás pendejadas
alborotan a mis superiores -, sus
palabras eran frías para no alarmar al
amigo.
-
Bueno
te agradezco tu preocupación pero mi
padre realmente no es un peligro para la seguridad nacional, es un
parlanchín con principios pero hasta ahí.-. Dijo Fausto de forma jocosa,
aunque en el fondo sabía de la importancia de su padre como líder moral.
El tiempo pasó y los amigos hablaron del fútbol y de la muerte de la
Madre Teresa, luego de que Fausto visitaría
México en dos meses más. Las
horas realmente se desvanecieron en
una charla entre alegre y discreta.
Sebastián
llegó temprano al Ministerio, su uniforme caqui y su guerrera
verde contrastaban con los dorados cordones de mando y
las insignias en plata, dos guardias le saludaron marcialmente,
contestó con gallardía el saludo. Se dirigió de inmediato al despacho
del Coronel D´Alessio. –
Buenos días mi coronel- saludó con voz fuerte. El coronel con cierto
interés le ofreció asiento. – Buenos días capitán Souza,
-¿como amaneció hoy?- A la vez que de su escritorio repleto
de soldaditos de plomo en miniatura de varias épocas y
de distintas armas, sacaba un expediente grueso y se lo daba
presuroso a Souza. – Léalo
capitán y le encargo el trabajo-.
Sebastián
abrió aquella carpeta y con detenimiento comenzó a leer una lista de
nombres, entre ellos estaba el del Profesor Luis Fausto Lorenzo, padre de
su amigo. Después había una leyenda en un recuadro amarillo que decía
“Operación Limpieza”. Sus manos comenzaron a temblar y con una voz
nerviosa se dirigió a su superior, no sin antes aclarar su garganta.
-
Mmmh,
señor ¿ que significa esto?, ¿pudiera ser más explícito?. – El
coronel con voz pausada y casi burlona expresó.
- Claro Souza, lo que deseo es que por favor y por órdenes del
Ministro, usted se encargue de diseñar y manejar esta decisión militar
de la “operación limpieza” lo más pronto posible -.
El capitán quedó estupefacto, sus mandíbulas se apretaron y un
sudor corrió de pronto por su frente, las manos también le sudaban. El
coronel obviamente notaba tal situación y lo más probable es que también
supiera la relación que éste tenía con la familia Lorenzo. -¿Le sucede
algo capitán, ha entendido la orden? y deseo que la cumpla en un tiempo mínimo
de una semana, esperemos no tener que llegar a mostrarle otro folder con
su historial, bueno.... sus cosas personales...mmmh ..usted sabe-. Eso fue
el tiro de gracia que hizo que Sebastián tragara saliva y sus ojos se
volvieran irremediablemente acuosos, mientras sus mandíbulas se endurecían;
sentía que el mundo se le venía encima.
Repentinamente
se levantó y tomó el
expediente. – ¿Me puedo retirar coronel?-. --Por supuesto pase usted-.
El coronel a espaldas de Sebastián quedaba con las manos entrenudadas
bajo su barbilla mientras hacía
un gesto de burla, sabía que las cosas marcharían bien. El joven militar
por lo pronto sentía una humillación sin medida,
lo habían tratado como basura y su dignidad estaba pisoteada.
En
casa tomó el teléfono y llamó a Fausto. – Hola Fausto
escucha bien, te espero mañana en el Club es importante, no puedo
decirte más, no lo olvides-. Al llamar tal vez lo grabarían los del G-6,
tal vez no, pero tenía que
correr el riesgo.
Se
vieron en la mesa de siempre. –Qué pasa cuéntame, dime que sucede-,
susurraba Fausto. Sebastián
nerviosamente se frotaba las manos. – Mira, en público es menos
sospechoso, aparenta risa, anda ríe, ríe hombre-. Fausto rió de manera
fingida.
-
Pues
resulta que tengo ordenes de desaparecer a tu padre, bueno
a otros también-. Fausto abrió los ojos y exclamó fuerte- - ¿Qué,
que?-. – Eso me han ordenado, una operación donde tu padre debe ser
eliminado o desaparecido, ¡no lo se!, ¿recuerdas nuestra última
charla?, pues yo tenía razón-. – ¡Es imposible denuncia esto!,
recurre a tu padre, a la embajada de la ONU, del Vaticano, a la OEA, no
se, pero no tienes porque cumplir con esta aberración -.
Casi gritaba Fausto. Sebastián tomó el brazo alterado de su
amigo. – Además si no lo
hago, harán pública nuestra
relación Fausto, sí; ellos
tienen datos de
todo, saben
que tu
y yo.......-.
Boquiabierto Fausto
aventó la mano de su
amigo
-
¡Qué me importa que digan que tu y yo nos acostamos juntos, que tenemos
cinco años siendo amantes, me
importa un jodido que sepan que un grandioso militar como tu, le gustan
los hombres!-.
Sebastián volteó a los lados y se acercó más a su amigo. –
Mira Fausto cálmate y entiende esto muy bien, adelanta tu viaje a México,
dile a tus padres que te
acompañen, salgan rápido, yo mientras tanto haré la denuncia o hablaré
con papá, lo importante es que ustedes salgan por un tiempo -.
Fausto sintió la mirada tierna y sincera de su amigo y
esas palabras lo tranquilizaron. – Está bien, lo haremos, creo
no habrá problema por ello-. Se despidieron con un abrazo poco cálido,
Sebastián metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó
una pequeña cajita, para dársela
rápidamente a Fausto.
En
el trayecto al Ministerio, el militar recordó como empezó esa extraña
relación sentimental entre
ambos. La estrecha amistad se fue convirtiendo poco a poco en algo
misterioso; una actitud que se salió del control.
Se miró por el espejo retrovisor,
observó sus barras en
las hombreras, había una contradicción entre su
verdadero “yo” y la mascara
marcial que usaba a diario; sin embargo no le causaba una molestia
total, en cierta forma aceptaba su condición, además sentía un gran
afecto por Fausto.
Una
noche en las cabañas de la Sierra Nevada, se había iniciado tal relación,
ambos habían ido a esquiar y las repletas copas de coñac ya eran tres
para cada uno. Sebastián frente a la chimenea
reflejaba en su rostro la luz ambarina del fuego, su
tez morena de origen moro-portugués se ensombrecía a la mitad,
resaltando su perfil casi perfecto y viril; Fausto lo miraba con
curiosidad, no creía que aquél ingenuo y bello perfil perteneciera a un
militar que seguía ordenes como autómata.
Fausto contrastaba con la figura atlética del
soldado; era blanco y delgado aunque fuerte, su cabello largo y su
abundante barba estilizada, lo
hacían pasar como un noble del siglo XIX;
Fausto se acercó a la chimenea, mientras los dos hundieron sus
ojos en el chispeante fuego. – Salud capitán -. – Salud pinche
intelectual-. Fausto extendió la mano y toco el rostro de su amigo,
Sebastián sonrió y sin miramientos la
tomó entre sus manos, ambos quedaron viéndose y se abrazaron de forma
brusca. – Pinche Sebastián, te deseo-, - ¿En serio, eres maricón
Fausto-, - no lo se pero te voy a besar-. Fausto tomó el rostro
de Sebastián y lo besó intensamente en la boca,
éste se dejó llevar y más que oponer resistencia; siguió el
juego erótico que Fausto le dictó desde el principio.
-
Tu pene es grande, no parece de un intelectual marica –
decía Sebastián riendo, mientras retozaban en
la cama que
improvisaron frente al fuego exquisito y
perturbador. Sebastián tomó una copa llena de coñac, metió en
ella su miembro y
lo ofreció ritualmente a su compañero, nuevamente se dio la fusión
de dos cuerpos, que en las sombras eran como
danzantes de un ritmo cadencioso
y misterioso. A partir de allí se verían cada quince días para
repetir sus íntimos deseos.
En
la oficina del Ministerio, el
joven militar recogía documentos que podían implicar a sus superiores
cuando ordenaban arrestar ilegalmente o
mandar torturar a los oponentes; guardó cuidadosamente cada hoja
en un delgado portafolios. Salió del edificio y paró en una mensajería,
asegurándose que nadie lo seguía. El
paquete era enviado al Embajador
de la Comunidad Europea, otro
al corresponsal de la BBC. Por último envío un sobre grande a
la Nunciatura
con papeles y fotos.
En
un parque cercano estacionó su auto, no tenía alternativa, pero lo que
había hecho protegería a su familia y a
Fausto. Sus superiores
al menos los respetarían por un tiempo.
De la guantera sacó una pistola
“beretta”, la tomó con
destreza, cortó cartucho, luego comentó .- Dios me perdone y mi familia
también, Fausto amigo, deseo
lo mejor para ti-, luego se colocó el cañón en la boca. Un sonido seco
se escuchó y el cuerpo de Sebastián se fue inclinando despacio sobre el
asiento del automóvil.
El avión llevaba media
hora de vuelo, Fausto pensativo observaba las intensas nubes; sus padres
ocupaban los asientos contiguos. El vuelo a México estaba programado
para seis horas. Tomó
el diario que tenía sobre sus piernas y volvió a leer la noticia “El
capitán Sebastián Souza murió en un atentado terrorista”, Fausto sabía
que eso no era verdad, se había
suicidado para protegerlos, dos lagrimas asomaron sus ojos. En su mano
izquierda llevaba puesto un anillo de oro con una “S” compuesta de
pequeños brillantes. Era lo que contenía la cajita que Sebastián le había
entregado, la última mañana en que se vieron.
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Para
escribir al autor indica en el Email: "Para Carlos Rosado"

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