Soldado de rosa

  por Carlos Rosales 

 


 

Como estudiante de la Academia  Superior de Guerra no tenía problemas de regresar tarde en sus días francos, sobre todo si era ayudante del Mayor D´ Alessio, ex agregado militar en Corea del Sur y actualmente, jefe de ayudantes del director de la Sección de Inteligencia Militar: el General Indalecio Mondragón. Sebastián a sus veinticinco años, cursaba el último  semestre en la Academia y  pronto graduaría  como  oficial de protocolo;   su  familia  era de    tradición militar;  su abuelo materno había sido capitán de guardias nacionales y un tío paterno, era médico militar  retirado con grado de mayor. 

  Esa noche regresaba a casa después de haber auxiliado al Mayor D´ Alessio en ordenar un pequeño archivo con nombres de personas clasificadas como “importantes para la sección”. Pensó en un momento desviarse para visitar a Fausto;  pero sabía que el “cuasi” estado de sitio impuesto, sería un obstáculo para ir a un lugar y tomarse un capuchino; sobre todo a esa hora de la noche. Amaba su carrera militar, el puesto de ayudante le daría el pase seguro al Estado Mayor de Palacio Nacional, de ahí en adelante se consolidaría. Además, su padre trabajaba en una empresa multinacional  de telecomunicaciones y eso le  abriría las puertas con los militares de alto rango. 

 

Su casa se ubicaba en un barrio de clase media alta. La cochera eléctrica se abrió para dar paso al  volvo  gris con matricula militar. Sebastián entró a la estancia y aventó su quepis sobre el sillón, luego le gritó a Rita, una  indígena que fungía como ama de llaves.

-¡Rita, ya llegué tráeme jugo de naranja!-. Se recostó en el sillón de la estancia,  pasó sus manos por su cabello corto provocándole una agradable sensación,  cerró sus ojos y murmuró -caray no pude verlo-. Rita  pronta, acudió con el vaso de jugo helado. – Aquí está joven, su mamá  fue al club y su padre salió de urgencia fuera del país;  ¡ah! y su hermana fue al cinema -. El joven militar pensaba en la eficiencia  de  su  sirvienta  mientras bebía con rapidez el jugo. – Rita, y.... ¿nadie me llamó?- preguntó con cierta discreción. – ¡Ah si olvidaba!, el joven Fausto  habló como a las cuatro; que mañana lo espera en el club de golf a la hora de siempre. 

 

El sábado lo aprovechaba para descansar y hacer un poco de vida civil; esa tarde vería a Fausto,  un amigo de  adolescencia que  se conocieron en la escuela secundaria, pero a diferencia de Sebastián;  Fausto Lorenzo O´ Farril  estudiante del doctorado en Ciencia Política, pertenecía a una familia de tradición laica y liberal, su padre un reconocido profesor universitario que enseñaba historia, la madre de origen irlandés de familia adinerada era pragmática y  muy religiosa.  Ambos se conocían bien, Fausto en son de broma  le reprochaba a Sebastián su fascismo criollo. Tenían una amistad extraña, contrastaba la rigidez del  oficial con el desgarbo del joven doctorante. A pesar de las diferencias aparentes, en el fondo había coincidencias provenientes de sus respectivas subjetividades, de ver  y compartir la vida de una manera distinta.    

 

- Hola Fausto, ¿cómo estás?,- Sebastián lo estrechaba con desgano pero amable.

- Bien, pero mira que cara traes, parece que fusilaste a medio mundo- contestaba Fausto con una ironía  la cuál no le hacia gracia a su amigo. – No sigas con tus estúpidas bromas, sabes que la gente del G-6 está en todos lados-. Refiriéndose a los de inteligencia militar.

- Bueno  disculpa, pero te ves fatal amigo- . Mientras,  el militar llamaba al mesero y ordenaba café americano y un capuchino;  siempre ordenaba con su manía militarista: el capuchino para Fausto y el americano para él.

- La verdad he tenido mucho trabajo, mi jefe inmediato pronto lo ascenderán de rango y yo...-  con desesperación pasó su mano derecha por su cabello militar y respiró profundamente, para enseguida comentarle a su amigo.

- Fausto, no se que vaya a pasar pero las cosas se ponen mal, los militares cada vez  somos más duros, amo a mi carrera pero... no soporto ciertas ordenes, ciertas doctrinas de seguridad nacional, funestas y nada convincentes en estos tiempos-.

- Cuáles Sebastián, dime...¿que te sucede?- .    Preguntó Fausto en voz baja y acercó su cabeza, al mismo tiempo tocaba el hombro izquierdo de su amigo.

- Tengo el ofrecimiento de trabajar como edecán en el Ministerio de Defensa, se que es una posición importante, pero me hubiera gustado primero pasar por Palacio Nacional, tu sabes ahí te comprometes menos, eres parte del protocolo, no se... manejas un pelotón o la guardia de honor, incluso comandante de revista para las visitas de Jefes de Estado  

El mesero llegó con los cafés y ambos callaron simulando interés por el jardín del club campestre.    

 

Volvieron a la charla en cuanto el mesero se retiró. -Pero no tienes de que preocuparte, mientras no te metas en líos fuertes, además tu familia es respetada, creo que si pides  te concederán Palacio o de agregado militar en cualquier embajada -. Comentaba Fausto a la vez que le daba un cuidadoso trago a su café.

- No creas (dijo Sebastián en tono misterioso) estoy enterado de que habrá una operación limpieza y amigo....me preocupa tu padre, como profesor en la universidad nacional está metido en el Consejo de Catedráticos y eso puede sonar peligroso, tu sabes  los intelectuales, la izquierda y demás  pendejadas alborotan a mis superiores -,  sus palabras eran frías para no alarmar al  amigo.

- Bueno te agradezco tu preocupación pero  mi padre realmente no es un peligro para la seguridad nacional, es un parlanchín con principios pero hasta ahí.-. Dijo Fausto de forma jocosa, aunque en el fondo sabía de la importancia de su padre como líder moral. El tiempo pasó y los amigos hablaron del fútbol y de la muerte de la Madre Teresa, luego de que Fausto visitaría  México en dos meses más.  Las horas realmente se desvanecieron  en una charla entre alegre y discreta.

Sebastián llegó temprano al Ministerio, su uniforme caqui y su guerrera  verde contrastaban con los dorados cordones de mando y  las insignias en plata, dos guardias le saludaron marcialmente, contestó con gallardía el saludo. Se dirigió de inmediato al despacho del Coronel  D´Alessio. – Buenos días mi coronel- saludó con voz fuerte. El coronel con cierto interés le ofreció asiento. – Buenos días capitán Souza,  -¿como amaneció hoy?- A la vez que de su escritorio repleto  de soldaditos de plomo en miniatura de varias épocas y  de distintas armas, sacaba un expediente grueso y se lo daba presuroso a Souza.  – Léalo capitán y le encargo el trabajo-.

Sebastián abrió aquella carpeta y con detenimiento comenzó a leer una lista de nombres, entre ellos estaba el del Profesor Luis Fausto Lorenzo, padre de su amigo. Después había una leyenda en un recuadro amarillo que decía “Operación Limpieza”. Sus manos comenzaron a temblar y con una voz nerviosa se dirigió a su superior, no sin antes aclarar su garganta.

-  Mmmh, señor ¿ que significa esto?, ¿pudiera ser más explícito?. – El coronel con voz pausada y casi burlona expresó.  - Claro Souza, lo que deseo es que por favor y por órdenes del Ministro, usted se encargue de diseñar y manejar esta decisión militar de la “operación limpieza” lo más pronto posible -.  El capitán quedó estupefacto, sus mandíbulas se apretaron y un sudor corrió de pronto por su frente, las manos también le sudaban. El coronel obviamente notaba tal situación y lo más probable es que también supiera la relación que éste tenía con la familia Lorenzo. -¿Le sucede algo capitán, ha entendido la orden? y deseo que la cumpla en un tiempo mínimo de una semana, esperemos no tener que llegar a mostrarle otro folder con su historial, bueno.... sus cosas personales...mmmh ..usted sabe-. Eso fue el tiro de gracia que hizo que Sebastián tragara saliva y sus ojos se volvieran irremediablemente acuosos, mientras sus mandíbulas se endurecían;  sentía que el mundo se le venía encima.

 

Repentinamente se levantó y tomó  el expediente. – ¿Me puedo retirar coronel?-. --Por supuesto pase usted-. El coronel a espaldas de Sebastián quedaba con las manos entrenudadas bajo su barbilla  mientras hacía un gesto de burla, sabía que las cosas marcharían bien. El joven militar por lo pronto sentía una humillación sin medida,  lo habían tratado como basura y su dignidad estaba pisoteada.

 

En casa tomó el teléfono y llamó a Fausto. – Hola Fausto  escucha bien, te espero mañana en el Club es importante, no puedo decirte más, no lo olvides-. Al llamar tal vez lo grabarían los del G-6, tal vez no, pero  tenía que correr el riesgo.

 

Se vieron en la mesa de siempre. –Qué pasa cuéntame, dime que sucede-, susurraba Fausto.  Sebastián nerviosamente se frotaba las manos. – Mira, en público es menos sospechoso, aparenta risa, anda ríe, ríe hombre-. Fausto rió de manera fingida.

- Pues resulta que tengo ordenes de desaparecer a tu padre, bueno  a otros también-. Fausto abrió los ojos y exclamó fuerte- - ¿Qué, que?-. – Eso me han ordenado, una operación donde tu padre debe ser eliminado o desaparecido, ¡no lo se!, ¿recuerdas nuestra última charla?, pues yo tenía razón-. – ¡Es imposible denuncia esto!, recurre a tu padre, a la embajada de la ONU, del Vaticano, a la OEA, no se, pero no tienes porque cumplir con esta aberración -.  Casi gritaba Fausto. Sebastián tomó el brazo alterado de su amigo.  – Además si no lo hago,  harán pública nuestra relación Fausto, sí;  ellos tienen datos  de  todo,  saben  que  tu  y  yo.......-.  Boquiabierto  Fausto  aventó  la mano de su amigo

- ¡Qué me importa que digan que tu y yo nos acostamos juntos, que tenemos cinco años siendo amantes,  me importa un jodido que sepan que un grandioso militar como tu, le gustan los hombres!-.    

 

Sebastián volteó a los lados y se acercó más a su amigo. – Mira Fausto cálmate y entiende esto muy bien, adelanta tu viaje a México, dile a  tus padres que te acompañen, salgan rápido, yo mientras tanto haré la denuncia o hablaré con papá, lo importante es que ustedes salgan por un tiempo -.  Fausto sintió la mirada tierna y sincera de su amigo y  esas palabras lo tranquilizaron. – Está bien, lo haremos, creo no habrá problema por ello-. Se despidieron con un abrazo poco cálido, Sebastián metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó una pequeña cajita,  para dársela rápidamente a Fausto.

 

En el trayecto al Ministerio, el militar recordó como empezó esa extraña relación sentimental  entre ambos. La estrecha amistad se fue convirtiendo poco a poco en algo misterioso; una actitud que se salió del control.  Se miró por el espejo retrovisor,  observó sus  barras en las hombreras, había una contradicción entre su  verdadero “yo” y la mascara  marcial que usaba a diario; sin embargo no le causaba una molestia total, en cierta forma aceptaba su condición, además sentía un gran afecto por  Fausto.

 

Una noche en las cabañas de la Sierra Nevada, se había iniciado tal relación, ambos habían ido a esquiar y las repletas copas de coñac ya eran tres para cada uno. Sebastián frente a la chimenea  reflejaba en su rostro la luz ambarina del fuego, su  tez morena de origen moro-portugués se ensombrecía a la mitad, resaltando su perfil casi perfecto y viril; Fausto lo miraba con curiosidad, no creía que aquél ingenuo y bello perfil perteneciera a un militar que seguía ordenes como autómata.  Fausto contrastaba con la figura atlética del  soldado; era blanco y delgado aunque fuerte, su cabello largo y su abundante barba estilizada,  lo hacían pasar como un noble del siglo XIX;  Fausto se acercó a la chimenea, mientras los dos hundieron sus ojos en el chispeante fuego. – Salud capitán -. – Salud pinche intelectual-. Fausto extendió la mano y toco el rostro de su amigo, Sebastián sonrió y sin miramientos  la tomó entre sus manos, ambos quedaron viéndose y se abrazaron de forma brusca. – Pinche Sebastián, te deseo-, - ¿En serio, eres maricón Fausto-, - no lo se pero te voy a besar-. Fausto tomó el rostro  de Sebastián y lo besó intensamente en la boca,  éste se dejó llevar y más que oponer resistencia; siguió el juego erótico que Fausto le dictó desde el principio.

- Tu pene es grande, no parece de un intelectual marica –   decía Sebastián riendo, mientras retozaban en  la cama  que improvisaron frente al fuego exquisito y  perturbador. Sebastián tomó una copa llena de coñac, metió en ella su miembro  y  lo ofreció ritualmente a su compañero, nuevamente se dio la fusión de dos cuerpos, que en las sombras eran como  danzantes de un ritmo cadencioso  y misterioso. A partir de allí se verían cada quince días para repetir sus  íntimos deseos.

 

En la oficina  del Ministerio, el joven militar recogía documentos que podían implicar a sus superiores cuando ordenaban arrestar ilegalmente o  mandar torturar a los oponentes; guardó cuidadosamente cada hoja en un delgado portafolios. Salió del edificio y paró en una mensajería, asegurándose que nadie lo seguía.  El paquete era enviado al  Embajador de la Comunidad Europea,  otro al corresponsal de la BBC. Por último envío un sobre grande a  la  Nunciatura  con  papeles y fotos.

 

En un parque cercano estacionó su auto, no tenía alternativa, pero lo que había hecho protegería a su familia y a  Fausto.  Sus superiores al menos los respetarían por un  tiempo. De la guantera sacó una  pistola “beretta”,  la tomó con destreza, cortó cartucho, luego comentó .- Dios me perdone y mi familia también, Fausto amigo,  deseo lo mejor para ti-, luego se colocó el cañón en la boca. Un sonido seco se escuchó y el cuerpo de Sebastián se fue inclinando despacio sobre el asiento del automóvil.  

 

El avión  llevaba media hora de vuelo, Fausto pensativo observaba las intensas nubes; sus padres ocupaban los asientos contiguos. El vuelo a México estaba programado  para  seis horas. Tomó el diario que tenía sobre sus piernas y volvió a leer la noticia “El capitán Sebastián Souza murió en un atentado terrorista”, Fausto sabía que eso no era verdad,  se había suicidado para protegerlos, dos lagrimas asomaron sus ojos. En su mano izquierda llevaba puesto un anillo de oro con una “S” compuesta de pequeños brillantes. Era lo que contenía la cajita que Sebastián le había entregado, la última mañana en que se vieron.

 


 

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