Por una eternidad

  por Ernesto Montero

 

De pequeño nunca me puse a pensar que quería ser cuando fuera grande. Si mal no recuerdo lo primero que me paso por la mente fue ser cosmonauta. Quería llegar a donde pocas personas se les permite pisar, que mejor lugar que la luna o quien sabe si también a unos pocos planetas. Pero con solo decirlo dos o tres veces, ya me llegaron a mis oídos comentarios de los mayores poniéndole a mis sueños millones de trabas. Primero que era algo muy difícil de alcanzar incluso por los más valientes, me dijeron, y después estaban mis alergias... era imposible que alguien que había estornudado antes de llorar al nacer fuera mas allá de la gran esfera azul. La coriza me había acompañado toda mi vida y desde los 5 años me había convertido en un asmático crónico.

Y ya que no podía ir hacia arriba, pues mis sueños se inclinaron diametralmente opuestos. Me empezó a gustar la idea de ser buzo. Creo que son los sueños de todos los niños, querer estar junto a las estrellas, no importan si son las de verdad, aquellas bolas de gases que se queman a una temperatura inimaginable a cientos de miles de millones de distancia de nosotros o esas que están mas cerca, aquellas que realmente tienen cinco puntas y viven junto a nuestros acuáticos vecinos, los peces.

Pero ese sueño también quedo ahogado en el olvido después de que alguien me regalo un juego de buzo. A tanta insistencia mía era algo inevitable que alguien tomara la iniciativa de darle al niño lo que podría ser la primera pieza de todo el rompecabezas de mi futura vida profesional. Ese día aunque eran pasadas las 8 de la noche cuando mi abuela llego con el paquete del equipo infantil de buceo, que consistía en un snorkel, unas patas de rana y una careta, no deseaba otra cosa que me llevaran a la playa para ver si el fondo marino era tan bello como se veía en la televisión, llenos de peces de miles de colores y rocas cubiertas de coral rojo y anémonas que con solo mirarlas escondían sus pequeños tentáculos por el miedo de ser atacadas. El solo pensar que vería semejante cantidad maravillas me tenia nervioso. Pero como era casi de noche, me tuve que conformar con pasarme hasta que mi madre ni pudo mas, dando traspies con las patas de rana y pretendiendo que nadaba con el snorkel mal puesto y la careta de buzo por toda la casa.

Eso fue como un martes, y tuve que esperar hasta que mi mama pudiera llevarme a las playas de Marianao para probarme a mismo como buzo. Fue una semana larga, me pareció esperar un mundo por ese bendito Sábado y mas cuando mis amiguitos de la escuela me habían dejado de hablar porque los tenia mareado con todo ese tema de: Yo tengo una careta y unas patas de rana ... Y TU NO ¡!! Yo soy buzo ... Y TU NO ¡!! A mi me van a llevar a la playa el sábado ... Y A TI NO ¡!! Dios, los niños son insoportables. 

Y el sábado llego. Y me llevaron a la playa. Y me estrene el equipo de buceo. Lo único malo del día fue que me lo quite en menos de tres minutos. Tiempo suficiente para darme cuenta que ese tampoco seria mi futuro, ni mi profesión. Me di cuenta que esos peces de colores y los corales rojos y las anémonas solo estaban en Varadero, y hasta donde yo sabia , mi madre no tenia ni la mas mínima idea de dejar la capital y en las playas de Marianao no vería mas que piedras que parecían cuchillos y erizos. Y que corriendo con un poco de suerte vería unos pocos peces descoloridos buscando que picar, tal vez a mí mismo, por la falta de vegetación de su actual y miserable hábitat. El cual me llenaba de espanto y prefería verlo a través de mis ojos donde se ve nubloso e indefinido, la careta no la volví a tocar jamás. 

Así que me convertí como en muchos otros niños... uno sin preocupaciones respecto al futuro. Me consolaba oír a mi madre decir que ya la vida me enseñaría el camino a seguir y que no era cosa de niños tan pequeños pensar en esas cosas, que solo debía preocuparme en salir bien en la escuela y tener mas de una novia. 

Y con esa expresión de mi madre empezó el verdadero laberinto de mi vida. Desde que comencé el cuarto grado me pasaba tanto tiempo pensando en cohetes y submarinos que no me había detenido a pensar en porque jamás había tenido una novia. Lejos de pensar en Laurita, la muchacha más linda del aula, o en Sandra las más inteligente, siempre me veía al lado de Erick y Javier, en las practicas de lanzamiento y en el entrenamiento para llegar a la luna. O me pasaba horas pensándome junto a Roberto, Alain y Ricardo en un barco grande, preparando el equipo para llegar al fondo del océano.

No sabia porque pero desde ese día me sentí diferente a los demás amigos míos. Desde la mañana siguiente me fije que todos hablaban de alguna chica de la escuela y yo solo quería estar junto a los chicos. Aun no pensaba en nada mas que jugar pero la compañía de las niñas no me decía nada en absoluto, creía que solo hablaban de tonterías o que no eran capaces de treparse aun árbol. Siempre creí que las trataban como a tontas prohibiéndoles hacer un millón de cosas que para nosotros los varones eran mas que permitidas, bien vistas por todos.

Y no sé si es que todo llega junto o si la intriga que mi madre había despertado en mi, había también despertado otra cosa, pero en un tiempo relativamente corto ya los deseos de estar con los varones no eran solo para jugar con ellos por poder hacer mas cosas que las niñas, sino que disfrutaba de cada roce que me daban con sus rudos juegos. Me quedaba maravillado mirando nuestros cambiantes cuerpos y sentía hasta taquicardia cada vez que me enseñaban los pelos que les estaban saliendo una cuarta por debajo de sus ombligos. Ya quedaban pocas cosas en nosotros de aquellos días de la primaria y verse y enseñarse los cambios era un hobbie para todos.

Para séptimo grado todo era diferente. Ya las novias de muchos no eran solo para besarse a la hora de salir de la escuela o para andar de mano y llevarla hasta la casa. Y los chicos no llegaban asombrados por nuevos bellos en sus piernas ni en ningún otro lugar porque ya todos los lugares que iban a llevar pelos... estaban llenos de ellos. Y las cosas que estaban cambiando en nuestros cuerpos en quinto y sexto grado, estaban lo suficientemente cambiadas como para estarlas enseñando. Era una pena pero así era la vida por esa época, tenia que conformarme con ver mis propios cambios que también eran algo significativos. Y comencé a descubrir nuevas cosas que desconocía hasta ese momento, sensaciones y placeres que me eran completamente nuevas, se convirtieron en mi principal distracción, en mi juego predilecto. Y junto a Gabriel, Eduardo, Julio, Alfredo y muchos mas en mi mente, me pasaba horas en el baño. 

Me imagino que mi mama se quedaría asombrada por esos años, ya que para convencerme de tocar el agua era toda una batalla... y ahora era yo mismo el que más de tres veces al día proponía un baño de agua bien caliente.

Y así transcurrió mi nueva vida por un año mas... al punto de aburrirme de siempre lo mismo. Pero el miedo helaba mis venas de solo pensar en la posibilidad de tocar a alguno de mis compañeros. Todos se veían tan machitos que no podía pensar que ninguno de ellos le pasara por la mente semejantes cosas como las que pensaba yo a cada segundo de mi existencia. De hecho de mí tampoco creo que pensaran nada. Lucia como ellos y hacia las mismas cosas menos hablar de chicas. Ya me habían preguntado en mas de una ocasión porque no me buscaba una jevita pero siempre les decía que no me gustaba ninguna y que la única que me atraía era Gretel, la jefa de grupo, y esa desde que estaba en sexto andaba de novia con Felipe, el muchacho más varonil y desarrollado de toda el aula. Desde hacia un tiempo mientras nosotros aun veíamos los muñes a las seis de la tarde, él iba al gimnasio de su hermano a ayudarlo con las pesas, y de paso hacer un poco de barras y abdominales solamente porque la madre le tenia prohibido hacer hierro hasta que cumpliera los 16 años. Pero parece que con la ayudita y lo que hacia escondido, le era mas que suficiente para verse unos cuantos años mayor que los demás del aula y por consiguiente el mas buscado por las chicas.

Felipe tenia un cuerpo para noveno grado que era un sueño. Cada músculo de su cuerpo estaba hinchado, no mucho pero se le marcaban por la camisa de una forma estupenda. El y sus brazos pasaron a ser mi acompañante predilecto en mis horas de aseo personal. En el aula atendía mas el movimiento de sus manos y lo que hacia con sus dedos que a la misma maestra, y en la educación física mas de una vez roce mi pecho con el piso por estar cazando algo cada vez que se sentaba en el suelo o saltaba una baya. Todo él era ya más que una obsesión para mí. Escribía su nombre en todos lados y en menos de cinco segundos lo volvía a borrar, de alguna forma tenia que lograr llamar su atención y me centre para lograr mi nuevo objetivo. Ya había fracasado en mi intento de volar al espacio o de cazar ballenas, esta vez tenia que poner todas mis fuerzas, de no lograrlo creo que me sentiría un perdedor durante toda mi vida.

Saber lo que más le gustaba y lo que más lo disgustaba, su tipo y grupo preferidos de música, sus hobbies luego de salir de la secundaria y sus lugares mas visitados fue mi tarea por aquellos días. Todo lo que debía saber para sacarle una conversación diferente a la que los demás le podrían dar, lo tenia bien detallado en mi mente. Toda la información necesaria para que Felipe me prestara atención me fue entregada ingenuamente por su querida novia Gretel.

Así pase a ser la persona que de momento tenia los gustos mas parecidos a los suyos, en el chico que había estado estudiando a su lado por tanto tiempo sin apenas saber mas que mi nombre y mi numero de lista. Logre hacerle sentir que había perdido media vida al tenerme al lado todo ese tiempo y no buscarme para hacer las tareas y los trabajos prácticos los días entre semana y para salir a las discos, grabar las mejores canciones del momento o para jugar Super Nintendo los fines de semana. Logre eso y mucho más, llegamos a ser los mejores y más cercanos amigos. Ya para décimo grado teníamos toda la confianza del mundo. La necesaria para él decirme que ya desde hace años no le gustaba Gretel y que no la dejaba por costumbre o lastima, que era una buena chica y lo quería. La confianza suficiente para yo decirle que era Gay y que lo sabia desde quinto grado, que los chicos me encantaban y que no lo podía evitar, también le dije que era el primero en saberlo y lo hice jurar que no le diría a nadie.

Le hubiera dicho mucho mas, le hubiera dicho que cada centímetro de su cuerpo era adorado por mí, que soñaba cada noche con el color de sus ojos, que su mirada era mi inspiración al despertar, que sus manos me daban la fuerza que necesitaba para seguir con esta vida tan diferente y que en su voz me perdía cada vez que decía Ernesto. Le hubiera dicho que amarlo en silencio había sido mi mayor logro y que seria eternamente mío porque de mi corazón ya era imposible sacarlo. Pero el miedo de perder su amistad clausuro mi garganta y callé. Encerré las palabras para tenerlo como siempre, a mi lado. Pisotee los sonidos para seguir siendo su mejor amigo y disfrutar de su presencia diaria y de sus manos arruinando mi peinado cada cinco minutos. Amarre mis deseos con tal de seguir oyéndole pedir permiso a su madre para quedarse en mi casa jugando con el Super y luego verlo dormir como los ángeles a mi lado. Por despertar junto a él y deleitar con mis labios el vaso donde desayuno o tocar el jabón con el cual lavo su cara y sus manos, revocarme en la cama en el lado que durmió y oler su ropa antes de vestirse era un placer que no podía perder por solo ser honesto. Decirle todo lo que sentía por él iba a ser mi sentencia, iba a ser quitarme el aire y el agua. Hubiera sido como secar cada árbol o deshojar cada flor, como matar toda mariposa o quemar hasta la ultima canción, como apagar cada estrella y con ellas, yo.

De ese día hacen hoy quince años. Hace ya siete que soy Psicólogo y por mi cabeza apenas divaga el recuerdo de mis ansias por llegar a la luna o de tocar el fondo del mar. Ya no creo que las chicas son inferiores como antes solía pensar, hoy apuesto a que son tan inteligentes como nosotros y que hacen cosas increíbles, inclusive algunas con las que jamás podremos soñar. 

Hoy al igual que cuando tenia pocos años, soy gay y los chicos siguen siendo mi delirio. Tengo hace cinco años uno a mi lado que amo mas cada vez que tomo aire. Soy feliz y he aprendido muchas cosas. He oído a los maestros y he llegado a comprender bastante el comportamiento humano, he estudiado con dedicación la mente y sus funciones. Me he pasado madrugadas enteras despierto junto a una taza de café con libros enormes para tratar de entender porque dos días después de decirle a Felipe que era homosexual me dejo una nota diciéndome que el también me amaba con locura, que me había convertido en su todo y que besar mis labios era algo que no podría aguantar más, que me deseaba mas que a nada en este mundo pero me tenia que dejar... que se perdería para siempre y que por favor no lo buscara. 

El mundo es muy pequeño y sé que algún día lo volveré a ver. Mientras tanto vivo y trato de alcanzar la felicidad que siempre quise, esa que cada ser humano sueña tocar. Y aun escondido de todos escribo su nombre y en menos de cinco segundos lo vuelvo a borrar, y sobre todo le escribo, como le hago ahora, para inmortalizar cada momento y que nunca pierda ese lugar que alguna vez perdido entre mis años de adolescente le prometí guardar, durante toda una eternidad.

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