El breve espacio

  por Ernesto Montero

 

Nunca he tenido una cama camera propia. Desde que tengo uso de razón duermo solo en una cama personal. Como si me destino estuviera marcado desde el principio. Como si estuviera escrito que tendría que dormir por siempre solo, o tal vez solo no, pero sí con poco espacio. 

Finales del ochenta y mi cama estaba saturada de calcomanías de perros checos y cohetes espaciales de Intercosmos. Por aquella época los estanquillos estaban abarrotados de estas... y mi madre creía que era algo muy varonil. 

Y así estuvo muchos años hasta que los espacios vacíos se llenaron de fotos de los Beatles, un sagrado corazón de Jesús, patas de gallina, estrellas boca abajo, algunas frases de canciones y escondidas entre todo ese collage mas de una foto de algún muchacho, que pudiera decir ahora, bastante guapos. Eran tantas cosas en un pedazo tan chico de madera que a mi madre le era imposible verlos... estoy seguro que no le darían la misma impresión que las naves rusas. 

Así duro mi cabecera hasta el noventa y nueve, cuando la conociste, solo que sin la mezcla rara que en mi adolescencia me había ayudado a encontrar mi verdadera personalidad, porque mi madre la había dado unos días antes para la fogata de la fiesta de los CDR, no sin antes quitar la foto de los Beatles y el pedazo de madera con la letra de Yesterday que me había regalado aquel chico que nunca mas volví a ver. 

Y fue ahí, en esa cama donde nos acostamos por primera vez aquella tarde. Ahora que me pongo a pensar, no recuerdo que me hubiera molestado que fuera personal... el espacio era mas que suficiente. Yo había bloqueado la entrada de mi cuarto, mientras tu prendías un Marlboro. Por aquellos días aun yo no fumaba. 

Apagaste nervioso el cigarrillo, me daba la impresión que el mas viejo era yo. Casi te estabas fumando el filtro y el lánguido brochazo de humo se mezclaba deprisa con el olor que traías. No recuerdo bien, algo cítrico y maduro, mandarina, creo que es mandarina. Tu piel esta limpia, muy limpia, trigueña. Tus ojos grandes y abiertos, avispados, atentos al próximo movimiento de mis manos, de mis ojos, pendientes de la próxima caricia de mis dedos que ahora peinan y despeinan tu cabello. 

Es tu camisa lo primero que desato, lentamente, queriendo y no queriendo, explorando, sin parar de besar, sin parar de mirar. Abrirla, abrazarte, sentir tu pecho contra el mío, rozar tu espalda con mis manos, quemarla, incinerarla, devorarla con mis labios, tu espalda amplia, desnuda. 

Tu boca en mi boca, tus labios entre mis labios y entre ellos un río de una tibia saliva que se vuelve espesa y escasa. Tu lengua como una serpiente en mi oído. Tu cuello, bocado de mi beso, de mi beso que desciende lento hasta tu ombligo. 

Mi mano que se hunde como un pez en tus jeans desabrochados, que se hunde bajo tus calzoncillos húmedos, que se hunde como luego irremediablemente he de hundirme yo. Y se mueve, lucha y respira como un pez buscando la humedad, aleteando hasta encontrar la fuente donde bañarse y untarse y embarrarse, como un pez. Y te frota y resbala, y te hinca y resbala, y se sumerge y resbala mientras se escapa, casi tímida, tu voz. Tu voz rugosa y jadeante, dulce, amarga y jadeante, ahumada y jadeante, tu voz. 

Tus manos ahora se deslizan por las sombras como un Blues, se dejan caer por todo mi cuerpo despojando toda ropa que se interponga entre mi piel y tu piel, me despojan de toda duda y me acarician, me guían, me pulen, me turban y me masturban, tus manos. 

Te saco de un tirón el pantalón, te arrojo leve sobre la cama, te beso, te muerdo, te sacudo y te disperso. Abro tus piernas como un libro, uno de cuentos y las huelo, las leo, me enredo entre sus pelos y las devoro de principio a fin y me afianzo en el centro de tus paginas, donde siempre reino. 

Adentro tu carne entre mis carnes. Tu jugo dentro de mi jugo, y me siembro, fértil y seguro. Y tiemblan tus piernas, y tiemblan mis manos y somos tú y yo en un solo temblor que no termina, que nos estremece tímido, delgado y frenético. 

Cuanto sudor, cuanto nervio derretido aquel día, cuantos besos derrochados. No te negare, a menudo extraño mucho aquella tarde. Aquellos días donde todos los problemas parecían tan lejanos. Hasta que decidiste regresar a tu ciudad aun jurando que me amabas y que no podías separarte de mí. 

Después volviste y te quedaste en casa. Creo que para despedirte. Para darme a entender que había significado algo para ti pero que mis 20 años, mis risas y mis juegos no serian jamás lo que tus 28 pedían. 

Y es duro oír de alguien a quien amas decir esas verdades, pero más dolió aguantar el llanto, tragarme el sollozo hasta llegar al malecón donde tenía que llegar de cualquier manera, solo para tener el consuelo que después del muro, había algo mas salado que mis lágrimas. 

Ese fin de semana sentía mi cama demasiado estrecha, ya no era lo mismo. Tal vez necesitábamos un poco de espacio, pero no... 

Chao –me dijiste y te subiste en el carro y te sigo con la vista hasta donde puedo. No te viras ni para decir adiós por el cristal. Sabia que llorabas, sabias que yo también lloraba. Y un frío ensordecedor y sintético se me atravesó piel adentro sin permiso. 

Y hace mucho ya de mis caminatas por la Habana Vieja, buscándote, esperándote sentado en esa esquina donde sentimos por primera vez la urgencia de una cama. En una esquina del closet, bien callados, quedan solo algunos recuerdos sordos. Tu olor a Mandarina se ha disperso tanto y se confunde con mi sudor, y no me sorprende mas de lo debido. Ya no me desvelo en el malecón oyendo las olas, esperando un amanecer que llegó sin darme cuenta. Pasaron ya los días en que le he pedido a tu fantasma mensajes para mi espíritu. Pasaron los peores que mejor no te cuento porque no lo vas a creer. 

Y verte hoy, aunque haya sido en papel, me trae demasiados recuerdos que aun me atormentan. Y entiendo que no son los lugares, las edades, ni el clima. No decide la gente que nos rodea, el agua que nos rodea y que inunda. Decidimos nosotros, tal y como somos pero eso ya se sabe... 

Y trato, lo juro de no reprocharte nada. Me faltan elementos que ya no me interesan. Me falta conocer al hombre y no al cobarde. Me falta conocer tu historia escrita en un papel similar a este, o tal vez tu historia contada en voz alta, muy alta, pero ya no me interesa. 

Y aunque a veces me carcoma una malsana incertidumbre; aunque a menudo me obligue y trate y asesine tu fantasma. Aunque ni esto ni nada nos haga falta, aunque hoy al parecer no pueda ir mas allá. Como no sabré, el cercano día en que helando mis pies a la orilla de cualquier río, de lejos te vea, desbaratado en la ficción del tiempo, sin el amor, sin mí.

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ISLA  TERNURA NAVEGANTES ESCRITORES RINCONES AMABLES
 

 

 

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