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COSAS QUE PASAN... QUE PASAN |
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Hace
tiempo que quería escribir sobre esto, pero dudo que en algún foro de
Internet lo pueda hacer, porque realmente es bien patético (en todos los
sentidos de la palabra –de la palabra, precisamente)…
Tan vergonzoso, que es altamente probable que me arrepienta de haberlo publicado luego de pasar varios bochornos cuando alguien lo lea, sin tener que ver las reacciones. Pero olvídate, que tengo que desahogarme, total que ése es el propósito de cualquier cosa que uno hace. Y aunque pierda un par de mis valiosos minutos en desaparecer del globo terráqueo cualquier rastro de este textito, tengo que escribirlo, sin importar redundancias, anacolutos, anfibologías, concordancias y todas esas cositas que me distraen en mi apresurado laburo.
Yo sé que es bien cursi y todo, y también cliché en el sentido de que le ha
pasado a mucha gente o… bueno, pensándolo bien, no, no creo: eso como tal
no le pasa a casi nadie, mejor dicho, a nadie. Lo primero sí, que son las
ilusiones, estar ilusionado, ser ingenuo…
Todo el mundo alguna vez ha sido ingenuo, y qué ironía que lo que
le pasa a todo el mundo, en lugar de servir para que se entiendan entre sí,
lo que provoque sean burlas y esas cosas por el estilo. Y no es que me esté
explicando, porque que sea un testimonio no quiere decir que esté
pretendiendo otra cosa con el hecho de que esté relatándome esto a mí
mismo. Bueno, al grano, que no es que tenga mucho tiempo que digamos, que a
veces gloso tanto sobre no sé qué que queda balbuceando y termino todo
quejumbroso y místico con cualquier cosa que se me viene (¡ay, que dije
que iba a evitar esas alusiones y siempre me castiga el lenguaje!) a la
mente. Pues bien, todo empezó en verano pasado. O
sea, en verano de 200…, pero oye, no tengo que decir estos datos, que yo
los sé y nadie va a leer esto (sí, claro), así que no tengo que estar
disimulando que no quiero dar datos para alivianar el bochorno. Ay, es que
estoy tan acostumbrado a la perse… Pero ya, si sigo así no termino.
Para el tan ansiado coming out, yo me preparé, leí, utilicé
muchas tácticas de la sicología y en fin, se lo dije a mi papá, mis
hermanos y mi mamá, en ese orden, que soy gay y todo salió de maravilla.
La cuestión es que ya yo había pasado las primeras semanas de
decirle a todo el mundo que soy gay, que me dio esa fiebrecita de
inseguridad que yo no sé por qué carajo le da a uno, que uno siempre ha
estado tan seguro. Pero en el
fondo, yo lo que quería –insisto en que todo el mundo siente lo mismo–
, pues yo lo que quería era alguien que… pues tú sabes, que me quisiera,
que me amara… etc, que yo soy bien ingenuo y no aceptaba que yo en
realidad lo que pensaba era que saliendo del clóset automáticamente me
aparecería un príncipe azul. No disfruto tener el mío parado sin que
ocurra por lo menos un roce con cualquier objeto circundante, que en fin me
decidí a besarlo (a Daniel). Pero
Daniel tenía los ojos abiertos y se quedó mirándome.
Dejó que tuviéramos varios toquis, pero, como al quinto, empezamos
a jugar al gato y al ratón. Bueno, más bien
era algo así como que yo era un perrito y él el dueño, y yo tratando de
lamberlo y él virando la cara de lado a lado para no dejarla humedecer. ¿Qué
pasa?, le dije. Y él me contestó con un invento extremo de última hora,
que creyó perfecto para su inocente: “Es que tengo las encías sangrantes
y yo creo que tengo Sida, y no te quisiera contagiar”. Lo envidié cuando tuvo los cojones (literalmente también) de irse al baño a masturbarse, porque yo soy tan considerado que no me atreví a hacer lo propio desde donde estaba, que no fuera a mancharle las sábanas, que qué falta de respeto. Lo único que pude hacer fue meter la cabeza (hey) en la almohada y tapar como pudiera la vergüenza, que Dios fue benévolo y todo sucedió antes de que alguno de los dos se desvistiera. Finalmente y no con poco esfuerzo, alcancé un estado medio que me permitía disimular la erección con bastante fluidez si decidiera levantarme y largarme en cualquier momento. No pude, porque en ese instante, llegó
Daniel de su faena y me pidió que me fuera porque tenía mucho sueño. Bueno, quería evitarles un final abrupto, pero pues eso es todo lo que tenía que escribir, que desahogar, y no me atrevía desde hace tiempo. A exactamente un año de lo sucedido, creo que el acto de ponerlo en un documento en Word y posteriormente en Internet (eso venía), implica la conclusión de una fase de meses preguntándome qué anduvo mal. ¿Y qué anduvo mal? Daniel no tenía problemas sexuales, es seguro
que no tenía Sida y tampoco encías sangrantes (hice mi asignación
investigativa). ¿Entonces? Pues nada, que el problema lo tenía yo y mi
poco sex appeal, mi inhabilidad para provocar el deseo espontáneo y no
fabricado en alguien, o más bien, en Daniel, que a fin de cuentas es
alguien, que el término le queda. Yo
pequé de pensar que Daniel era hombre y era hombre gay, y que nosotros los
hombres en general y también los gays somos penes erectos con piernas y
ojos, que cuando tenemos ganas las satisfacemos con cualquiera que tengamos
en frente, que eso era lo que me habían enseñado siempre y yo vivía
cegado. Es probable que Damniel en realidad tuviera
un plan para hacerme daño verdadero y no sólo aparente en relación con
mis planes, que yo tuve unos desde el principio.
Aunque no lo creo, porque fue tan bobo que al rato me llamó para
pedirme perdón y decirme que le había gustado, que nunca supe qué fue lo
que le había gustado, a excepción de la manuelada que se dio, que buena
que parecía. En fin, no quise empezar diciendo que soy
extremadamente feo porque, como insistí, mi intención es desahogarme, no
quería que se fueran por ahí y además eso hubiera sido muy bufonesco de
mi parte. Además, la realidad es que no soy ningún extremadamente feo y de
hecho hay algunas personas, aunque contadas, que me encuentran lindo, o por
lo menos cute, baby face, de pelo envidiable o algún otro premio de
consolación. Quizás Damniel
también pensó eso y por eso hizo lo que hizo, que no lo que no hizo. O
simplemente fue un error mío no haber sostenido el papel de víctima
deseada y a la vez deseosa… Pero
bueno, si sigo no termino, que al principio me propuse no glosarme tanto (¿aún
lo recuerdan después de tanta baba?). Después de todo, he aprendido que la gente
tiene derecho a tener gustos, y a que ciertos objetos, que las personas
somos objetos, no les provoquen el deseo suficiente como para meterles su
pene o –para ser justo con las amigas lectoras, que yo soy feminista–
permitir entrada a las vaginas. (Recuerden
que también dije que esto era patético). En otras palabras, el rechazo en el plano
sexual existe y me retracto de lo que dije al principio: es algo que, en
cierta medida, le pasa a todo el mundo, aunque seamos bien poquitos los que
tengamos el valor de decirlo. (Si no le pasa a todo el mundo, pues estoy
bien jodío, que meteré mi cabeza en alguna almohada, que esta vez no podré
entretenerme viendo a alguien masturbarse). Y no me importa asumir el rol de
sexólogo de columna o árbitro de talk show si digo que esto debe servirnos
para entendernos y no usar estas cosas para burlas y escarnios, que, sea
como sea, la cuestión es que fui rechazado en el plano sexual y de paso en
mi primera experiencia, que aun así prefiero llamarla.
En
fin, que son cosas que pasan, que con el tiempo pasan, que a uno siempre se
le olvidan o después las recuerda tipo como para reírse, que después
pasan otras peores. Hoy pude
escribirlo, algún otro día podré superarlo. . .
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