COSAS QUE PASAN... QUE PASAN

 

 

 

Hace tiempo que quería escribir sobre esto, pero dudo que en algún foro de Internet lo pueda hacer, porque realmente es bien patético (en todos los sentidos de la palabra –de la palabra, precisamente)… 

Tan vergonzoso, que es altamente probable que me arrepienta de haberlo publicado luego de pasar varios bochornos cuando alguien lo lea, sin tener que ver las reacciones. Pero olvídate, que tengo que desahogarme, total que ése es el propósito de cualquier cosa que uno hace. Y aunque pierda un par de mis valiosos minutos en desaparecer del globo terráqueo cualquier rastro de este textito, tengo que escribirlo, sin importar redundancias, anacolutos, anfibologías, concordancias y todas esas cositas que me distraen en mi apresurado laburo. 

Yo sé que es bien cursi y todo, y también cliché en el sentido de que le ha pasado a mucha gente o… bueno, pensándolo bien, no, no creo: eso como tal no le pasa a casi nadie, mejor dicho, a nadie. Lo primero sí, que son las ilusiones, estar ilusionado, ser ingenuo… Todo el mundo alguna vez ha sido ingenuo, y qué ironía que lo que le pasa a todo el mundo, en lugar de servir para que se entiendan entre sí, lo que provoque sean burlas y esas cosas por el estilo. Y no es que me esté explicando, porque que sea un testimonio no quiere decir que esté pretendiendo otra cosa con el hecho de que esté relatándome esto a mí mismo.

Bueno, al grano, que no es que tenga mucho tiempo que digamos, que a veces gloso tanto sobre no sé qué que queda balbuceando y termino todo quejumbroso y místico con cualquier cosa que se me viene (¡ay, que dije que iba a evitar esas alusiones y siempre me castiga el lenguaje!) a la mente.

Pues bien, todo empezó en verano pasado.  O sea, en verano de 200…, pero oye, no tengo que decir estos datos, que yo los sé y nadie va a leer esto (sí, claro), así que no tengo que estar disimulando que no quiero dar datos para alivianar el bochorno. Ay, es que estoy tan acostumbrado a la perse… Pero ya, si sigo así no termino. 

Vuelvo. Pues en esa época ya yo cumplía exactamente cinco meses completamente fuera del clóset (¡ajá, acá está lo que estaban esperando!).

Para el tan ansiado coming out, yo me preparé, leí, utilicé muchas tácticas de la sicología y en fin, se lo dije a mi papá, mis hermanos y mi mamá, en ese orden, que soy gay y todo salió de maravilla.  La cuestión es que ya yo había pasado las primeras semanas de decirle a todo el mundo que soy gay, que me dio esa fiebrecita de inseguridad que yo no sé por qué carajo le da a uno, que uno siempre ha estado tan seguro.  Pero en el fondo, yo lo que quería –insisto en que todo el mundo siente lo mismo– , pues yo lo que quería era alguien que… pues tú sabes, que me quisiera, que me amara… etc, que yo soy bien ingenuo y no aceptaba que yo en realidad lo que pensaba era que saliendo del clóset automáticamente me aparecería un príncipe azul.

Los días pasaban y yo esperaba, y nadie aparecía.  Me di con la pared de que todo en este mundo son discotecas, diseñadores, películas, salones de belleza, y programas de cable –probablemente los cinco espacios que más yo odio–, y no me quedó otro que mi precioso, que también preciado Internet, que tanto me ayudó en el proceso que antes referí.

Lo malo de los sitios en Internet para conocer gente es que casi todos cobran, y yo, para colmo, también soy pobre (cuidado de no decir las otras cosas que soy, que se supone que esto no sea para cogerme pena –¡nooo… otra alusión más, no!).  Para hacer el cuento largo corto (¡demasiado, me rindo!), encontré un día uno gratis (ok, ya) y me me emocioné (sin comentarios).

Así fue como apareció Daniel (nombre ficticio).  En el perfil decía que era alto, blanco, de ojos verdes y muy guapo, y obviamente no me creí ni la mitad.  Pero como a mí no me importan las apariencias, que eso es lo que trato de meterme siempre a la cabeza (ok, de ahora en adelante voy a ignorarme), me armé de valor y le escribí un email como quien no quiere la cosa y sí quiere la cosa (*sigh*), y para mi sorpresa, me respondió. 

Daniel también estudiaba en la Iupi , que eso era lo que más yo añoraba, que el encuentro sería más casual, y menos electrónico o musical.

Podría comentar par de cositas más sobre la impresión que tuve con la voz esa fea que tenía Daniel y lo feo que sonó por teléfono, pero prometí que esto iba a ser un quicky (si no puedes con el enemigo, únetele).  Damn, que ahora me doy cuenta que haría falta para explicar la impresión que me llevé la primera vez que nos vimos.

Nada, que era verdad lo que decía en el perfil: Daniel era bellísimo. Tenía una sonrisa hermosa y una nariz sin huesito sobresaliente, que se ve bien fea la protuberancia esa en los hombres (vuelvo).  Y si yo quedé deslumbrado, ilusionado, sólo con verlo, peor fue cuando, a los cinco días de conocerlo, se me declaró.

Fue una cosa bien ambigua, porque él decía que yo soy lindo, y a mí eso me estuvo demasiado raro.  Más bien, no sé si eso fue declararse, que esos conceptos me confunden mucho, que lo que me decía todo el tiempo era que yo le gustaba, y se veía sincero… sí, era sincero.  Ni hablar de que me tenía por las nubes, pero no vayan a creer que éste es el típico picaflor.  Daniel es del otro tipo: es el gay que parece straight buenagente.  Mejor dicho: está a un centímetro de la raya que divide entre ser gay y ser un straight inteligente, considerado con el mundo, no egoísta, liberal, bueno pero no pendejo, lindo y experimentado pero no propiamente puto, que hay que recordar que esas fronteras a veces son difíciles de identificar. En fin… no sé si me he explicado bien, pero total el tipo de hombre que me gusta no viene al caso, que lo que importa es lo que me hizo y lo que me hizo lo hacen todos los hombres, o eso era lo que yo creía.

Me imagino que lo anterior es todo lo que necesitan saber para lo que voy a contarles ahora. (Sí, a ustedes, que lo del refrán del enemigo de hace un rato aplicaba con esto del disimulo también). 

Enchulado como estaba, y –tengo que confesarlo, que éste es el propósito de todos los desahogos– súper contento de que podría tener la excusa de llorar por un amor imposible, ser víctima del hombre engañoso, tener algo que contarles a mis amigas y todos esos melodramas que siempre me han encantado, comencé a frecuentarlo en su apartamento con ganas de tirármelo cada vez que lo veía.  

Era consabido que él se había tirado a miles de chicos. Hello: es lindo y vive al lado de Eros, y me había enseñado fotos de un novio suyo desnudo en el apartamento, que me constaba que era su apartamento.  Mientras más fuera así, mejor, porque yo sería más víctima y más ingenuo. Lo que no me gustaba era que él mismo me repetía mucho que yo era (¿soy?) muy inocente, y cuando yo le decía que me consideraba feo e insignificante, que en el fondo quería que me contradijera, no me contradecía, que era lo natural que sucediera.

Un día, percatado de ese rasgo de mi carácter y contento de asumir el rol que yo sin darme cuenta de que él se daba cuenta le estaba adjudicando, Daniel me dijo, en el oído, despacio y acariciándome con su aliento, que el día anterior sintió el impulso de besarme delante de todo el mundo, cuando nos estábamos bajando del tren.

En ese momento vi la gloria.  Yo me dejaría seducir asumiendo el papel del que se resiste y no se puede resistir, chicharíamos, luego yo lloraría porque eso era lo que él quería y realmente no me amaba. Era mi idilio melodramático perfecto, que siempre exploro las posibilidades diversas del melodrama.  En primer lugar, materializaría mi historia de víctima de un chulo al que no le importa tener sexo con un feo con tal de hacerlo sufrir por maldad intrínseca; en segundo lugar, que antes era el primero o… más bien, que inicialmente no me daba cuenta que en realidad era el segundo, hallar ese príncipe azul que llegaría automáticamente tras la salida del clóset; y tercero, verdadero y práctico propósito que subyacía debajo de mis maquinaciones justificadoras freudianas, aprendería cómo chichar, tendría la experiencia con un chico lindo y podría contarla como quien superó la ingenuidad, que sería así como todo el mundo, que todo el mundo siempre alguna vez es ingenuo y alguna vez le pasan cosas como éstas y dejan de serlo y pueden jactarse de otros futuros logros alcanzados gracias a esa primera frustración.

Estábamos sentados en la cama.  Yo tenía dos opciones y muchas ganas.  Podía seguir asumiendo el papel que expliqué y hacer como que me iba.  Pero yo no soy mujer y los dos éramos hombres (¡oye, yo odio los estereotipos!), y tenía, en realidad, muchas ganas.  Así que que se joda y decidí hacerme el cariñoso, que le di un besito en el cachete.  Ambos con los cosos erectos, Daniel me asió del cuello y me tumbó sobre la cama.  Yo, que a fin de cuentas era (¿soy? ¿seré?) inexperto, me emocioné con su coso tan paradote hacia arriba (no quiero hacer un relato porno cafre, pero qué remedio), y pensé que la demora en besarme y acariciarme sería tal vez un juego de seducción, que Daniel escribe poesía y pinta cuadros y obviamente era muy pasional.

No disfruto tener el mío parado sin que ocurra por lo menos un roce con cualquier objeto circundante, que en fin me decidí a besarlo (a Daniel).  Pero Daniel tenía los ojos abiertos y se quedó mirándome.  Dejó que tuviéramos varios toquis, pero, como al quinto, empezamos a jugar al gato y al ratón. Bueno, más  bien era algo así como que yo era un perrito y él el dueño, y yo tratando de lamberlo y él virando la cara de lado a lado para no dejarla humedecer. ¿Qué pasa?, le dije. Y él me contestó con un invento extremo de última hora, que creyó perfecto para su inocente: “Es que tengo las encías sangrantes y yo creo que tengo Sida, y no te quisiera contagiar”.

Lo envidié cuando tuvo los cojones (literalmente también) de irse al baño a masturbarse, porque yo soy tan considerado que no me atreví a hacer lo propio desde donde estaba, que no fuera a mancharle las sábanas, que qué falta de respeto.  Lo único que pude hacer fue meter la cabeza (hey) en la almohada y tapar como pudiera la vergüenza, que Dios fue benévolo y todo sucedió antes de que alguno de los dos se desvistiera.  Finalmente y no con poco esfuerzo, alcancé un estado medio que me permitía disimular la erección con bastante fluidez si decidiera levantarme y largarme en cualquier momento.

No pude, porque en ese instante, llegó Daniel de su faena y me pidió que me fuera porque tenía mucho sueño.

Bueno, quería evitarles un final abrupto, pero pues eso es todo lo que tenía que escribir, que desahogar, y no me atrevía desde hace tiempo. 

A exactamente un año de lo sucedido, creo que el acto de ponerlo en un documento en Word y posteriormente en Internet (eso venía), implica la conclusión de una fase de meses preguntándome qué anduvo mal.

¿Y qué anduvo mal? Daniel no tenía problemas sexuales, es seguro que no tenía Sida y tampoco encías sangrantes (hice mi asignación investigativa). ¿Entonces? Pues nada, que el problema lo tenía yo y mi poco sex appeal, mi inhabilidad para provocar el deseo espontáneo y no fabricado en alguien, o más bien, en Daniel, que a fin de cuentas es alguien, que el término le queda.  Yo pequé de pensar que Daniel era hombre y era hombre gay, y que nosotros los hombres en general y también los gays somos penes erectos con piernas y ojos, que cuando tenemos ganas las satisfacemos con cualquiera que tengamos en frente, que eso era lo que me habían enseñado siempre y yo vivía cegado.

Es probable que Damniel en realidad tuviera un plan para hacerme daño verdadero y no sólo aparente en relación con mis planes, que yo tuve unos desde el principio.  Aunque no lo creo, porque fue tan bobo que al rato me llamó para pedirme perdón y decirme que le había gustado, que nunca supe qué fue lo que le había gustado, a excepción de la manuelada que se dio, que buena que parecía.

En fin, no quise empezar diciendo que soy extremadamente feo porque, como insistí, mi intención es desahogarme, no quería que se fueran por ahí y además eso hubiera sido muy bufonesco de mi parte. Además, la realidad es que no soy ningún extremadamente feo y de hecho hay algunas personas, aunque contadas, que me encuentran lindo, o por lo menos cute, baby face, de pelo envidiable o algún otro premio de consolación.  Quizás Damniel también pensó eso y por eso hizo lo que hizo, que no lo que no hizo. O simplemente fue un error mío no haber sostenido el papel de víctima deseada y a la vez deseosa…  Pero bueno, si sigo no termino, que al principio me propuse no glosarme tanto (¿aún lo recuerdan después de tanta baba?).

Después de todo, he aprendido que la gente tiene derecho a tener gustos, y a que ciertos objetos, que las personas somos objetos, no les provoquen el deseo suficiente como para meterles su pene o –para ser justo con las amigas lectoras, que yo soy feminista– permitir entrada a las vaginas.  (Recuerden que también dije que esto era patético).

En otras palabras, el rechazo en el plano sexual existe y me retracto de lo que dije al principio: es algo que, en cierta medida, le pasa a todo el mundo, aunque seamos bien poquitos los que tengamos el valor de decirlo. (Si no le pasa a todo el mundo, pues estoy bien jodío, que meteré mi cabeza en alguna almohada, que esta vez no podré entretenerme viendo a alguien masturbarse). Y no me importa asumir el rol de sexólogo de columna o árbitro de talk show si digo que esto debe servirnos para entendernos y no usar estas cosas para burlas y escarnios, que, sea como sea, la cuestión es que fui rechazado en el plano sexual y de paso en mi primera experiencia, que aun así prefiero llamarla. 

En fin, que son cosas que pasan, que con el tiempo pasan, que a uno siempre se le olvidan o después las recuerda tipo como para reírse, que después pasan otras peores.  Hoy pude escribirlo, algún otro día podré superarlo.

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ISLA TERNURA RINCONES  DE NAVEGANTES RINCONES AMABLES